viernes, 29 de marzo de 2019

Satisfechos

Observo cierta complacencia con el actual desarrollo del sistema de servicios sociales en nuestro país y en el nivel de protección social que, a través de él, se propone para la ciudadanía.


No vendré yo de nuevo a "aguar la fiesta" a la gran cantidad de técnicos y políticos que, (me consta que trabajando de una manera honrada y muy seria), se encuentran satisfechos con la situación actual. 

Por ejemplo, en materia de pobreza se están intentando desarrollar programas de rentas mínimas, acompañadas de diversas prestaciones económicas que intentan paliar el problema y sus principales consecuencias, como la falta de vivienda o confortabilidad. Un sistema confuso y desordenado, con muchas grietas en permanente reparación y que, aunque deja fuera a muchas personas, supone para muchas otras la oportunidad de lograr unos mínimos de supervivencia y unas condiciones de vida con algo de dignidad.

Del mismo modo en materia de atención a la dependencia, donde desde diferentes administraciones se intenta dotar presupuestariamente una Ley que requeriría de muchos más recursos para conseguir los objetivos que pretendía, pero sin los cuales no se podrían mantener los múltiples servicios, desde centros residenciales hasta apoyos en el domicilio que, aunque de un modo parcial y muchas veces con retraso, permiten cuidar a muchas personas cuya situación, de otro modo, sería dramática.

En parecidos términos podríamos hablar de los sistemas de protección a la infancia, o de protección a la violencia contra la mujer. Aunque son muy insuficientes los recursos que se dedican a ello, hoy disponemos de cierta red de protección que aunque no consigue por ello errradicar el problema, sí permite atender y proteger muchas situaciones de sufrimiento.

Todo esto es cierto. El problema es que estamos dando por buena la situación. Detecto mucha complacencia con el sistema y, aunque todo el mundo reconoce sus insuficiencias, los matices son cuantitativos. 

Hay cierto consenso político-técnico en que la dirección es buena. Otra cuestión es la velocidad. Y aquí ya hay discrepancias. Unos piensan que es una velocidad suficiente, incluso que habría que reducirla. Otros sin embargo ven imprescindible pisar el acelerador a fondo. Son matices, como digo, de orden cuantitativo.

Por mi parte opino que la cuestion no es cuantitativa, sino cualitativa. El dilema no se encuentra en la cantidad de recursos que hay que dedicar al sistema sino el modelo en el que se ha construido. El modelo actual de encaje del sistema de servicios sociales en el marco de la política social es un fracaso. (Podéis leer más sobre ello en esta entrada.) Es un encaje residual y básicamente asistencialista, cuya función de amortiguador social prima sobre la resolución real de los problemas.

Ya he hablado en otras ocasiones de que el sistema, sus servicios y prestaciones, tal y como están diseñados en la actualidad no modifican de verdad la situación de ninguno de los destinatarios. Tan sólo consiguen aliviar un poco esas situaciones, pero manteniéndoles en el mismo nivel de sufrimiento, colaborando con su cronificación o ineficaces para que se consiga superar la misma. Lo hice por ejemplo en estas dos entradas: "Teoría de los estratos" y "Estratos y coordinación".

Sigo pensando que hasta que no produzcamos un verdadero debate conceptual sobre la protección social en nuestro país, entendiendo por ello qué queremos proteger, a qué nivel queremos hacerlo y quien debe encargarse de ello. Tres cuestiones a las que las respuestas actuales nos han llevado a construir un sistema tan confuso, contradictorio y fracasado como el actual.

Creo que hasta que no superemos las posturas de pensar que estamos en la dirección adecuada o en las de que es la única dirección en la que podemos ir, no podremos dar el primer paso. Que no es otro que reconocer el fracaso.

 Lo cual estamos muy lejos de poder soportar.

lunes, 25 de marzo de 2019

Sobre consensos y otros animales extraños

Ya he comentado en varias ocasiones que no me considero demasiado capacitado para el análisis político. Aun así, como el contexto político es fundamental para el desarrollo de la acción social, que es a lo que nos dedicamos, me veo obligado en ocasiones a comentarlo.


Y es que el contexto actual está presidido  por la unión de las fuerzas políticas conservadoras que, (salvando algunas diferencias digamos "cosméticas") mantienen un relato unificado y unas políticas con bastante grado de acuerdo común, en contraposición a la desunión de las fuerzas políticas de izquierdas o progresistas, proverbialmente incapaces de generar acuerdos duraderos y profundos, ni siquiera sobre los grandes problemas de este país.

Más que reflexionar sobre las razones de todo ello (doctores tiene la Iglesia, decían antes en mi pueblo) me interesan sus repercusiones en la política social.

Porque la hoja de ruta de la derecha en este tema está clara. Las recetas del neoliberalismo económico constituyen una guía bien reconocible, cuya aplicabilidad está demostrada, y en nuestro ámbito se caracterizan por la reducción de la esfera pública, la mercantilización de un menguado Estado del Bienestar y una protección social reservada a la filantropia y el asistencialismo.

El modelo de recortes instaurado por el anterior Gobierno popular, más que como consecuencia de las dificultades de gasto en un contexto de crisis económica fue un planteamiento ideológico que defiende que la protección social a los débiles no es responsabilidad del Estado.

Ahora bien. ¿Qué relato está siendo capaz de proponer la izquierda? ¿Qué modelo de protección social se está planteando desde las fuerzas progresistas? ¿Cuáles son los mínimos puntos de acuerdo que mantienen en política social?

Ninguno. No hay relato. No hay modelo. No hay acuerdo.

Hay un conjunto de propuestas que van desde el posibilismo (influenciado en muchos momentos de los mismos valores neoliberales de la derecha), hasta la utopía irrealizable, pasando por todo tipo de intermedios y grises donde es imposible averiguar la guía y el norte, más allá de las estrategias coyunturales (y generalmente expresadas en términos de rédito electoral), que se proponen.

¿Cómo es posible que la izquierda no haya sido capaz de consensuar un modelo de Rentas Mínimas, Rentas Sociales o Rentas Básicas (a estas alturas llámenlas como quieran) que proteja de verdad contra la pobreza y que se desarrolle por cada gobierno progresista en cada territorio cuanto haya oportunidad?

¿Cómo es posible que no haya un discurso y unas propuestas unificadas y claras, pongo por ejemplo, frente a los desahucios (o más ampliamente la falta de acceso a la vivienda). O en materia de inmigración, o de protección a la infancia...

Porque lo de consensuar un modelo entero para la política social o al menos, para los Servicios Sociales por parte de toda la izquierda es algo que ni me planteo proponer. Están ocupados en otros más altos menesteres que les impiden abordar esta tarea.

Tarea que la derecha ha hecho con toda tranquilidad y diligencia.

Y es que, a pesar de que ahora, durante la larga campaña electoral que nos espera, quieran aparentar que en las fuerzas conservadoras hay diferencias...

... ellos continúan con su plan.


viernes, 1 de marzo de 2019

Un futuro distópico para los Servicios Sociales

Distopía es lo opuesto a utopía. Se trata de un futuro imaginario en el que se describe una sociedad ficticia indeseable en sí misma. La literatura y el cine han descrito varias de estas sociedades distópicas. Yo voy a relatar una, a mi juicio más que probable, para los servicios sociales.


En esa sociedad futura ya nadie compra en los mercados. El comercio local ha desaparecido, sustituido por las compras a través de Internet. Por esa razón, los edificios donde se ubicaban esos mercados, con los antiguos puestos de carnicería, pescados, frutería y demás han quedado desiertos.

Por otro lado, la población que tiene dificultades económicas es cada vez más numerosa, colapsando los servicios sociales en busca de prestaciones económicas con las que poder sobrevivir.

Así que a los administradores y polícos de esa sociedad se les ocurrió una feliz idea. Se ubicarían los servicios sociales en esos mercados infrautilizados, de manera que en cada puesto se colocaría un Trabajador/a Social que tramitaría rápidamente esas prestaciones económicas, sin que hubiese colapsos ni listas de espera. Si antes esos mercados funcionaban atendiendo a un numeroso grupo de población, ahora podrían dedicarse a esto con la misma eficacia.

En esa situación, podrían darse diálogos como éste, en uno de esos puestos, con un Trabajador/a Social tras el mostrador y una persona que, levantando la mano entre el gentío, llamaría su atención...

  • En seguida estoy con usted, dígame.
  • Es mi turno, hola. Somos cuatro de familia y no tengo para comer. ¿Qué renta mínima me recomienda? 
  • Buenas, precisamente tengo hoy una en oferta, que acaba de salir recientemente. Creo que cubriría las necesidades de cuatro personas de manera suficiente.
  •  Ya, ¿y qué precio tiene?
  • Bueno, usted y su señora deberían acudir a unos cursos de inserción sociolaboral dos veces por semana.
  • Buf. Es que mi señora, con los niños.... Usted sabe, ¿no? 
  • Entiendo. Tengo esta otra, es de peor calidad aunque muy parecida, y aquí sólo tendría que hacer los cursos usted.
  •  Esa me interesa más, aunque eso de los cursos no lo veo claro. He hecho ya unos cuantos y siempre cuentan lo mismo. Además es que los haces y es lo mismo, no encuentras trabajo. ¿No tendría algo diferente?
  • Es posible. Hay otra que le puedo tramitar, que no le comprometería a casi nada, pero no espere usted lo mismo que con las anteriores.
  • ¿A casi nada?
  • Sí, bueno, a llevar a los niños al Colegio y cosas así... 
  •  ¡Pero mis niños ya van al Colegio!
  • Por eso digo que no le costaría a usted casi nada.
  • Vale. Póngame esa durante seis meses y luego ya veremos. Pero dice que es de peor calidad que las primeras, ¿no?
  • Eso es. Yo le recomiendo que no adquiera usted sólo la Renta Mínima. Si quiere puedo mezclársela mitad y mitad con alguna Ayuda de Emergencia para alimentación y otro tanto de Ayudas para el Consumo energético. Es un poco más complicado, pero también funciona.
  •  Pues eso me va a poner. Eso sí, la mezcla la haría usted, ¿no?. A mí no sé si me saldría bien.
  •  No se preocupe, yo se lo dejo todo preparado y listo para consumir. Aquí tiene.
  • (Gritando) ¿Quien es el siguiente?




jueves, 21 de febrero de 2019

Inadaptado

Confieso..., en lo profesional, que me he hecho viejo. Viejo, al menos, en mi manera de pensar. Los paradigmas en los que me formé y las líneas de trabajo que he desarrollado en coherencia con los mismos están tan alejados hoy de la práctica profesional que observo que no puedo concluir más que una cosa: no me estoy adaptando a los nuevos tiempos.


Uno de esos paradigmas anticuados decía que para ayudar a alguien teníamos que establecer una relación significativa, a través de la cual averiguar los factores estructurales, personales e intersistémicos en los que de modo conjunto teníamos que trabajar para hallar las soluciones al problema que se estaba atravesando.

El paradigma actual dice que para ayudar a alguien debemos informarle de sus derechos y conseguir que acceda a las mayores prestaciones económicas posibles, que son las que solucionarán el problema.

Otro de esos viejos paradigmas dictaba que había que intentar averiguar las causas de los problemas para intentar que las personas, por sí mismas, solucionasen la situación.

Éste ha sido sustituida por el mandato de que lo hay que solucionar no son las causas, sino las consecuencias de los problemas y que es responsabilidad de los profesionales paliar las mismas.

Como consecuencia de esa trasnochada manera de pensar, creíamos que el ejercicio profesional debía utilizar los recursos de la propia persona envuelta en el problema, y que no debíamos sustituir sus capacidades ni debilitar las redes familiares y sociales, a las cuales debíamos potenciar.

Hoy se piensa que la subjetividad y por tanto el derecho individual es la medida de todas las cosas y así la acción ha de dirigirse al indivíduo, no a sus redes, cuya presencia o ausencia es irrelevante para nuestra acción. Por otra parte, los únicos recursos que hay que poner en juego son los que, en función de su pericia, pueda desarrollar el profesional.

Uno de los principales problemas que había que evitar era la cronicidad y había que evaluar en qué medida la actuación profesional podía colaborar en la misma.

Que las personas se cronifiquen o no en sus problemas no es lo importante. Lo verdaderamente necesario es paliarlos y si se hace en modo suficiente, esa cronificación es irrelevante.

Nuestros viejos métodos dictaban que no había que actuar hasta que no se comprendiese la naturaleza del problema o la crisis que se estaba atravesando. La reflexión era algo fundamental y la urgencia en la acción una mala consejera.

El nuevo método propone que no hay nada de lo cual reflexionar. Los problemas no deben ser comprendidos, sino atendidos y, naturalmente, lo más rapidamente posible.

En cuestión de estructuras, pensábamos que la principal tarea era desarrollar un sistema de servicios sociales sólido, que garantizase la responsabilidad pública en la acción social y sirviera de encuadre para la misma.

Hoy, como bien dice Zygmunt Bauman, ya no quedan estructuras sólidas. La liquidez del sistema se refleja en que cualquier actor, independientemente de su procedencia, queda legitimado para intervenir en tal o cual problemática. La coordinación es algo secundario y se fía la actuación a las sinergias que se  puedan producir entre tan diversos intervinientes.

Y podría seguir, pero no quiero cansaos más. Que Wang me dice siempre que cuando me pongo en plan "abuelo Cebolleta" no hay quien me aguante.


martes, 12 de febrero de 2019

¿Qué te apuestas?

Parece que necesitamos exorcizar periodicamente nuestros demonios y buscamos siempre un enemigo fácilmente identificable al que poder atribuir la causa de nuestras desgracias. Y en esta búsqueda incansable acabamos de encontrar uno muy claro para explicar la situación de muchos jóvenes y familias: las casas de apuestas.


https://digitalcollections.nypl.org/
Cada vez es más frecuente encontrar manifestaciones sobre la epidemia que están suponiendo estas casas de apuestas y la gran cantidad de jóvenes que han generado por su causa una adicción al juego, arruinando sus vidas y las de sus familias.

Se compara la situación con el problema de la heroina en los años 80 y se hacen analogías de cómo, al igual que aquella, este problema de juego se está cebando en los barrios y clases más empobrecidos. Se demoniza la publicidad de las apuestas y se propone una mayor regulación cuando no directamente el prohibicionismo.

No seré yo quien defienda las casas de apuestas ni la publicidad sobre las mismas pero, aunque la comparación con la heroina me parece desafortunada (creo que no es lo mismo una adicción con o sin sustancia) creo que estamos cometiendo con el problema del juego errores que ya cometimos en el abordaje de aquella problemática.

Uno de los principales es confundir la causa con el efecto. Explicar la adicción al juego de alguna persona o grupo de ellas mediante la publicidad o la presencia de casas de apuestas es tan tranquilizador como equivocado. Generar una adicción, entendiendo como tal una implicación total de la vida del adicto en el fenómeno del juego, es un proceso bastante complejo en el que se entrelazan fenómenos ambientales, personales, familiares y sociales y explicarlo mediante uno sólo de ellos no lleva sino al fracaso en las intervenciones.

Porque la culpa de que los jóvenes tengan problemas de juego no es de las casas de apuestas, ni de la publicidad sobre las mismas. Como tampoco lo son la debilidad de carácter o voluntad de los adictos, o que hayan sido una generación sobreprotegida (ya...), o que los adictos tengan una predisposición genética al juego, o que las condiciones socioeconómicas desfavorables y la falta de futuro induzcan el problema, o que las familias han causado o no han sabido manejar la situación, o que...

Explicar como digo una adicción mediante uno sólo de estos factores nos llevará irremediablemente a fracasar en su abordaje y, con los sesgos actuales, el riesgo de enfocar el problema de la adicción como una enfermedad individual y no como una conducta explicada mediante la interación de los factores personales y contextuales es demasiado alta.

Otro problema al respecto es el alarmismo. ¿Qué datos reales tenemos sobre el problema? ¿Cúal es su magnitud? ¿Basamos nuestras apreciaciones en datos o en sensaciones? Por ejemplo, en la última encuesta ETUDES (Encuesta sobre uso de drogas en Enseñanza Secundaria) el porcentaje de jóvenes que reconocen jugar dinero de forma mensual es inferior al 2% en Internet y al 5% fuera de ella, datos bastante coherentes con la encuesta EPAD (Encuesta a profesores).

Son datos de 2016. ¿Se han incrementado en estos dos años? Lo veremos. En cualquier caso habrá que dimensionar el problema y su abordaje en un estudio científico que guíe unas estrategias proactivas y no reactivas basadas en alarmas sociales tan legítimas como equivocadamente fundadas.

Y el tercer gran grupo de dificultades para abordar el problema se sitúan en el orden estratégico. Al actuar reactivamente se entremezclan sin orden ni concierto estrategias de prevención de la oferta y de la demanda. En este desorden se suelen priorizar las estrategias de control de la oferta (es menos complicado tecnicamente y da a los políticos la posibilidad de legislar al respecto, pareciendo así que se actúa con contundencia sobre el problema). Unas estrategias de prevención de la demanda requieren de muchos más recursos y estructuras y no siempre se está dispuesto a hacer el esfuerzo presupuestario necesario. (Y menos cuando ahora se defiende con ahínco la bajada de impuestos y por tanto, de ingresos, pero esto lo dejamos para otro día).

De la misma manera se disocia la asistencia de la prevención y se olvida la prevención inespecífica (tan eficaz como denostada) en pro de unas actuaciones que, sin medir los efectos iatrogénicos que puedan tener, dan la sensación de que se hace algo para abordar el problema. (La charla del policía enrollado hablando a los jóvenes del Instituto sobre los peligros de Internet es algo paradigmático).

La situación de la juventud actual requiere de abordajes más amplios y de priorizar y tomarnos en serio de una vez la protección a la infancia en nuestro país. (Os recomiendo al respecto esta entrada de Fernando Fantova "Apostar por la infancia"). Mientras la infancia y adolescencia están tan olvidadas y desprotegidas como en el momento actual, problemas como la adicción al juego, que no son sino síntomas de esa situación de desprotección, no tendrán solución y veremos como no dejan de incrementarse.

Me he apostado con Wang un tape de boli a que tengo razón.