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martes, 5 de febrero de 2019

El rosario

Con frecuencia, aparecen noticias sobre ancianos y/o personas vulnerables que aparecen muertos en sus domicilios o en situaciones absolutamente deplorables. Y en la gran mayoría de esos sucesos una pregunta sobrevuela. ¿porqué los servicios sociales no habían protegido a estas personas?


Ya hablé de esta problemática hace unos meses en la entrada "Ancianos que mueren sólos en sus casas", así que no reiteraré más mis reflexiones sobre ello.

En su lugar, os voy a contar un caso que me sucedió hace ya unos cuantos años y os dejo las reflexiones al respecto a vosotros.

Andaba yo por aquel entonces intentando implantar en un municipio pequeño el Servicio de Ayuda a Domicilio y el Servicio de Teleasistencia.

Tras unas cuantas visitas y algo de tiempo había convencido a María (la llamaremos así), una anciana con algunas limitaciones físicas que le hacían deambular con dificultad y le coartaban su autonomía para algunas actividades, para que solicitase ambos servicios.

Aunque María era independiente, reacia a pedir ayuda, aceptó. Así que consintió que una auxiliar acudiese a su domicilio martes y jueves, para ayudarle con algunas tareas y al mismo tiempo que se le pusiese ese aparato que debía llevar colgado del cuello y que llamábamos teleasistencia.

Todo fue bien durante un tiempo.

Hasta que un martes, la auxiliar avisó de que María no abría la puerta de su casa, ni contestaba al timbre o teléfono. Tampoco los vecinos la habían visto en unos días ni sabían nada de ella, aunque tampoco les extrañaba: María no era muy sociable, salía poco de casa y de vez en cuando, se iba unos días a casa de su hija, en la capital.

Resumo. Aviso a la Guardia Civil, trepada por el balcón y descubrir a María, con la cadera rota a los pies de su cama, con el colgante de teleasistencia bien guardado en el cajón de la mesilla de noche y con un rosario en la mano.

Aunque muy debilitada, María no murió. Fue hospitalizada y se recuperó luego en una residencia de su rotura de cadera. Se había levantado por la noche, tal vez el viernes, tal vez el sábado... y se había caído en su habitación.

Luego nos diría que al principio intentó gritar y llamar a los vecinos, pero consciente de que era una casa aislada y que no la oirían, en seguida desistió y, aceptando su destino, se puso a rezar con el rosario que llevaba en la mano.

Cuando yo le reproché (era joven, torpe e inexperto) que si hubiera llevado el colgante de telasistencia no hubiera estado a punto de morir, la pobre María no supo qué decirme.

Tan sólo que ¡menos mal que llevaba el rosario!. Así había estado entretenida y las horas esperando a ver si alguien la rescataba no se le habían hecho tan angustiosas.

Pues menos mal, María, acerté a contestarle. ¡Menos mal!.



viernes, 25 de enero de 2019

El Presidente valiente

Erase una vez una Comarca del medio rural de Aragón donde tres trabajadoras de un Centro de Servicios Sociales son amenazadas de muerte. Así comienza un cuento, con tintes de pesadilla, que os paso a relatar.


En dicha Comarca, en las precarias y difíciles condiciones en la que se desarrollan los servicios sociales de atención primaria en todo el territorio, varias profesionales del Trabajo Social y la Educación Social reciben, en sus puestos de trabajo, las amenazas de muerte de un vecino de la localidad, al que el sistema de protección a la infancia le acababa de retirar la custodia de sus hijos para protegerlos.

Dichas profesionales, en su condición de víctimas de estas amenazas e intimidaciones, valoran que la denuncia de los hechos es el mejor camino para protegerse, así que solicitan a la Comarca, entidad responsable del Centro de Servicios Sociales, la asistencia jurídica necesaria para llevarla a cabo.

Hasta aquí, nada destacable. Una difícil situación, de las muchas que presenciamos y atravesamos en los servicios sociales de atención primaria, y unas profesionales que deciden protegerse.

Lo reseñable, lo que convierte el cuento en pesadilla, viene a continuación. Y es que el Presidente de la entidad "no ve conveniente que se proceda a denunciar y anuncia a los trabajadores que si deciden tomar ese camino, será a título individual y que la Comarca no se hará cargo de los gastos de la abogada".

Semejante e incomprensible postura ha conllevado una desprotección importante de las trabajadoras y el asunto ha llegado al Justicia de Aragón, pidiendo éste explicaciones al preboste, quien se reitera en su decisión alegando que "la denuncia me pareció precipitada, además de no acorde con el Protocolo, exagerada y carente de humanidad», y que «pensaba y sigo pensando que era la guardia civil quien debía vigilar los movimientos de dicho vecino, y solo en caso de persistir su actitud amenazante, acudir a la Justicia».

Os pongo un par de enlaces con la noticia para que podáis valorarlo directamente.  Enlace 1Enlace 2,

Creo que el asunto pone bien a las claras dos cosas: En primer lugar, el gravísimo problema de dirección política que padecemos en los servicios sociales de atención primaria (sí, ya sé que en el resto también, pero en estos entornos, donde lo político y lo técnico están tan cercanos, el problema se acrecienta). En segundo lugar, la cultura sobre la violencia que se encuentra culturalmente arraigada en la sociedad. Ambas han estado implicadas en el suceso.

Sobre lo primero, lo diré bien claro. Con este tipo de personajes dirigiendo asuntos tan importantes como los servicios sociales, el deterioro del sistema (algo de lo que venimos hablando hace años) es irreversible. Estas actitudes paternalistas, autoritarias, narcisistas, caritativas... con las que muchos prebostes como el que nos ocupa se ocupan de los asuntos públicos se oponen por definición a las medidas técnicas que serían necesarias para regenerar un sistema que pueda encontrar su lugar y su funcion social en el siglo XXI.

Resumido en una metáfora: tenemos monos (algunos vestidos de seda, otros ni eso) conduciendo camiones de doce toneladas. No puede salir nada bueno de ello.

Sobre lo segundo, la postura del Presidente es un manual del paradigma actual con el que la sociedad trata a las víctimas de cualquier tipo de violencia, en especial sobre la mujer y sobre la infancia.

No son creídas, o se cuestiona la gravedad del incidente. "No es para tanto"... "Sois unas exageradas y os habéis precipitado"... "Tenéis que aguantar más"... Son los mensajes explícitos e implícitos que lanza este Presidente. Mensajes parecidos, por ejemplo, a los que escuchan muchas mujeres maltratadas.

Se legitima al agresor y sus razones para cometer el acto violento, exonerándole de responsabilidad. "No sabía lo que hacía"... "Hay que comprenderlo, estaba nervioso, había sufrido x, estaba en una situación difícil"... vuelve a señalar nuestro amigo. En el fondo, ponerse de parte del agresor y no de la víctima. Validar los distintos niveles de negación del acto violento y de la responsabilidad exclusiva del agresor en el mismo.

Lo de acusar a los profesionales de poca humanidad por querer denunciar merece de una reflexión aparte, pues indica el mensaje implícito de descalificación profesional y de culpabilización de la víctima. Se llama revictimización, lo hemos visto en demasiadas situaciones de violencia y es absolutamente intolerable.

Ya hemos dicho en muchas ocasiones que la violencia tiene tres participantes: el agresor, la víctima y los consentidores. En el manual sobre las actitudes de los consentidores, éste Presidente debiera tener una mención especial, pues reúne todas y cada una de ellas. Forma parte del problema y no de la solución.

Claro que también es posible que este Presidente sea un adelantado a su tiempo y un pedagogo innovador, que haya negado la protección a sus trabajadores (consciente con su mente brillante de la labor que realizan)  para que éstos aprendan en sus carnes lo que atraviesan las víctimas que ellos tienen que atender en otras situaciones.

En cualquier caso, no lo creo.  El enfoque que ha hecho del asunto este Presidente, sin justificación técnica, política o económica ninguna (hubiera sido tan sencillo proporcionar esa asistencia jurídica reclamada...), sólo puede estar anclada en unas profundas deficiencias en cuanto a los valores que debe defender cualquier persona que se dedique a gestionar los servicios públicos. Sólo por ello debiera ser retirado de la esfera pública.

Ha llegado la hora de que dejemos de hablar de grandes planes y programas, de que se reconozcan a los funcionarios como autoridad pública,  de las medidas de protección que deben ponerse a disposición de las mujeres víctimas de violencia... para pasar también a hablar de lo concreto, exigir responsabilidades en lo cotidiano, no tolerar este tipo de actitudes y, como digo, apartar a quien las tiene de la gestión pública. Y el compromiso de los partidos políticos (en lo real, en lo concreto, en lo cotidiano, reitero) es imprescindible.

Porque los cuentos se convierten en pesadillas. Y es responsabilidad de todos evitar que las pesadillas se conviertan en dramas.

***

Un abrazo de Wang y otro mío para las compañeras afectadas, con todo nuestro apoyo.




viernes, 18 de enero de 2019

Tiempos nuevos

 En los últimos años hemos asistido a la consolidación de dos grandes tendencias dentro del Sistema de Servicios Sociales. Lo asistencial y lo residual. Y lamentablemente muchos políticos, bastantes técnicos y gran parte de la ciudadanía lo consideran un éxito.

 
Claro que al mismo tiempo suele criticarse lo mal que se realizan ambas funciones, lo cual no deja de tener un tinte tan paradójico como verdadero.
   
Muy resumidamente y casi llegando a la caricatura, (aunque no por ello menos cierto), la principal función que se atribuye a los servicios sociales y sobre las que se estructura un gran número de demandas es la siguiente: debemos proporcionar una vivienda a quien no la tiene, unos ingresos mínimos para vivir a todas las familias y hay que pagar las facturas cuando se atraviesa alguna emergencia.

El enfoque de derechos se ha ido desarrollando, como no podía ser de otra manera en un Estado Social y de Derecho como el nuestro (Constitución dixit), y los ciudadanos reclaman que se hagan efectivos. Y lo hacen en el lugar que se les señala para hacerlo: los servicios sociales. ¿Quién, si no?
  •  Educación, Pensiones y Sanidad. Y ¿para todo lo demás?
  •  ¡El cuarto pilar!
 (El autor del slogan es Wang, y lo cede gratuitamente para los planificadores de la política social. Pónganle una musiquita pegadiza y tienen la campaña apañada).

 Este señalamiento contiene una serie de contradicciones que es preciso señalar. Por un lado diluye la responsabilidad y evita el desarrollo de los sistemas de vivienda, empleo y garantía de ingresos.

 Por otro sitúa a los servicios sociales ante una misión imposible, dejando a los profesionales en una posición doblevincular ante cuyo fracaso serán estigmatizados como ineficientes (¿recordaís las palabras de un pasado asesor del Presidente del Gobierno sobre los buenos "asistentes sociales"? Os las recuerdo en este enlace).

 Y finalmente dificulta y evita que el sistema de servicios sociales desarrolle prestaciones y servicios que le son propios, fomentando la aparición de otros actores que diluirán aún más la responsabilidad pública.

Íntimamente relacionada con esta posición residual ha llegado un imparable crecimiento de la función asistencial, que ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin en sí misma.

El asistencialismo así generado consiste en subvenir las carencias del usuario asumiendo la delegación que éste hace en el profesional. El usuario no tiene ninguna responsabilidad en su situación (atribuida universalmente a las condiciones externas) ni tampoco puede hacer nada para salir de ella. La responsabilidad para que esta salida sea posible depende únicamente del profesional y de su compromiso o buen hacer (de nuevo el "buen asistente social").

Lo de intentar que el usuario pueda superar la situación por sí mismo, con ayuda de recursos familiares, o intentar diagnosticar qué factores internos pueden estar influyendo en la misma es algo absolutamente accesorio. Lo importante es acabar con la carencia lo antes posible. Si se generan dependencias o cronicidades o se anulan capacidades es algo que no se considera sino en un plano muy secundario y en absoluto importante.

No parece que estas dos tendencias vayan a revertirse a corto plazo pues, como digo, gozan de grandes apoyos políticos y profesionales. Del porqué de estos apoyos hablaremos otro día.






miércoles, 26 de diciembre de 2018

Vínculos

A nivel laboral, las Navidades comenzaron de una forma bastante dura, pues justo en la víspera de las vacaciones fallecía un alumno del Centro Ocupacional para personas con discapacidad intelectual que gestionamos.


Os pongo en situación. Se trata de un equipamiento pequeño, creado, mantenido y gestionado desde los servicios sociales locales, con un gran esfuerzo técnico y un importante compromiso político. Si un equipamiento de este tipo siempre tiene importancia, en el medio rural y en una pequeña comunidad pasa a ser transcendente.

Porque para los alumnos y alumnas del Centro, las relaciones que establecen allí son tan importantes como las familiares. Para muchos de ellos supone el único contacto con el mundo exterior más allá de su familia, unas oportunidades de ocio, de formación y desarrollo que de otro modo no tendrían.

Con historias muy duras de rechazo y no aceptación, en el Centro obtienen respeto, reconocimiento y un instrumento para integrarse en una Comunidad que en muchas ocasiones no construye para ellos más que barreras de todo tipo.

Por eso cualquier pérdida se sufre de una manera intensa y el mundo emocional que en la convivencia diaria se ha ido construyendo queda gravemente afectado para todo el que participa en él de una manera u otra.

Y eso es justo lo que ocurrió vísperas de Navidad. Un desgraciado accidente que se llevó a uno de nuestros alumnos, desgajando el Centro y atravesándolo con una dentellada de dolor inenarrable.

La celebración de la Navidad fue sustituida por el funeral. En él, en una pequeña Iglesia de nuestro medio rural, unos pocos vecinos, unos pocos familiares y todos los compañeros y compañeras del fallecido, acompañados de sus propias familias. Impresionaba el clima de dolor y de afecto compartido entre todos.

Los técnicos del Centro de Servicios Sociales, la trabajadora social de la familia, la psicóloga, la auxiliar de ayuda a domicilio que atendía al alumno y a su padre anciano en su casa, las monitoras del Centro... Todos juntos participando de ese dolor tan intenso y compartiendo la pérdida.

Conscientes de que este equipamiento es algo más que un servicio. Es vínculo, es relación, es convivencia.

A todos los que alguna vez preguntan a qué nos dedicamos los servicios sociales, me hubiese gustado que hubieran participado en ese funeral.

Allí quedó claro. Nos dedicamos a crear vínculos...  y a sufrir cuando se rompen.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Se ha escrito un crimen

Ea. Ya vale. Que no cuela, vaya. Que aunque no sea politicamente correcto voy a decir lo que llevo pensando mucho tiempo y no veo que nadie explique con claridad en este tema de los desahucios: que nadie se quita la vida, que nadie se suicida, por un desahucio. 

 

Me he animado a compartir esta reflexión al leer la valiente entrada de mi compañera Belén Navarro "De desahucios, suicidios, servicios sociales y hartazgo" , donde denuncia con claridad algunos aspectos en relación a estos casos, aspectos que yo pretendo desarrollar aquí.

Y es que mola llamar asesinos a los que desahucian. A esos bancos que promueven los casos, a los jueces que aplican la ley sobre la propiedad, a los políticos encargados de legislar, a esos policías que colaboran con el mandato judicial, a esos servicios sociales que no han tramitado con celeridad una alternativa...

En unos casos es una manera de instrumentalizar un hecho para intentar defender una causa en la que se cree. En otros casos es simplemente una reacción ante el dolor de presenciar como el sufrimiento de uno de nuestros semejantes le ha llevado a terminar con su vida.

A todos nos van las explicaciones sencillas y lineales. Si una persona se ha suicidado y estaba inserta en un proceso de desahucio, se atribuye la culpa de ese suicidio a ese proceso y pasamos a otra cosa. El problema es que en un mundo tan complejo y global como el que vivimos, esas explicaciones no sirven.

Y menos en el caso de los suicidios. Un suicidio es un asunto muy complejo, donde se entrelazan factores psicológicos individuales de diversa etiología, junto a un gran número de factores sociales y relacionales en la biografía e historia vital de un sujeto, causándole un gran sufrimiento y una situación insostenible de la que se pretende escapar con ese acto.

Ya Emile Durkheim, en su famoso estudio sociológico de hace más de cien años, demostró la importancia de esos factores sociales y propuso una clasificación de distintos tipos de suicidio. Desde entonces, han sido numerosos los autores y estudios sobre la conducta suicida, que, aún hoy, estamos lejos de comprender. 

Pero algo está claro. No puede ser atribuida esta conducta a un sólo factor. Al menos sin oscurecer el resto mediante una puntuación interesada que nos lleva a una menor comprensión del contexto y, por tanto, a una menor capacidad de prevenir y evitar estas situaciones.

Sentadas pues las bases de lo que pienso y obligado a aclarar que no estoy legitimando los desahucios ni negando el sufrimiento que suponen para quien los padece, sigamos denunciando otro aspecto de ese pensamiento simplificador tan arraigado.

Buscando eludir responsabilidades y legitimar el status quo establecido, se trata ahora de buscar a los culpables, esto es, a los asesinos.

Y aquí aparecen los servicios sociales, bien pertrechados con su traje de "chivo expiatorio", prestos a ser acusados del crimen.

Para gran parte de la sociedad, sobre todo para los políticos que intentan eludir responsabilidades y para muchas entidades "activistas", los servicios sociales somos los encargados de proporcionar vivienda a quien no la tiene. Ergo si a alguien le quitan la suya o le desalojan de la que ocupa, se crea un problema que deben solucionar con inmediatez, diligencia y anticipación.

Se trata de un fenómeno de desresponsabilización y delegación que todavía en servicios sociales no hemos identificado suficientemente y para el que carecemos de defensa alguna. Si os interesa, hablé de estas cosas en mi entrada "El secuestro de la relación de ayuda".

Al mismo tiempo que se dificulta e impide nuestro trabajo, los servicios sociales debemos proveer de recursos ilimitados para estas situaciones. Como dice la canción, debemos tener "pomada pa' to' los dolores, remedio para toda clase de errores, también recetas pa' la desilusión". Al igual que tenemos que erradicar la pobreza y alimentar a los que pasan hambre, tenemos que proporcionar vivienda a quien no la tiene. Y además debe hacerse "a la carta", aunque de esto hablaremos otro día.

El problema así, de nuevo, deja de ser social para pasar a ser individual. El problema no será más que la política de vivienda sea un disparate a nivel nacional y municipal, que nuestra sociedad está entregada al individualismo insolidario, ni que los servicios sociales tengamos "de facto" atribuidas unas funciones que no nos corresponden... El problema será que una trabajadora social de un centro de servicios sociales no ha sido suficientemente diligente para proporcionar una nueva vivienda, tal como la persona que se ha suicidado requería.

Entiendo y comparto el hartazgo de mi compañera Belén. Yo cada vez que oigo a esos políticos irresponsables utilizándonos como chivo expiatorio me dan ganas de... (no, de suicidarme no), de vomitar.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Monstruos s.a.

Al igual que el monstruo de Frankenstein estaba compuesto de trozos de cadáveres unidos en un conjunto deforme al que un loco intentaba devolver a la vida,  la política social en nuestro país es una amalgama descoordinada y confusa que sólo desde una profunda locura alguien puede hacerse la ilusión y empeñarse en que funcione.


Con frecuencia suelen decirme que mantengo una visión pesimista sobre la realidad de la política social en general y en particular sobre el sistema de servicios sociales. Sin negar que hay algo de verdad en esta acusación (el pesimismo es una licencia que me permito tras más de treinta años de experiencia en el sector, todos ellos en la dura trinchera de la atención primaria, aguantando el profundo deterioro de la última década), no es menos cierto que, tal y como he explicado en otras ocasiones, se trata de una estrategia que persigue captar la atención hacia los verdaderos problemas que afrontamos, más allá de los cantos de sirena que desde la política se nos ofrecen o de la autocomplacencia en la que caemos a veces como profesionales. 

Y es que en el fondo no albergo ninguna esperanza de que podamos mejorar la situación: no en vano hace unos meses declaré la muerte del sistema de servicios sociales ("Coplas a la muerte de un sistema"). Pero atención, aclaro, siempre que mantengamos los discursos actuales.

Esos discursos que nos dicen, por ejemplo, que el sistema de servicios sociales es la última red de protección de las personas, o que constituyen el cuarto pilar del Estado del Bienestar. Discursos sin duda atrayentes y bienintencionados, pero que sitúan al sistema de servicios sociales en una posición residual dentro de la política social, sin espacio propio, con un objeto confuso centrado en el asistencialismo y asumiendo una tarea tan ingente e imposible como indefinida.

Vengo planteando hace tiempo que es necesario cambiar ese discurso desde una profunda reconceptualización de los servicios sociales. Redefinirlos desde sus cimientos, estableciendo un objeto bien delimitado frente (y entre) al resto de sistemas públicos de protección social que configuran la política social. Un proceso parecido al que se hizo con el Plan Concertado, del que al año que viene celebraremos sus treinta años. 

Lo que no podemos seguir haciendo es continuar dando descargas eléctricas (en forma de inyecciones económicas) a este monstruo de Frankenstein intentando que vuelva a la vida. Lo más que estamos consiguiendo es que se levante dando tumbos y rompa algo... ("Frankenstein en la cristalería") Los retazos que lo componen son tan desiguales territorialmente y tan confusos conceptualmente que hacen imposible un funcionamiento coherente y eficaz.


Al año que viene comenzamos otro ciclo electoral, este año ya en alguna comunidad autónoma. De forma invariable, veremos como todos los políticos sin excepción van a establecer el debate en torno a la política social y los servicios sociales asumiendo como bueno el modelo actual y discutiendo qué cantidad de electricidad hay que insuflarle (unos muy poca, otros mucha; unos en algunos sitios, otros en lugares diferentes...). 

Me parece un debate inadecuado e ineficaz, cuando creo que lo importante es el cambio de modelo, para el que doy algunas claves (resumidas) que ya he desarrollado en otras ocasiones:
  1.  Ley General de Servicios Sociales
  2.  Conceptualización del objeto del sistema en torno a lo relacional y convivencial
  3.  Desarrollo de los sistemas de garantía de ingresos (Renta Básica) y de vivienda (garantía habitacional) de forma separada del sistema de servicios sociales.
  4.  Armonización del resto de sistemas (Educación, Sanidad, Empleo...) con la nueva conceptualización del sistema de Servicios Sociales.
Llamadme pesimista si queréis, pero veo lejos este cambio de modelo. Me parece que tendremos que seguir conviviendo con nuestros monstruos.



lunes, 15 de octubre de 2018

El gato que está triste y azul

A principios del verano pasado os proponía buscarle los seis pies al gato, en un intento de enriquecer el relato del Sistema de Servicios Sociales con metáforas complementarias a las que se vienen utilizando y sobre todo, intentando sustituir las concepciones que asimilan el contenido de nuestro sistema a la lucha contra la pobreza.


Sé que es una batalla perdida, pues los últimos pactos para los presupuestos generales del Estado vuelven a  poner en claro lo que ya sabemos: la invisibilidad del Sistema de Servicios Sociales y el encargo de nuestros gobernantes asignándonos como principal y casi única competencia la certificación y gestión de la pobreza.

Lo de la Ley de Dependencia como el cuarto pilar del Estado de Bienestar, ya lo dejo para otro día, que Wang dice que no me conviene alterarme....

Lo que subyace es un grandísimo consenso en que el Sistema de Servicios Sociales ha de ser el basurero social, careciendo de espacio propio y teniendo que recoger lo que los demás sistemas de protección social no hacen, no pueden o no quieren hacer. Y esto último tiene que ver, habitualmente, con dedicar las prestaciones y servicios de estos sistemas a las personas más vulnerables o con más dificultades. Y ante las carencias de nuestro sistema para ejecutar semejante labor, hemos terminado en muchas ocasiones "escondiendo la basura bajo las alfombras", que es lo que principalmente han conseguido nuestras tan cacareadas y chapuceramente construidas prestaciones sociales. Es lo que tiene ser basureros diligentes: si no se puede limpiar la basura, al menos que no se vea demasiado...

Porque asignar la lucha contra la pobreza al Sistema de Servicio Sociales resulta tan paradójico como la situación del gato en la famosa canción de Roberto Carlos que da título a esta entrada.

¿Cómo puede un gato ser azul? Es más... ¿cómo puede "estar" azul?  Al parecer, se trata de una contradicción fruto de un error en la traducción de la letra de la canción.

Creo que la misma contradicción cometemos cuando hacemos de la pobreza el objeto de nuestro sistema y olvidamos que es algo transversal a toda la política social.

Todas las personas y profesionales que siguen asiduamente este blog saben que mantengo una clara posición al respecto de la relación entre pobreza y sistema de servicios sociales. Considero que no es nuestra  principal función ni debe ser nuestra exclusiva competencia.

No porque no me importe, claro. Como ciudadano me preocupan enormemente las situaciones de desventaja social, y como profesional presencio y atiendo a diario los terribles efectos en las personas que las atraviesan. 

Pero creo que el Sistema de Servicios Sociales no es el sistema que debe ocuparse de ello. No es nuestra finalidad el garantizar una vivienda o la subsistencia de las personas que no la tienen. No. El problema es que llevamos demasiado tiempo con el encargo social de que lo hagamos, creyendo en muchas ocasiones que debíamos hacerlo o, al menos, sin la suficiente claridad para oponernos.

Pondré un ejemplo. Es algo probado que una de las más eficaces medidas de lucha contra la pobreza es la universalización y gratuidad de la educación. Cuanto más se avance en ambos conceptos, más colaborará la educación a erradicar la pobreza. Hablamos de centros inclusivos, de libros de texto, materiales y comedores gratuitos, de actividades extraescolares, gratuidad en la educación 0-3 años, de servicios de conciliación.... Medidas que puede (y debe) implementar el sistema educativo, y no derivarlas (como hasta ahora en muchas ocasiones) al sistema de servicios sociales, estigmatizando a los destinatarios y haciendo que asumamos una responsabilidad impropia.

Lo mismo podríamos decir del resto de sistemas de protección social. En todos hay que implementar medidas por un lado para atender a las personas que se encuentran en situación de pobreza y por otro para colaborar a su erradicación. Sólo así evitaremos que al Sistema de Servicios Sociales no le suceda lo que a otro famoso gato, el de la famosa paradoja de Schrodinger, con un estado tan indefinido que estaba en la caja muerto y vivo a la vez.
 
Porque en este tema el principal protagonismo lo ha de tener el todavía inexistente Sistema de Garantía de Ingresos (que debería coordinarse con la política fiscal y laboral) y que el resto de sistemas deberíamos apoyar de forma complementaria. Lamentablemente a este Sistema de Garantía de Ingresos ni se le ve, ni se le espera: de Renta Básica ni hablamos y del disparate de las Rentas Mínimas, ya lo hicimos en la entrada anterior.

Y mientras, resurgen con fuerza discursos totalitarios preñados de xenofobia, machismo y aporofobia, creando un ambiente social en el que va a ser imposible modificar estructuralmente la política social de este país más allá de un ineficiente maquillaje que no conseguirá ni avanzar en justicia social ni reducir la desigualdad.

Tengo la sensación de que cuando seamos conscientes de todo ello, nos daremos cuenta de que ya habíamos llegado tarde.



miércoles, 22 de agosto de 2018

Retazos de una infancia cualquiera



A veces mi papá vuelve a casa y nos trae regalos. En cuanto entra por la puerta mi mamá le grita, pero yo creo que como también le trae regalos a ella enseguida se le pasa el enfado. Entonces mamá nos dice que cuidemos de nuestra hermana pequeña y se meten abrazados en la habitación, mientras nosotros nos quedamos viendo la televisión.

Cuando salen es divertido, porque nos vamos todos juntos a cenar hamburguesas. En casa no comemos nunca hamburguesas, sólo leche con galletas y macarrones. Bueno, a veces mi mamá hace garbanzos, pero a mí no me gustan porque llevan un chorizo que pica.

 Luego Cata y yo nos echamos a dormir en el sofá mientras papá y mamá duermen con el bebé. Cata es mi hermana mayor. Tiene doce años y siempre está discutiendo con mamá. Cuando mi mamá se pasa todo el día en la cama, es ella quien nos cuida y nos hace la comida. A mí no me gustan esos días porque no vamos al cole y Cata es muy mandona.

Por la mañana papá y mamá se levantan y yo ya sé lo que va a pasar. Siempre es lo mismo. Papá y mamá gritan y se empujan y el bebé llora mucho. Cata y yo nos escondemos detrás del sofá y nos tapamos los oídos. Entonces mi papá se marcha de casa insultando a mamá y dando gritos y portazos.

Una vez, cuando mi papá se fue vinieron unos policías a casa. Nos llevaron a un sitio donde nos hicieron muchas preguntas y no vimos a papá en mucho tiempo.

Mamá está siempre triste y enfadada. Creo que está triste porque dice que papá no nos quiere, aunque también dice lo mismo de los abuelos. Dice que no nos ayudan porque no nos dan dinero y no podemos encender la estufa porque gasta mucha luz.

Para poder encender la estufa tenemos que ir a unas oficinas donde hay una señora muy simpática. Siempre me da caramelos. A veces mi mama sale contenta después de estar con ella y otras veces enfadada, porque dice que ella tampoco nos ayuda a encender la estufa. A mí me gustaría que papá, los abuelos y esa señora se pusieran de acuerdo y nos pagaran la luz. Así estaríamos calientes y mamá no estaría siempre enfadada y gritándonos.

Esa señora de la oficina es la misma que vino con los policías el día que mi papá se fue mucho tiempo. Viene algunos días a casa. Yo sé cuando va a venir porque mi mamá lava los platos de la cocina y hace las camas. Mamá y ella hablan un rato. Yo no les escucho, pero creo que hablan mucho de Cata y de que se porta mal en el colegio. Yo no me porto mal en el colegio, así que supongo que no hablarán de mí, pero a mí no me importa.

Algunos días de esos en que mi mamá no se levanta de la cama viene a casa otra señora. Dice que es amiga de mi mamá, pero a mí no me gusta porque huele a vino y a tabaco. Entonces viene a casa su hijo, que es muy mayor y se queda con nosotros mientras mamá y su amiga se marchan de casa. Se llama Marco y dicen que se queda para cuidarnos, pero sólo fuma y ve la televisión. A Cata no le gusta que Marco venga a casa. Yo creo que teme que le haga algo a ella o al bebé porque mientras está en casa Cata tiene en brazos a mi hermanita todo el rato.

Cuando mamá y su amiga vuelven por la noche no se les entiende lo que hablan y tropiezan con todo. Esas noches también dormimos en el sofá, porque es Marco quien abraza a mi mamá y se mete con ella en la habitación. Cuando Marco y su madre se van por la mañana, mi mamá tarda mucho tiempo en levantarse y está todo el día llorando.

Para no llorar tanto mi mamá toma unas pastillas que le da un médico al que vamos algunas veces. Un día ese médico me hizo también a mí un montón de preguntas y luego mi mamá esa noche también me dio una pastilla. Me dijo que era porque así me portaría bien. Pero yo creo que ya me porto bien, porque mi mamá ya no me las da. O a lo mejor se le ha olvidado.

Un día Cata me dijo que quería irse de casa. Cogió una bolsa con ropa, la muñeca que tanto le gusta y se fue a la calle, pidiéndome que no le dijera nada a mamá. Pero el bebé lloraba mucho y tuve que despertarla y decírselo. Mi mamá llamó a la policía y luego trajeron a Cata a casa. Mamá y Cata lloraban y se abrazaban mucho.

Al día siguiente fuimos a la oficina de la señora que a veces nos paga la luz. Había otras personas que no había visto nunca, pero también eran simpáticos. Me preguntaron muchas cosas otra vez. No sé por qué lo hacen, yo siempre les cuento lo mismo. Me parece que a Cata le preguntaron si quería irse con ellos. Debió decir que no, porque volvimos todos a casa. A lo mejor quiso quedarse porque tenía que cuidar del bebé.

Ahora viene a casa algunos días otra señora que habla con Cata y mi mamá. También ha venido al colegio y ha hablado conmigo y con mi profesora.  Debe ser porque a veces me pongo nervioso y les pego a mis compañeros, pero es porque se meten conmigo. No me importa porque mi profesora siempre me defiende. Una vez discutió con la mamá de otro chico porque dijo que yo era un niño malo.

Pero yo no soy malo. Y Cata tampoco.

¡Ah!, se me olvidaba... yo me llamo Miguel y a veces mi papá vuelve a casa y nos trae regalos.

miércoles, 13 de junio de 2018

El barco

Me da igual si es un gesto aislado o el inicio de una nueva política, pero la postura del nuevo  Gobierno ante la crisis del barco "Aquarius", resolviendo la situación del más de medio millar de personas migrantes abandonadas a su suerte, es una buena noticia.


Si hay algo de lo que debemos avergonzarnos profundamente como sociedad "civilizada", en este caso los europeos, es del tratamiento que hemos hecho de los flujos migratorios provenientes de las situaciones de guerra y pobreza que se viven en muchos países de Africa y Oriente Medio.

En lugar de convertirnos en una sociedad acogedora, nos hemos limitado a cerrar y endurecer las fronteras, convirtiendo al mar Mediterráneo en un auténtico cementerio, mientras "defendemos" con uñas y dientes el pedazo de bienestar en el que hemos tenido la suerte de nacer y que no estamos dispuestos a compartir.

Por todo ello, decisiones como las de acoger en nuestras ciudades a los migrantes de ese barco al que, en contra de cualquier instinto humanitario, se le negaba el atraque en los paises cercanos, es algo esperanzador. Ojalá sea el inicio de un replanteamiento de la política europea sobre las migraciones y sobre la cooperación con los paises desfavorecidos, aunque no lo creo.

De todos modos, no es de la decisión de lo que quería hablaros. Más bien quiero hacerlo de las reacciones que esa decisión ha causado entre algunos sectores de la sociedad.

Con una mezcla entre asombro y preocupación, asisto a la gran cantidad de mensajes en contra de la acogida de estas personas, tanto en las redes sociales como en muchas conversaciones analógicas. La guinda ha sido el lanzamiento en las redes de diversas encuestas para que la gente se pronuncie a raíz o en contra. Consecuencia de esos mensajes trufados de desconocimiento, de miedo a lo diferente, de prejuicios infundados y en muchas ocasiones de actitudes clasistas y marcadamente xenófobas.

No reiteraré aquí esos mensajes para no darles más pábulo, pero son el indicador para mí de un grave problema como sociedad. Un virus que nos enferma , que nos deteriora como comunidad y que atenta nuestra cultura.

Me preocupa especialmente cómo esos mensajes han calado entre mucha gente. Gente buena, incapaz de hacer daño a nadie, defendiendo con fruición que el barco debía haberse hundido en el mar y sus pasajeros morir ahogados en el mismo... hasta que pueden reflexionar un poco y se dan cuenta de la barbaridad que defienden.

Porque creo que esa es una de las principales claves. Muchos de los argumentos que se utilizan en contra de estas medidas son irracionales. Cuando se consigue información, cuando se favorece la reflexión, cuando somos capaces de ponernos en el lugar "del otro", la perspectiva cambia y esos argumentos no se sostienen.

Por ello, paralelamente a las decisiones sobre política migratoria y cooperación al desarrollo, hay que hacer una labor importante de pedagogía sobre la ciudadanía. Y creo que los Servicios Sociales deberíamos asumir el papel protagonista en la construcción de esa pedagogía. Al fin y al cabo, estamos hablando de convivencia. Acoger para convivir con el otro, con el extranjero, con el que tiene otra cultura, con el que viene huyendo de la guerra o del hambre...

Y ese es nuestro objeto, la convivencia en sus más variados niveles. Además, nuestra mirada compleja y relacional nos sitúa de manera privilegiada ante este fenómeno y ello nos hace especialmente responsables para liderar esa pedagogía.

Pero lamentablemente, andamos demasiados ocupados en otras cuestiones que no debieran ser de nuestra competencia...



lunes, 11 de junio de 2018

Lo innombrable

Wang me sugiere que deberíamos referirnos al Sistema de Servicios Sociales como "Lo innombrable", en coherencia con la situación de indefinición e invisibilidad a la que hemos llegado. Y como yo siempre hago caso a mi amigo así me voy a referir al mismo, por lo menos en esta entrada.


Según el diccionario, Innombrable es aquello "que no se puede o no se debe nombrar, por evocar algo negativo, por no ser conveniente"...

Algo de ello nos ha debido pasar, pues en los últimos años hemos asistido a la erradicación sistemática de dicha denominación.

La guinda al pastel que se ha ido cocinando desde hace ya varios años, ha sido la nueva denominación del Ministerio que se supone que debe gestionar el innombrable. Algunos diréis que le estamos dando demasiada importancia a lo que no son sino nombres. Que lo importante son las políticas concretas que se desarrollen...

Admito esa crítica, pero no estoy de acuerdo. Las formas también son importantes, incluso para mí determinan el contenido. Y la correcta visibilización, identificación y denominación del innombrable es un requisito imprescindible para su desarrollo.

Pero además, esto del Ministerio tiene un doble delito, pues hace muy poco, y a propuesta del Consejo General de Trabajo Social (en lo que fue un intento de consensuar algunos aspectos y compromisos de cara a las elecciones generales), los partidos políticos acordaron defender la "correcta denominación para los organismos públicos encargados de desarrollar" el innombrable.

En mi pueblo esto se llama una traición en toda regla e indica lo que a este Gobierno le preocupamos y deja a las claras que que no tienen intención alguna de desarrollar nada. No es pues un error. Es una hoja de ruta.

Y es que en el documento al que me estoy refiriendo se señalaba que "en todo este tiempo hemos visto cómo se ha desdibujado cada vez más la denominación de servicios sociales. Una prueba de ello es como algunas consejerías y concejalías han dejado de usar esta denominación. Es importante llamar a las cosas por su nombre: servicios sociales."  (Dejo para otro rato algunos aspectos de este documento, que contiene planteamientos importantes al mismo tiempo que  conceptos y referencias que cada vez me gustan menos).

En este mismo blog, hace ya más de cinco años, alertaba de cómo estaba desapareciendo nuestra terminología, y ponía como ejemplo la desaparición de nuestro "innombrable" de los enlaces en la página web del Gobierno de Aragón, asunto por cierto que tardó varios meses en modificarse.

No es casualidad por tanto que ahora también desaparezca nuestra denominación en el Ministerio. Responde a una estrategia calculada que pretende invisibilizar el innombrable para sustituirlo por prácticas asistenciales y prestacionistas, mucho más fáciles de poner y quitar y que, probablemente, dan más rédito electoral que la inversión en profesionales y estructuras.

Tal vez sea mejor así. El innombrable había terminado dedicándose a recoger los desechos de los demás sistemas, que así han podido desresponsabilizarse de ellos. Nos hemos convertido en algo negativo e inconveniente para la política social. Por eso no nos nombran.

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