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viernes, 9 de marzo de 2018

Thi May, robando niños en Vietnam

Hace unos días, Wang y yo nos fuimos al cine. Con la intención de pasar un rato agradable y relajado, sin más pretensiones, elegimos la película "Thi May, rumbo a Vietnam", en lo que creimos que sería una comedia española ligera con la que, simplemente, reirnos un poco.

 

Atención, si tienes intención de ver la película no sigas leyendo,
 porque voy a destripar el argumento.

Si no fuera porque Wang es un inmigrante asiático bastante rebelde y yo un viejo Trabajador Social cascarrabias, hubieramos acertado.

Porque la película es amable y se deja ver con facilidad. Está bien construida, sus actores y actrices lo hacen muy bien y el argumento combina humor, tristeza y emoción de una manera bastante equilibrada, sin que destaque especialmente ninguna cosa sobre otra. El desenlace sin sorpresas, previsible y con un final feliz, hace que la mayoría de gente salga del cine sonriendo.

Y como digo, nosotros también si hubiéramos sido capaces de prescindir del argumento.

La película comienza de un modo trágico, cuando la protagonista recibe la noticia de que su hija ha fallecido en un accidente de tráfico y se entera poco después de que a esta hija se le ha concedido la adopción de una niña vietnamita que había solicitado. A partir de entonces, decide viajar a Vietnam acompañada de unas amigas, para intentar traerse a la que considera su "nieta adoptiva".

Entre bromas y situaciones humorísticas, lo que se narra es la pelea de esta "abuela" contra la administración, tanto española como vietnamita, que consideran que la niña debe permanecer en Vietnam y comenzar un nuevo expediente de adopción con otra familia.

Y para ello, no duda en utilizar todo tipo de engaños y triquiñuelas, llegando a falsificar documentos y engañando a las autoridades del país con la  connivencia de varios personajes a los que convence con su dolor por la pérdida de su hija y su determinación para hacerse con su "nieta", lo cual, naturalmente, al final consigue.

Los temas quedan apuntados. ¿Qué necesidades satisface esa "adopción"? ¿Las de la "abuela" o las de la niña? ¿Es legítimo utilizar cualquier método, incluido el engaño, para hacer valer lo que creemos que es nuestro derecho? ¿Basta, desde nuestra superioridad moral, el convencimiento de que la niña estará mejor aquí que en su país, para considerar que debe venirse a vivir con nosotros?

Pero no creaís que la película profundiza en estos dilemas. Su intención no es generar debate o reflexión al respecto. Simplemente opta por lo que, a nuestros ojos, nos parecía una aberración y nos impidió disfrutar de la película: el robo de niños en otros países está permitido porque aquí podemos proporcionarles el bienestar que en su país no tienen. 

Este mensaje que me pareció tan peligroso es lo que me ha motivado a escribir esta entrada. Porque no todo vale. El bienestar infantil en un tema como la adopción internacional no puede ser objeto de evaluaciones privadas, sino que debe estar sometido a rigorosos controles públicos, tanto en el pais de origen como en el de destino. Por eso está regulada. Para evitar la compra-venta y el tráfico de niños que los convierta en una mercancía más de esta sociedad que nunca se sacia.

Habrá quien diga que es una ficción. Que no es posible una historia semejante. Si yo estuviera convencido de ello, no estaría escribiendo esto. Porque me ha tocado presenciar historias parecidas, estas reales, donde a pesar de toda regulación y el esfuerzo de los sistemas de protección, las necesidades de los niños no han sido consideradas más allá de la comparación entre las condiciones materiales de su país y del nuestro, lo cual ha legitimado su uso como mercancía.

Es lo que tiene el cine. Piensas reirte y sales revuelto y enfadado. Y en cuanto a la película y su alegato al robo de niños... ¡maldita la gracia que tiene!

lunes, 16 de noviembre de 2015

Siempre nos quedará París

Anda Europa golpeada por los últimos actos terroristas que el islamismo radical ha cometido en París. Todo el mundo muestra su solidaridad con las víctimas a la par que la repulsa contra los perpetradores. Mientras las redes sociales se visten con la bandera francesa, no son pocos los que recuerdan que los muertos de otras banderas también son muertos, aunque en la lejanía duelan menos.

 

Como siempre, vaya por delante mi condolencia para con las víctimas. ¡Como si fuese necesario decirlo! 
No es momento de comparaciones, ni de juzgar cómo cada cual expresa su dolor o solidaridad. Unos vecinos nuestros han sufrido un execrable atentado y hay que estar junto a ellos. 
Pero también es tiempo de reflexionar sobre lo que está sucediendo.

Y lo estamos haciendo. ¡Vaya si lo estamos haciendo! Todos los medios de comunicación están analizando la situación desde múltiples perspectivas. Desde las más amplias, como la geopolítica hasta las más reducidas, como la psicología.

Entre tanta maraña de enfoques, uno tiende a perderse.  Por lo que no está de más en estos momentos insistir en el verdadero germen de la violencia que estamos padeciendo, tanto en Europa (de un modo más puntual) como en Oriente Medio o Africa (de un modo más permanente).

Y ese no es otro sino la pobreza. Una pobreza que genera incultura y sobre todo, resentimiento. En la pobreza, y no en otro sitio, encuentran terreno abonado las ideas radicales y con ellas, los actos violentos.

Cuando un pueblo no tiene más esperanza que la amarga supervivencia entre el hambre y la miseria puede surgir en su seno la semilla del odio. Es en el fondo lo que estamos sufriendo, mucho más allá del resto de explicaciones.

Hemos vivido demasiado tiempo de espaldas a la pobreza de otros países. Nuestra solidaridad con ellos ha sido vergonzosamente escasa, sobre todo a nivel gubernamental. Los presupuestos para cooperación y solidaridad con estos países han sido siempre rácanos, como a regañadientes. "No podemos dedicar más..." nos decían (mos).

Tan sólo la sociedad civil, organizada en torno a unas cuantas organizaciones no gubernamentales, han estado, en ocasiones y de forma puntual (y naturalmente insuficiente) a la altura.  En cuanto al Estado y sus políticos... ni han estado ni se han enterado. Lo cual es una amable manera de decir que les importaba más bien poco.

Y luego nos sorprendemos de los fenómenos migratorios y de radicalización que presenciamos.

Porque si la cooperación internacional  es algo en lo que hemos fracasado sin paliativos, qué decir de la pobreza en nuestro propio pais. Se ha optado por una política económica y social que ha incrementado la pobreza hasta niveles inimaginables para un pais que se supone desarrollado. Convivimos como si nada con una desigualdad insultante y unos índices de pobreza que, en muchas ocasiones, nuestros prebostes se dedican a negar.

Pues bien, sigamos mirando para otro lado. Permitamos que la pobreza cabalgue a sus anchas en nuestro país y en otros paises. Sigamonos diciendo que no hay recursos suficientes para acabar con ella.

La factura la pagaremos más adelante. Y como siempre que nos retrasamos en un pago nos saldrá mucho más cara. Tan cara como ahora en París.


martes, 8 de septiembre de 2015

Buscando refugio

No tenía previsto hablar de la mal llamada, a mi juicio, "crisis de los refugiados". El drama del pueblo sirio (y el de otros pueblos) huyendo de sus paises de origen y llamando a las puertas de Europa buscando refugio, merece sin duda un acercamiento respetuoso, con un profundo análisis que yo no soy capaz de hacer.



Bandera de Siria, usada por la oposición en el exilio.
Pero alrededor de todo este drama, sí se han producido algunos fenómenos que me han hecho reflexionar. 

En primer lugar, el papel de la sociedad civil en todo esto. Llevamos décadas asistiendo a auténticos genocidios y vulneraciones sistemáticas de los derechos humanos en todo el planeta, pero nunca hasta ahora se había producido una sensibilización tan generalizada como la que se está produciendo con el éxodo Sirio. ¿Qué ha sucedido para que así sea? Os confieso que se me escapan las razones, probablemente sean más complejas que las que puedo analizar, pero la verdad es que me ha sorprendido la explosión de solidaridad con este problema. 

¿Una foto? ¿El recuerdo de nuestros históricos dramas? ¿La situación política o económica nacional, europea o mundial? No lo sé. La cuestión es que la sociedad civil se ha movilizado y, como siempre que ello ocurre, presenciamos la emergencia de multitud de iniciativas que pretenden colaborar, ayudar o solucionar el problema. 

La mayoría de estas iniciativas surgen de la solidaridad y de la buena voluntad. Las más de las veces son iniciativas serias, aunque en ocasiones surgen algunas cuya frivolidad espanta. Generalmente pretenden la coordinación de esfuerzos y la integración y sinergia de las actuaciones, aunque no faltan tampoco aquellas que sólo parecen actuar desde el protagonismo de quien las desarrolla. Frecuentemente están bien planificadas y diseñadas pero hay ocasiones en que son actuaciones irreflexivas, guiadas únicamente por la emoción.

Así, multitud de asociaciones, grupos, ONG's, municipios, comunidades autónomas... incluso ciudadanos individuales, han lanzado sus propuestas para dar refugio a los sirios que están huyendo de su país. Uno de los efectos de esta movilización ha sido la presión ejercida hacia el Gobierno de la nación, que se ha visto obligado a dar un giro a sus intenciones y plantear la acogida de más refugiados de los que sin duda había previsto.

No tengo ni idea cómo va a concretar esto el Gobierno, enfangado en una vergonzosa discusión con Europa en cuanto a los "cupos" de refugiados que "nos tocan" a nuestro país y preocupado unicamente en sacar la calculadora para ver los recursos que tiene que reclamarle para admitir acogerlos. Lo que temo es que con la desgana con la que afronta esta tarea (coherentes con su credo neoliberal) diseñe una rácana respuesta institucional al problema y abandone en manos de la iniciativa de esa sociedad civil la mayor carga de la misma.

A mi juicio, el Gobierno de la Nación debería ejercer en este tema una función de liderazgo y determinar con generosidad no sólo "cuántos", sino (cuestiones igual de importantes) "dónde", "quien", "qué" y "cómo". Y creo también que este liderazgo debería hacerlo coordinando a través de las Comunidades autónomas y Municipios la estructura de la respuesta.

 Azaz, Syria. vía Wikimedia Commons
Creo que Comunidades autónomas y Municipios tienen que tener el principal papel protagonista en la acogida de refugiados, pues no se trata sólo de dar asilo. Se trata también de garantizar la adecuada y convivencia e inserción social de los refugiados. Estamos hablando en última instancia de garantizar los derechos sociales de estas personas y ello exige la tutela y el protagonismo de las administraciones.

Creo también que todo ello debería hacerse a través del Sistema Público de Servicios Sociales, en concreto a través de su atención primaria, a la cual debería dotarse de los recursos necesarios para afrontar la tarea de conseguir la inserción social de las personas que lleguen. Y lo creo a pesar de la situación de abandono, descrédito y deterioro en que el Sistema se encuentra, consciente de la dificultad de la tarea.

Ojalá tuviésemos un Sistema de Servicios Sociales capaz de afrontar este tipo de situaciones de manera normalizada. Lamentablemente y como venimos definiendo en este blog, nuestro sistema dista mucho de ser un verdadero sistema, cuyas graves deficiencias estructurales y normativas no se abordan nunca en profundidad.

Pero aún con todo ello, del mismo modo que nadie duda (espero) que la situación de salud de los refugiados deba ser atendida por el Sistema Sanitario normalizado, todo lo relacionado con la inserción social debe ser atendido por el Sistema de Servicios Sociales. No en vano hace ya mucho tiempo que definimos como uno de los sectores de intervención del mismo a los Refugiados y Asilados (SIUSS dixit) y tenemos a la inserción social como una de las principales prestaciones de nuestro devastado sistema.

Dudo mucho (ojalá me equivoque) que así vaya a hacerse, pero tengo claro que sólo de esa manera podrán garantizarse esos derechos de los que hablo y podrá conseguirse que los procesos de inserción social que se pongan en marcha lleguen a buen término.


lunes, 20 de octubre de 2014

Pobre semana...

Acaba de terminar la Semana contra la Pobreza, que ha pasado sin demasiada repercusión entre los medios. Una pobre semana...

 

A pesar de ello, se han vuelto a difundir datos que ya sabíamos, pero que ni a fuerza de repetirlos pareciera que nos hacemos conscientes de su magnitud: 805 millones de personas siguen pasando hambre en el mundo, por ejemplo. Las 85 personas más ricas del planeta tiene la misma riqueza que la que se reparte entre la mitad más pobre de la población mundial, 3.500 millones de personas. Más de 1.000 millones de personas no tienen acceso a agua potable. Cada día 30.000 niños mueren de enfermedades perfectamente evitables, por la simple razón de que no pueden acceder a los tratamientos necesarios. Inconcebible.

¿Y en España?. Pues hemos constatado cómo estos cuatro años de gobierno neoliberal y ultraconservador de Rajoy y sus huestes han traído básicamente dos consecuencias: la extensión brutal de la pobreza (más del 20 % de la población por debajo del umbral de la pobreza y el segundo país de Europa en pobreza infantil) y un incremento inusitado de la desigualdad (el número de millonarios en España ha crecido en el último año un 24 %, mientras la renta de la población más pobre sigue cayendo en picado). En cierto sentido, reconoceremos que este gobierno es muy eficaz en sus políticas, pues han conseguido una especie de cuadratura del círculo: más pobres y más ricos.

Pero al margen de todos estos dolorosos datos, ha habido algunas cosas durante esta semana que han llamado mi atención. En especial las medidas que se proponen desde ciertos ámbitos para luchar contra la pobreza en España. En esta semana no han faltado voces que han reclamado la creación o el incremento de lo que se vienen a llamar rentas de inserción para luchar contra el problema de la pobreza. Me parece correcto, pero creo necesarias algunas precisiones, cuando menos terminológicas.

Porque cada vez me preocupa más el confuso debate que se está creando en torno a las medidas para la lucha contra la pobreza, y el papel que a los Servicios Sociales se nos asigna (o nos asignamos, que ya no estoy seguro...) en este tema. 

Lo cierto es que nadie preveía la situación actual, con semejante incremento de la desigualdad y con la apabullante extensión de la pobreza que estamos presenciando. Pero creo que a los técnicos del Sistema de Servicios Sociales, esta situación nos ha pillado con el paso cambiado y todavía no hemos sido capaces de transmitir a la sociedad un mensaje y unas medidas unificadas ante el problema.

Algo que me parece urgente aclarar a la sociedad es que pobreza y exclusión social son dos realidades distintas. Dos entidades nosográficas (si pudiéramos hablar en estos términos para las cuestiones sociales), ciertamente diferentes.

Creo que los profesionales y técnicos del sector lo tenemos claro, pero como os digo ni los responsables políticos ni los medios de comunicación transmiten claridad alguna, por lo cual la sociedad está muy confundida.

Naturalmente, la exclusión social y la pobreza están interrelacionadas. Es obvio que lo están, del mismo modo que la hipertensión puede estar relacionada con el infarto de miocardio o la diabetes con la ceguera. Pero son cosas distintas.

Estoy dispuesto a admitir que en el caso de la pobreza y la exclusión podamos hablar incluso de una especie de patología dual, como solemos hablar (y eso que me gustan poco estos términos) en el caso de la toxicomanía y la enfermedad mental.

La pobreza es un factor de riesgo importante para la exclusión social, del mismo modo que la exclusión social tiene como consecuencia en muchas ocasiones la pobreza. Pero no es lo mismo la situación de pobreza en una familia que historicamente ha tenido una serie de deprivaciones culturales y sociales, con problemas de variado tipo, que en otra cuyo único problema haya sido la salvaje disminución de rentas e ingresos como consecuencia de la situación económica social derivada de un neoliberalismo inmisericorde.

A nadie se le escapa que en el primer caso, para ayudar a esa familia habrá que diseñar medidas complejas y trabajar en muy diversas áreas. Seré generoso al decir que las rentas de inserción que hemos tenido en España era ésto lo que pretendían. 

Pero en el segundo caso, lo que necesita principalmente esa familia es dinero. Dinero y empleo. Punto. Gran parte de la pobreza en España hoy tiene un carácter unicamente estructural. Estas familias y personas no necesitan inserción y si la necesitan, la simple mejora de su situación económica la va a procurar.

Por eso pienso a veces que erramos cuando nos adscribimos sin matices a pedir el incremento de estas medidas de inserción. Claro que está bien reclamarlas, tanto como denunciar su ineficiente diseño (de lo cual por otra parte no oigo tantas voces como serían necesarias), pero no para la lucha contra la pobreza.

Propongo mensajes contundentes: las rentas de inserción no son instrumentos adecuados para la lucha contra la pobreza; como su nombre indica el objetivo de estas medidas es la exclusión social, no la pobreza. Si lo que nos preocupa es la pobreza, y no me cabe ninguna duda de que así es, a la luz de los datos a los que estamos asistiendo y de las situaciones de las que somos testigos, no podemos centrar nuestras reivindicaciones en reclamar estas prestaciones.

Ya he dicho en otras ocasiones que la lucha contra la pobreza no debe configurar el objeto del Sistema de Servicios Sociales. Este problema debe ser un objetivo compartido por todos los Sistemas Públicos de Protección Social y su solución pasa por políticas universales y redistributivas de rentas e ingresos.

Si no aclaramos estas confusiones corremos riesgos importantes. Por ejemplo, convertirnos en el Sistema de atención a los pobres, renunciando inadvertidamente a la universalización por la que tanto hemos luchado. También el alinearnos sin darnos cuenta con el mensaje culpabilizador del catecismo neoliberal, que viene a decir que la gente se encuentra en situación de pobreza por su exclusiva e individual responsabilidad.

¿Y eso del 0,7 %, qué es? -me pregunta Wang.

- Otro día, Wang, ya te lo cuento otro día...



miércoles, 8 de octubre de 2014

Los virus de Wang



El lamentable suceso de la auxiliar de enfermería contagiada por el virus del Ébola en España ha extendido el miedo a que se propague entre nuestra población. No es para menos. La inoperante, chapucera y prepotente gestión de nuestro Gobierno no puede generar sino una profunda intranquilidad. Algunas personas imaginan nuestro país  invadido por el virus y los más agoreros predicen miles de muertos, como en África.



Es curioso comprobar cómo hasta ahora este virus nos importaba más bien poco. Se encontraba en África, a miles de kilómetros de nosotros. Desde allí llegaban noticias de países con nombres difíciles de pronunciar, y asistíamos al sufrimiento que la situación estaba causando en ellos como quien mira una película. Pueblos y familias enteras arrasadas. Personas muriendo sin la mínima atención sanitaria. Niños y niñas abandonados a su suerte.

Y ante semejante tragedia (como en tantos otros lugares de nuestro globo), la comunidad internacional mirando hacia otro lado. Los Gobiernos del llamado primer mundo o mundo desarrollado, no han dedicado a la cooperación con estos países más que unas migajas. Coherentes con la ideología neoliberal que todo lo invade, los Estados no deben intervenir en los problemas sociales. Para eso ya están las ONGs. Dejemos que sea la propia sociedad la que se organice. Es el modelo que se ha impuesto, y sirve para la política nacional tanto como para la internacional.

Ese es el verdadero virus. Las situaciones de sufrimiento humano no deben ser objeto de atención de los gobiernos, de los estados o de las administraciones públicas. “La gente debe resolver sus propios problemas” Rajoy dixit.

Y así hemos visto cómo la población de aquellos países se enfrentaba al virus con unos medios absolutamente insuficientes, carentes de casi todo y con la única ayuda de algunas entidades sociales o religiosas, a las que desde el poder se las define como heroicas. Seguro que preferirían menos adulaciones y más medios y compromiso gubernamental.

Es incomprensible que los países desarrollados no se hayan puesto de acuerdo para dotar de todos los medios que hiciera falta para atender la pandemia en aquellos lugares. Los políticos están más preocupados por evitar que el virus nos afecte en nuestros propios países (“estamos preparados para hacerle frente”) que por acabar con el sufrimiento de los países a los que les ha afectado.

Pero podemos lanzar a estos políticos un mensaje tranquilizador. La causa de la extensión del virus en aquellos países no es otra sino la pobreza. La falta de infraestructuras higiénicas y sanitarias y la precariedad de las condiciones de vida es lo que determina que esos países no puedan hacer frente a la extensión del virus sino con muchísimas dificultades. El verdadero virus es su pobreza.

Un nivel de pobreza en nada comparable al que tenemos en los países desarrollados. Aunque al paso que vamos, tiempo al tiempo.

Mientras tanto, aprovecho para deciros que Wang está malito. Hace poco que ha regresado de su larga estancia veraniega en su país y estos días pasados comenzó a encontrarse mal. Malestar general y un poco de fiebre. ¡Los mismos síntomas que el virus del Ébola!

Asustado, decidió ir al médico apresuradamente. Con una sonrisa condescendiente ante la hipocondría de mi compañero, el médico le dio el diagnóstico. Resfriado común. Ni siquiera gripe. Un vulgar y tranquilizador catarro que va a curar con un poco de reposo.

Ojalá todos los virus se curasen con tanta facilidad.



martes, 27 de mayo de 2014

Una Europa de juguete.

No soy analista político, ni pretendo serlo. Pero en un blog como éste, donde procuro entre  otras cosas estar atento y reflexionar sobre las medidas de política social que se desarrollan en nuestro país, me parece obligado que dedique unas líneas a comentar las recientes Elecciones al Parlamento Europeo que acabamos de celebrar.



 Y la verdad es que me resulta difícil. Después de un par de días, cuando todos los partidos políticos y los medios de comunicación han analizado los resultados, la maraña de datos y valoraciones me sugieren sentimientos encontrados. A estas alturas ya no se si estoy desconcertado, esperanzado, preocupado, entristecido o ilusionado.

Os confieso que mi principal expectativa ante estas elecciones era observar si el dominio de las fuerzas conservadoras, con su adscripción inmisericorde a la doctrina neoliberal, estaba llegando a su fin. El fin de un modo de hacer política donde el dinero está por encima de las personas, y no a su servicio. El retorno a políticas más solidarias, mejor redistributivas, que reduzcan las desigualdades, que acaben con la pobreza.

Pues bien, mi primera impresión es que no.  Me gustaría creer que se está produciendo un giro, que la crisis ha servido para que repensásemos los valores desde los que se está construyendo Europa, que los incipientes movimientos revolucionarios están consiguiendo imponer ese cambio que necesita la sociedad o, al menos, el que anhelan las personas y familias que los están pasando mal en estos tiempos. Creo que no.

Observo demasiado poder y autocomplacencia en las clases dominantes y en los grandes partidos políticos. Y veo que ante ello se oponen demasiadas iniciativas fragmentadas, con dificultades todavía para ceder parte de “su” verdad y consensuar un verdadero y alternativo frente común. Y no es que desconfíe del poder que lo pequeño y sencillo tiene para transformar la realidad. Lo único que ocurre es que la historia de David contra Goliat no me la he terminado de creer nunca del todo.

David y Goliath, de Caravaggio (1600)
De todas maneras, estas elecciones me han dejado otra sensación. Por un lado, todos aludían a la importancia de las mismas, a lo mucho que lo que sucede y se decide en Europa tiene para la política nacional. Pero por otro es como si nadie se las estuviese tomando demasiado en serio. Eran como unas elecciones de juguete. Una prueba. Lo verdaderamente importante ocurrirá en las siguientes convocatorias de elecciones locales, autonómicas y nacionales.

En el fondo, debe ser verdad. Sólo así podemos explicar el altísimo porcentaje de abstención. Más de la mitad de la población con derecho a votar no lo ha ejercido. Lo cual además de preocupante (si de verdad nos creemos esa poderosa influencia de Europa), nos ha descubierto algún hecho paradójico. Por ejemplo, el apoyo que tiene el Partido Popular que gobierna nuestro país con una abrumadora mayoría absoluta y que nos está imponiendo sus recortes en derechos y prestaciones sociales sin ningún tipo de remilgo ni, por supuesto, ningún consenso o tan siquiera diálogo. Este partido político sólo está apoyado explícitamente por una de cada ocho personas.

Es decir, que un   porcentaje  cercano al 10 % de la población  está imponiendo su política al 90 % restante. Para reflexionar.

Y como os digo que dudo mucho que ninguno de los David a los que antes me he referido acierte con la pedrada, me atrevo a plantear algunas sugerencias para esa reflexión de cara a las próximas elecciones que se nos avecinan.

Aunque a sugerencia de Wang, lo dejaremos para la próxima entrada.

jueves, 11 de abril de 2013

Celia Vicari o sobre la violencia y el Trabajo Social.

Es de esas noticias que te golpean, que te dejan conmocionado y condolido. Y más aún cuando te enteras de ellas casi por casualidad: el asesinato de CELIA VICARI, una colega argentina, a manos de un paciente psiquiátrico que estaba atendiendo. Noticia.


De casualidad, como digo, tengo la primera referencia de tan espeluznante noticia. El amigo y profesor Miguel Miranda, de la Universidad de Zaragoza, nos informa del hecho ocurrido el pasado lunes, dado que la conocía de diversas colaboraciones entre Universidades.

Por mi parte, tengo poco que hablar de Celia Vicari, pues no la conocía. Por lo que me he podido informar tras el desgraciado suceso se trataba de una trabajadora social muy querida y apreciada en sus entornos. Docente en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, al parecer había trabajado en el Hospital Zonal de la localidad de Caleta Olivia, en la provincia de Santa Cruz y una vez jubilada, todavía colaboraba con el Hospital en el seguimiento y apoyo de algunos pacientes.

Y fue realizando esta actividad cuando fue asesinada por uno de ellos. Como no podía ser de otra manera, el hecho ha conmocionado a toda la profesión de aquel país. Enlace.

A veces olvidamos la dimensión internacional de nuestra profesión. Ha ocurrido en otro país, lejos geográficamente de nosotros, pero era una colega nuestra. Por eso creo que es una noticia sobre la que tenemos que reflexionar y por eso la comparto con vosotros.

No se muy bien por qué pero me siento muy cercano a esa, para mí desconocida, Celia. Transmito desde este pequeño rincón mis condolencias a sus amigos, familiares y colegas argentinos. 

Todo trabajador social que haya trabajado en la atención directa se ha enfrentado a la violencia y la agresividad en algunas ocasiones. Trabajamos en las trincheras de la acción social,  atendiendo a personas cuyo sufrimiento les hace reaccionar de maneras a veces imprevisibles. Soy de los que pienso que como trabajadores sociales debemos tener, de hecho tenemos, una presencia limitada y la mínima incidencia necesaria en la vida de las personas que  atendemos. Pero también es cierto que,en ocasiones ocupamos para ellos, siquiera temporalmente, lugares importantes. Y desde estos lugares, a veces la violencia se vuelve contra nosotros.

La Federación Argentina de Asociaciones Profesionales de Servicio Social, desde el impacto de la triste pérdida, plantea la reflexión sobre los procedimientos de intervención que utilizan.

¿Cómo desarrollamos nuestro trabajo? ¿Cómo enfrentamos la violencia y agresividad en nuestro quehacer diario? ¿Disponemos de medios, equipos, protocolos y formación suficiente para ello? Creo que son preguntas que nos debemos plantear todos.

Con frecuencia oigo a compañer@s que plantean que con motivo de la crisis, las demandas se nos presentan de una manera más tensa y agresiva y que, en muchas ocasiones, el encuadre en el que las atendemos no es el más adecuado. Puede ser cierto. Lo cual no significa otra cosa que lo necesario de esta reflexión sobre la violencia y nuestro modo de atenderla y protegernos.

Porque hoy lamentamos la pérdida de una valiosa compañera argentina y al menos su injusta y gratuita muerte debe servir para prevenir más sucesos de este tipo. Antes he dicho que no conocía a Celia, aunque tal vez no sea del todo cierto. Celia puede ser cualquiera de nosotr@s.

Son días tristes para el Trabajo Social. Descansa en paz, Celia.