No soy analista político, ni pretendo serlo. Pero en un blog como éste, donde procuro entre otras cosas estar atento y reflexionar sobre las medidas de política social que se desarrollan en nuestro país, me parece obligado que dedique unas líneas a comentar las recientes Elecciones al Parlamento Europeo que acabamos de celebrar.
Y la verdad es que me resulta
difícil. Después de un par de días, cuando todos los partidos políticos y los
medios de comunicación han analizado los resultados, la maraña de datos y
valoraciones me sugieren sentimientos encontrados. A estas alturas ya no se si
estoy desconcertado, esperanzado, preocupado, entristecido o ilusionado.
Os confieso que mi principal
expectativa ante estas elecciones era observar si el dominio de las fuerzas
conservadoras, con su adscripción inmisericorde a la doctrina neoliberal,
estaba llegando a su fin. El fin de un modo de hacer política donde el dinero
está por encima de las personas, y no a su servicio. El retorno a políticas más
solidarias, mejor redistributivas, que reduzcan las desigualdades, que acaben
con la pobreza.
Pues bien, mi primera impresión
es que no. Me gustaría creer que se está
produciendo un giro, que la crisis ha servido para que repensásemos los valores
desde los que se está construyendo Europa, que los incipientes movimientos
revolucionarios están consiguiendo imponer ese cambio que necesita la sociedad
o, al menos, el que anhelan las personas y familias que los están pasando mal
en estos tiempos. Creo que no.
Observo demasiado poder y
autocomplacencia en las clases dominantes y en los grandes partidos políticos. Y
veo que ante ello se oponen demasiadas iniciativas fragmentadas, con
dificultades todavía para ceder parte de “su” verdad y consensuar un verdadero
y alternativo frente común. Y no es que desconfíe del poder que lo pequeño y
sencillo tiene para transformar la realidad. Lo único que ocurre es que la historia
de David contra Goliat no me la he terminado de creer nunca del todo.
![]() |
David y Goliath, de Caravaggio (1600) |
En el fondo, debe ser verdad.
Sólo así podemos explicar el altísimo porcentaje de abstención. Más de la mitad
de la población con derecho a votar no lo ha ejercido. Lo cual además de
preocupante (si de verdad nos creemos esa poderosa influencia de Europa), nos
ha descubierto algún hecho paradójico. Por ejemplo, el apoyo que tiene el Partido
Popular que gobierna nuestro país con una abrumadora mayoría absoluta y que nos
está imponiendo sus recortes en derechos y prestaciones sociales sin ningún
tipo de remilgo ni, por supuesto, ningún consenso o tan siquiera diálogo. Este
partido político sólo está apoyado explícitamente por una de cada ocho
personas.
Es decir, que un porcentaje
cercano al 10 % de la población está imponiendo su política al 90 % restante.
Para reflexionar.
Y como os digo que dudo mucho que
ninguno de los David a los que antes me he referido acierte con la pedrada, me
atrevo a plantear algunas sugerencias para esa reflexión de cara a las próximas
elecciones que se nos avecinan.
Aunque a sugerencia de Wang, lo
dejaremos para la próxima entrada.