Mostrando entradas con la etiqueta BENEFICENCIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta BENEFICENCIA. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Reflexiones de un hambriento

Ha vuelto a pasarme. Al igual que hace un par de años, he vuelto a ser señalado como un ser insolidario al negarme a coger la bolsa que, a voz en grito, me acercaba uno de los voluntarios de la gran recogida que los Bancos de Alimentos han organizado este fin de semana pasado.

 

"Reflexiones de un hambriento" 1894 E. Longoni
No os aburriré con los detalles. Fue un episodio parecido al que en aquella ocasión os relataba en esta entrada. Y como en ella también os contaba mi postura al respecto, tampoco seré más pesado con el tema.

Sí os recomiendo la estupenda entrada al respecto de los compañeros/as de Ágora de Treball Social de Lleida  ("Atún y galletas, Menú de los pobres de hoy, sábado"), un estupendo trabajo de análisis, reflexión y alternativas al respecto de estas iniciativas.

También le podéis echar un ojo a este artículo "Es hora de cerrar los Bancos de Alimentos", en la web Renta Básica Universal

En todo caso, a pesar de que muchos de nosotros mantenemos una postura crítica al respecto de estas iniciativas y de que son cuestionadas desde muchos ámbitos en la intervención social, la verdad es que éstas gozan de una salud envidiable, pues las cifras en voluntarios y alimentos recogidos no dejan de incrementarse año tras año.

La extremada legitimidad social de estos Bancos y sus repartos de alimentos tienen diversas razones, ancladas en nuestro átavico subdesarrollo en materia de política social y sustentadas en una ideología benéfico-asistencial que estamos lejos de superar, pues entronca directamente con las corrientes neoliberales que arrasan nuestra sociedad.

Pero a mi juicio hay otras razones, seguramente contaminadas de esa ideología de la que hablo, que son igualmente importantes.

Una atañe a los profesionales y técnicos variados en esto de la acción social. Incapaces de consensuar unas alternativas eficaces a estos bancos, perdidos en palabrería en torno a la justicia social y los derechos sociales mientras por acción, omisión y/o obligación, diseñamos y gestionamos prestaciones y servicios tan asistenciales como aquello que denunciamos.

La otra tiene que ver con un factor psicológico de enorme fuerza rectora: nos hace sentir bien, esto de dar alimentos a los pobres. Nos reconcilia con el sentimiento de culpa que nace de nuestra desigualdad y nos genera una ilusión de reducirla que, aún siendo paradójica, no es menos tranquilizadora.

En cualquier caso, Wang y yo lo tenemos claro. El año que viene evitaremos ir al supermercado un fin de semana como éste. Nos ahorraremos algún disgusto.

***

Entrada dedicada a mis colegas, amigos y amigas andaluzas. Que este fin de semana sí que han tenido un disgusto de los de verdad.

martes, 27 de noviembre de 2018

¿Visita el ratoncito Pérez a los usuarios de Servicios Sociales?

-¿A qué viene esa pregunta?- Le contesté a Wang cuando, de forma repentina, me planteó semejante cuestión. -Me lo preguntaba -me explicó mi compañero- al ver el nuevo servicio municipal de dentistas para usuarios de servicios sociales que se ha puesto en marcha en Barcelona.



Y me enseñó la noticia (aquí el enlace), donde se daba información de ese nuevo servicio.

Tras leer la noticia, y sin conocer en profundidad el proyecto, la verdad es que la creación del mismo me ha dejado un regusto más bien amargo.

En primer lugar, no veo qué pinta el sistema de servicios sociales en lo que es una prestación sanitaria. Más bien no termino de entender porqué una prestación sanitaria se ha de dirigir a usuarios de servicios sociales.

Personalmente no creo que el ratoncito Pérez se pregunte, a la hora de dejar una moneda o un caramelo por cada diente que recauda, si ese diente procede de un niño o niña cuyos padres sean usuarios de servicios sociales. Me parece que el ratoncito Pérez es más universal que todo eso. (Excepto en China, donde por cierto me dice Wang que no ha llegado).

Más allá de que un Ayuntamiento decida dedicar recursos a cubrir las carencias del sistema de salud, cuestión más o menos oportuna, legítima o discutible, la cuestión es ¿quienes son los usuarios de servicios sociales?. O más bien quién piensa el servicio (o la noticia) que són dichos usuarios.

Hasta lo que yo sé, los servicios sociales son universales. Esto es, van dirigidos a toda la población. Pero, llamadme iluso, creo que este servicio va dirigido sólo a una parte de ella: los pobres, excluidos, drogodependientes y personas sin hogar. Es decir, a los que en la práctica la mayoría de la población y nuestros políticos piensan que son los usuarios de los servicios sociales.

No me malinterpretéis. No estoy en contra (tampoco a favor, lo confieso) de que se cree este tipo de servicios. Pero no me parece oportuno mezclarlo con servicios sociales. Personalmente me retrotrae a aquellos Padrones de Beneficencia con los que los Ayuntamientos prestaban una precaria asistencia sanitaria y farmaceútica a las personas que no tenían acceso a la Seguridad Social. Ya hablé de ello en esta entrada del blog "Beneficencia", que os invito a recordar.

Alude la noticia, para legitimar el proyecto, que gran parte del gasto del servicio que se crea ya se realizaba por parte de los servicios sociales, imagino que refiriéndose a las prestaciones o ayudas de urgencia, emergencia o inclusión dedicadas al pago de estas necesidades odontológicas y que no son sino el claro reflejo del papel residual del sistema de servicios sociales, haciéndose cargo de las necesidades, competencia de otros sistemas, que éstos no quieren asumir. 

A mi juicio, este tipo de servicios son tan bienintencionados como estigmatizadores y responden a necesidades concretas en la misma medida que ahondan en las desigualdades territoriales. Además, como bien se explica en este artículo que os acompaño "La paradoja de la redistribución" son las prestaciones universales las más eficaces para la protección social.

Pero parece que nuestro Estado ha abandonado la idea de la universalidad en las prestaciones y servicios, diseñando de modo compulsivo prestaciones selectivas que, poco a poco, van socavando los cimientos de un verdadero Estado de Bienestar y aproximándolo cada vez más a un, nunca superado, Estado Benéfico-Asistencial.

En cuanto a Wang, siempre tan pragmático, me ha confesado que la próxima vez que se le caiga un diente lo pondrá en una bolsita por la noche junto con un certificado de que es usuario de servicios sociales, no vaya a ser que el ratoncito Pérez se ponga selectivo y no le traiga su caramelo.


lunes, 5 de febrero de 2018

Juegos de trileros

Suelo decir con frecuencia que los Servicios Sociales no deben ocuparse de garantizar las necesidades básicas de las personas. La supervivencia material de las mismas no debería ser objeto de nuestro sistema. 


Defender estas tesis me resulta cada vez más difícil, pues siempre que lo hago me encuentro con la incomprensión de mis interlocutores. Probablemente sea consecuencia de mi incapacidad para explicarlo, pero también de cómo la cultura dominante ha asignado a los servicios sociales esa función.

Las razones de ello las hemos analizado de forma recurrente en este blog. Razones ideológicas, políticas e históricas explican esta situación, tanto como el deficiente desarrollo técnico que hemos sido capaces de incorporar al sistema.

Del mismo modo hemos descrito las consecuencias de esta decisión social, la cual considero un enorme error estratégico de la deficiente política social de este país.

No reiteraré pues de nuevo las causas y consecuencias de este fenómeno. Pero sí tengo alguna propuesta.

Asumida por tanto esa convención social que nos asigna la función de satisfacer las necesidades básicas de las personas y familias, creo que tendríamos que hacer el esfuerzo de simplificar al máximo los procedimientos, y para ello considero necesario comenzar cambiando la terminología de muchas de las prestaciones del sistema.

Si nos pusiéramos a unificar estas denominaciones a lo largo de todo el Estado, ya sería perfecto. Pero vamos a ponernos a nombrar las cosas como son. 

Habitualmente nuestras prestaciones son un conjunto grandilocuente de términos vacuos que, a mi juicio, sólo pretenden generar la ilusión de que el contenido de las mismas responde a otra cosa que lo que verdaderamente son.

En el fondo es un juego de trileros, que intenta esconder el contenido asistencial (y asistencialista) de las prestaciones con denominaciones y formas que nos hagan sentirnos menos incómodos y tengamos la ilusión de que van dirigidas a la promoción, rehabilitación, inserción y no sé cuantas zarandajas más.


Por ejemplo: "Subsidio para Familias Pobres" igual suena peor que "Renta Mínima de Inserción para Personas en Situación de Exclusión o Vulnerabilidad Social", pero tal vez responda mejor a su contenido. 

Como sin duda  la "Prestación Económica para cuidados en el entorno familiar y apoyo a cuidadores no profesionales de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de Dependencia" (tomad aire) suena mejor que "Pensión por Dependencia", pero seguro que de esta segunda manera se identifica mejor su contenido. 

Algunos podréis aducir que lo que pretenden estas denominaciones es no estigmatizar a sus beneficiarios. Es un error. Lo que verdaderamente estigmatiza es el contenido de las mismas y, por supuesto, las situaciones que se atraviesan para percibirlas. Situaciones para las que todas estas prestaciones han demostrado su absoluta ineficacia.

jueves, 7 de diciembre de 2017

No se preocupe...

Vísperas de Navidad, y el ambiente se llena del aroma que desprenden las campañas de solidaridad que nos alientan a colaborar con los desfavorecidos. El ciclo se repite año tras año, una y otra vez, y el éxito de estas campañas es la prueba irrefutable del modelo de sociedad y de política social que tenemos asumido.


Como ya he hablado en este blog lo suficiente acerca de estas campañas y los que me seguís sabéis las razones por las que me opongo a ellas, no me reiteraré en la crítica a las mismas.

Si ya de por sí es bastante difícil hacerlo, pues la cultura dominante y el aval de la clase política actual las legitiman de modo rotundo (recordad la arenga de la Ministra de Servicios Sociales el año pasado), hacerlo en estas fechas tan "entrañables" que se acercan sólo puede hacerse si estás dispuesto a granjearte unos cuantos enemigos más..

Que probablemente merezca dado la falta de compasión y sensibilidad que demuestro al criticar iniciativas tan loables.

Por ejemplo, el año pasado ya hablé de este tipo de campañas en mi entrada Bancos de Alimentos y estaba firmemente decidido a no comentar nada sobre el tema este año. Uno va aprendiendo a asumir sus derrotas. 

En eso estaba cuando la compañera Belén en su blog Trabajo Social y Tal se pone a analizar el lamentable proyecto de Renta Básica (¿alguna vez llamaremos a las cosas por su nombre?) de su querida comunidad andaluza. Y en su artículo nos da cuenta de una nueva iniciativa solidaria, apoyada por la clase política, que con el nombre de chupete solidario pretende recaudar fondos para no sé muy bien qué fundaciones con fines sociales.

Las fotos con los políticos apoyando la iniciativa son, (...cómo decirlo sin meterme en problemas...), de vergüenza ajena... No sé si es peor el fondo o la forma. Si la ética o la estética que hay detrás de la campaña.

Mientras este tipo de iniciativas permanecen en el ámbito privado, me parecerán mejor o peor, de buen o mal gusto, pero no me meto a juzgarlas. Pero como es en este caso, cuando se trasciende este ámbito de lo privado y pasa a la esfera pública mediante el apoyo del gobierno de turno, es menester analizar la política social que representa.

Porque el irresponsable apoyo de nuestros prebostes conlleva un mensaje.

Que no es sino que el problema de la pobreza no es para tanto. No pasa nada. La normalización de la pobreza.

Si no tiene alimentos... ¡No se preocupe! La maravillosa solidaridad de nuestra sociedad se los proporciona a través de los bancos de alimentos.

Que no puede pagar la luz...  ¡No se preocupe! Las comprometidas empresa eléctricas le van a hacer un maravilloso descuento en su factura, factura que ya le pagará su ayuntamiento con los ilimitados fondos para ayudas de urgencia de los que dispone.

Que le han denegado la Renta de Inserción... ¡No se preocupe! Su ayuntamiento le proporcionará una de esas ayudas de urgencia para que pueda hacer frente a los gastos más básicos.

No se preocupe... ¿Dónde está el problema? ¿Para qué quiere una Renta Básica cuando todas sus necesidades están cubiertas con nuestra combinación beneficencia + ayuda de urgencia?

Wang me propone que si faltan fondos, él puede sacar otra campaña solidaria. El pañal solidario. Lleno de mierda, como la política social en este país.


lunes, 12 de junio de 2017

Amancio I "El benefactor"

Bienvenidos al nuevo régimen. Si alguna duda teníamos respecto a qué clase de Estado teníamos, viene el aclamado Rey Amancio I, sentando sus reales, a proclamar su forma:  Monarquía filantrópico-caritativa. 


Y es que eso de que España haya sido durante varios años un Estado Social y Democrático de Derecho es algo que podemos ir olvidando. Se trata de un concepto anticuado, consagrado en nuestra vieja Constitución de 1978, cuyos principios han sido superados en la actualidad con los cambios derivados de la tecnología, la globalización y el nuevo orden económico mundial instaurado por los dogmas neoliberales.

Uno de estos dogmas se podría resumir así: hay que desregularizar la economía y quitar todas las trabas e impuestos a los empresarios; de este modo sus empresas serán cada vez más fuertes y tendrán más beneficios, lo que sin duda generará más empleo y bienestar para el conjunto de la sociedad.

Esta suerte de "ósmosis social" en la cual el incremento de beneficios concentrado en las clases adineradas se filtra hacia las clases trabajadoras y menos pudientes ha sido puesto en cuestión por los datos sobre la evolución de la desigualdad. Por ejemplo, en los últimos ocho años el porcentaje de millonarios en relación a la población española casi se ha duplicado. Han pasado de representar el 0,28% de la población al 0,41%. Al mismo tiempo, los hogares con las rentas más bajas han pasado del 31,2% al 38,5 %. Es decir, el incremento de la riqueza en los ricos se traduce en más pobreza para los pobres. 

Pero sin duda esos datos (y otros tantos que podríamos argüir) deben estar equivocados. Así lo demuestra la donación que el empresario Amancio Ortega, (dueño de Inditex y considerado la cuarta fortuna a nivel mundial), acaba de hacer a la sanidad pública. Nada menos que 320 millones de euros para equipos oncológicos a repartir entre todas las comunidades españolas. ¿Qué mejor prueba puede haber de que la existencia de un rico como el que nombramos sólo puede traer beneficios a la sociedad?

La donación no ha estado exenta de polémica. Muchos sectores han expresado su agradecimiento ante semejante gesto en un tema tan sensible como doloroso, la atención al cáncer. Al mismo tiempo han aparecido críticas sobre el carácter finalista de la donación (tal vez las necesidades de la sanidad pública fueran otras), sobre que el dinero donado proceda del ahorro de impuestos que este empresario realiza mediante la deslocalización de sus empresas (y/o de la ingeniería fiscal de sus cuentas), e incluso sobre la agenda oculta que tiene la donación (desgravar más impuestos, réditos publicitarios, lavado de imagen y hasta favorecer sus propias empresas o contactos de mantenimiento).


Más allá de toda esta polémica sobre las razones de la misma, la donación no puede rechazarse. Sería insensato ( y dificilmente defendible para ningún gestor en la sanidad pública) no adquirir unos equipos que pueden favorecer la detección o tratamiento de una enfermedad tan grave y dolorosa a muchas personas. Pero ahí precisamente está su problema. 

Y es que junto con el necesario dinero que permitirá la compra de equipos va un mensaje y se impone un modelo. Solucionar las carencias del sistema sanitario pasa de ser responsabilidad pública a responsabilidad privada. Es perfectamente compatible recortar servicios y presupuestos en la sanidad y aceptar esas donaciones privadas que en parte los palíen. Por tanto, la sanidad deja de ser un derecho. Un enfermo de cáncer será mejor o peor tratado en función de la graciabilidad de algún filántropo que, como el que nos ocupa, decida dedicar unas migajas de su ingente fortuna al tratamiento de esa enfermedad. Si hubiera decidido dedicar esas migajas a otro noble fin, pongo por caso, el tratamiento de enfermedades raras en los niños, el tratamiento de su cáncer sería más precario.

Es una limosna institucionalizada. El filántropo elevado a la categoría de héroe. La beneficencia llevada a su máxima expresión. La compasión exhibida. La recepción obligada.

Como sociedad empobrecida, no nos queda otra que aceptar esa limosna y mirar con ojos agradecidos a aquel que nos da ese plato de sopa, al que, humillados, sabemos que no tenemos derecho.

Vencidos y arrodillados, demos la bienvenida al Rey Amancio I "El benefactor". Tus siervos te desean larga vida. A tí, y a la era que representas.



miércoles, 17 de mayo de 2017

¿Viva el Trabajo Social?

Aún ando sorprendido por la repercusión de la entrada que he escrito sobre la muerte del Trabajo Social. A las pocas horas de publicarla ya tenía miles de lecturas y yo ya había perdido el hilo de los comentarios y ramificaciones que se iban generando en las redes.


¿Nuevo Trabajo Social?
Así que ahora, con las aguas un poco más quietas, considero preciso hacer algunas aclaraciones. Por un lado, (y mucho más allá de las licencias con las que a veces, aconsejado por Wang, adorno mis escritos para impactar y llamar la atención), la sensación de haber dado en la diana. Algo del problema que he señalado está conectado a la actualidad de la profesión, pues ha generado importantes debates con posiciones bastantes polarizadas.

La pérdida de espacios propios de nuestra profesión es alarmante y se encuentra en progresión constante. Es un hecho y un problema sentido y reconocido que no estamos abordando con eficacia.

No me sirven los argumentos de que el retroceso de nuestra profesión se refleja sólo en los servicios sociales públicos. La iniciativa privada no es la quintaesencia donde se conservan los principios de nuestra disciplina, ni el ejercicio libre de la profesión el lugar donde se reinventará... de la misma manera que tampoco son los servicios sociales públicos los creadores ni conservadores del verdadero Trabajo Social.

El deterioro y retroceso del Trabajo Social en el sistema de servicios sociales es evidente. Aún se conservan espacios donde profesionales desarrollan funciones e iniciativas dignas de nuestra profesión, pero cada vez más esos espacios comienzan a parecerse a la aldea gala de los tebeos de Asterix.

Y también es cierto que en ONG's y en el ejercicio privado hay compañeros que desarrollan actividades de gran valía, pero no es menos cierto que en muchas ocasiones desarrollan funciones y tareas que se parecen al Trabajo Social tanto como los huevos a las castañas.

Y es que el debate no es público o privado. Respeto profundamente el Trabajo Social que se realiza en la iniciativa social o privada. De la misma manera que pienso que, en nuestra historia reciente, el Trabajo Social ha estado indisolublemente unido al desarrollo de los servicios sociales públicos y a éstos tenemos unido nuestro destino.

Más allá del contexto en que desarrollemos nuestro trabajo, como profesión no podemos permitir el deterioro del sistema público de servicios sociales, y dentro de él, del papel fundamental y protagonista de nuestra disciplina. Del mismo modo que los médicos lo ejercen dentro del sistema de salud o los maestros en el educativo. 

Lo diré sin ambages, por poner un ejemplo. En Servicios Sociales y en todas las agencias o instituciones dedicadas a la acción social todos los puestos de coordinación y dirección deberían estar ocupados por trabajadores sociales. No podríamos ni pensar en cualquier otra posibilidad. Lo mismo podríamos hablar de la Universidad, donde el profesorado y los puestos de dirección en las Facultades de Trabajo Social deberían ser ocupados mayoritariamente por trabajadores sociales.

Y si no me vale el argumentario público-privado, tampoco me sirven las posturas idealistas, entusiastas o románticas con las que se defiende la profesión. Lo de "somos agentes de cambio, creámoslo", o lo de que "mientras haya una persona que necesite ayuda, ahí estará el Trabajo Social", están muy bien como slogans o alharacas, pero no sirven de nada al desarrollo de nuestra disciplina y en ocasiones son utilizados tan inapropiada como infantilmente.

La última cuestión que quería aclarar es la crítica a la iniciativa solidaria propiciada por una asignatura en los estudios de Trabajo Social de la Universidad de Zaragoza. El evento consiste en recoger ropa durante una semana destinada a personas sin techo de la localidad, y ha sido publicitado como una magnífica forma de ayuda a un colectivo tan desfavorecido como el de estas personas con el que se ha implicado toda la Universidad.

Con lo que hemos peleado Wang y yo en este blog y en otros sitios contra iniciativas de este estilo, denunciando la perversidad de estas formas de acción social benéfico-asistenciales (y recibiendo montones de críticas por insolidarios), presenciar cómo son alentadas desde la Universidad es (paradoja) desalentador cuando menos. 

Lamento que estos alumnos (y sobre todo los profesores que los deberían orientar) se hayan dejado seducir por el mensaje navideño de nuestra flamante Ministra de Servicios Sociales más que por las entradas de este blog.

Y dado que las razones de mi tristeza, verguenza y desaliento están contenidas en muchas de esas entradas, me atrevo a recomendar, a quien le interese, algunas de ellas:


Y una, especialmente dedicada a quien me lea desde la Universidad: De la ciencia a la caridad

Con la esperanza de que algún día podamos gritar, como en la sucesión de las monarquías medievales "El Rey ha muerto, viva el Rey" "El Trabajo Social ha muerto, viva el Trabajo Social", me despido del debate agradeciéndoos los múltiples comentarios y críticas recibidos y esperando no haber herido a ninguno de los magníficos profesionales que a lo largo del Estado desarrollan su labor.

domingo, 14 de mayo de 2017

El Trabajo Social ha muerto

No somos pocos los profesionales que estamos preocupados por la deriva que los Servicios Sociales han tenido en estos últimos años, con un fuerte retroceso hacia formas de acción social que creíamos superadas y un protagonismo inusitado del más rancio asistencialismo y de la más retrógada beneficencia.


Pero siendo importante, siento que ese no es verdadero problema. Lo que de verdad me importa es la posición que el Trabajo Social está tomando al respecto. Y es para hacérnoslo mirar.

El retroceso del Trabajo Social en el Sistema de Servicios Sociales y en el resto de Sistemas Públicos de Protección Social es alarmante. Y no por la presencia, que también, sino por sus prácticas.

Salvo excepciones (que lamentablemente son sólo eso, excepciones), los Servicios Sociales se han convertido en una gestoría de prestaciones (la mayoría económicas). Se nos llena la boca de frases como "garantizar derechos" cuando en el fondo a lo que nos referimos es que el ciudadano reciba la mayor prestación o servicio posible de entre aquellos que regulan las dispares y complicadas normativas. Y entre las dos cosas hay una gran diferencia en la que nos vemos atrapados y confundidos.

Y en esa confusión, hemos reducido la  función del Trabajo Social a navegar por ese inextricable mundo de órdenes, normas y reglamentos contradictorios realizando principalmente unas tareas burocráticas en las que lo más cercano a funciones técnicas como por ejemplo, la valoración, es certificar la pobreza (o insuficiencia de medios económicos) de los solicitantes de las prestaciones correspondientes. Lamentable, pero cierto.

Anclados en esas tareas, hemos abandonado progresivamente otros territorios que siempre han estado ligados a nuestro ADN como profesión. Como el Trabajo Social de casos (Belén dixit), o todo lo que podamos definir como terapéutico (que cada vez más abandonamos en manos de médicos o psicólogos). O las funciones educativas y/o de acompañamiento (cuyo protagonismo está siendo asumido por educadores sociales, enfermeros...). Y  podríamos seguir.

Hemos permitido que el resto de profesiones asuman estos territorios y hemos dejado que sean ellas quienes definan el nuestro, relegándonos a esas funciones burocráticas en las que cada vez somos más prescindibles. No hemos sido capaces de defenderr la transdisciplinariedad y en este mundo neoliberal e individualista, hemos renunciado a nuestro trozo de tarta. Noble sacrificio si no fuera porque la intervención social se ha empobrecido hasta niveles insostenibles.

Progresivamente, he ido perdiendo toda esperanza de que consiguiéramos revertir la situación. E iluso de mí, confiaba que uno de los últimos bastiones era la Universidad. Quería creer que en ella, las nuevas hornadas de profesionales se estaban formando científica y críticamente, y que saldrían al dificil mundo laboral pertrechados con algunas armas para hacer frente al desafío de evitar que desaparezcamos. 

Pero escribo todo esto profundamente entristecido por darme de bruces con la realidad al saber la noticia de que alumnos del Grado de Trabajo Social en Zaragoza se han lanzado a organizar una iniciativa asistencialista confundiendo solidaridad con beneficencia. Os cuelgo la noticia, avergonzado por la imagen que transmite de nuestra profesión.

Creo que como profesión, estamos muertos. Y tal vez, como en la película de Amenabar, estemos en una realidad paralela en la que no nos hemos dado cuenta todavía.




miércoles, 28 de diciembre de 2016

Dolores de mi vida


Excma. Sra. Dña. Dolors Monserrat, 
Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad
   Paseo del Prado, 18
 28014 Madrid


"Estimada ministra:

            Como trabajador social del Sistema Público de Servicios Sociales, siendo usted en estos momentos la máxima representante de dicho sistema, me veo en la obligación de escribirle esta carta para expresarle el profundo malestar que he sentido al escuchar su felicitación navideña.

              Sin duda recordará la conversación telefónica que mantuvo con  mi compañera Belén, otra trabajadora social del sistema, en la que intentaba explicarle lo desafortunadas (cuando menos) de sus declaraciones en dicha felicitación. Como parece ser que no entendió las razones de ello, me he animado a escribirle esta carta confiando en que tal vez por escrito pueda comprenderlo.

             Los deseos navideños que usted ha expresado darían para escribir un libro, pero no quiero hacer muy larga esta misiva. Sólo le diré que son la expresión clara de la ideología y de la estrategia de su gobierno: la sustitución de los servicios sociales públicos basados en derechos y ejercidos por el Estado, por una suerte de beneficencia ejercida por la sociedad civil y basada en la graciabilidad.

             Porque no me parece ni gratuito ni inocente que, con la cantidad de cosas que podía haber planteado en su felicitación navideña, eligiera las palabras con las que arengaba a la sociedad civil a participar en esas campañas de alimentos y de juguetes con las que, según usted, se pone de  manifiesto lo maravillosa y solidaria que es nuestra sociedad con quien lo pasa mal.

              En cualquier caso, he de decirle que considero que su Ministerio no está para realizar estas arengas a la solidaridad ciudadana. Ésta debe expresarse mediante impuestos y su Ministerio (más bien el Gobierno al que pertenece), con los presupuestos procedentes de esos impuestos, debe garantizar el derecho a la alimentación de la población vulnerable y debe proteger a la infancia (también mediante el juego), y no fiar ambas cosas a las tómbolas y entregas aleatorias, injustas y humillantes de esos repartos ciudadanos.

            Y dado que tan amablemente ha tenido a bien felicitarnos, por mi parte creo razonable hacerle una serie de peticiones: consolide usted el maltratado Sistema de Servicios Sociales, dótele presupuestaria, técnica y organizativamente, defina de manera adecuada sus marcos legislativos y sus competencias, presione para que el resto de ministerios y sistemas asuman las suyas... 

              De sobras sé que son peticiones que usted no va a atender, pues ha dejado claro que no cree en ellas. Diferimos tan profundamente en el modo de abordar las situaciones de sufrimiento que no espero que atienda ninguna.

              No me queda más que felicitarle el Año Nuevo y compartir el deseo que, particularmente, voy a hacerle al año que entra: que vd y la ideología que representa desaparezcan cuanto antes de la política social.

               Reciba un cordial saludo

Pedro Celiméndiz Arilla
Trabajador Social
 del Sistema Público de Servicios Sociales"



            

lunes, 19 de diciembre de 2016

La autopista del hambre

La entrada que escribí hace unos días sobre los bancos de alimentos me ha proporcionado bastantes críticas (algunas merecidas, sin duda; otras, quizá no tanto...).  Preparando mi defensa contra esas críticas para que no se crea que soy totalmente insensible hacia el hambre y la miseria que padecen algunos de mis congéneres, me he encontrado con alguna curiosa coincidencia que comparto con vosotros.


Considero que la única manera de solucionar la situación sería instaurar una Renta Básica Universal, que garantizara unos mínimos de supervivencia a toda la población, pero como no creo que vayamos a poder desarrollarla ni a corto  ni a medio plazo, me he lanzado a diseñar (tal vez imaginar) una serie de medidas que, sin ser ideales, me parecen alternativas más dignas, eficaces y adecuadas que esos (mal llamados por otra parte) "bancos de alimentos".

Y pensando en esas alternativas, se me ocurría, entre otras cosas, que algo que tendría muchísimo impacto para solucionar el problema del hambre es garantizar la alimentación adecuada de todos los niños y niñas que se encuentran en familias bajo el umbral de la pobreza mediante la apertura de los comedores escolares todos los días del año y proporcionando al menos un desayuno y una comida diaria.

Dada mi (de)formación profesional, antes de concretar más una medida, realizo una estimación de los costes necesarios. Haciendo cifras gruesas, pongamos que en España hay algo menos de unos 8 millones de niños de niños y niñas menores de 16 años. Considerando que entre un 25 % y un 30 % de ellos se encuentren en situación de pobreza, podemos estimar en unos 2 millones de niños en esta situación.

Considerando un coste medio del menú en estos comedores de 5 € y el desayuno en 2,5 € tenemos que el coste diario para cada niño sería de 7,5 €, es decir, una cantidad de 225 € al mes.

Todo ello nos da que garantizar mediante los comedores escolares un desayuno y una comida adecuada a todos los niños en situación de pobreza supondría un coste de 5.400 millones de euros.

  • -¿Dónde he oído yo esta cifra?, le pregunté a Wang antes de ponerme a calcular otras cuestiones en torno a la medida, que reducirían este coste.
  •  -¿5.000 millones? me contestó. -Las autopistas.
  • -¡Las autopistas!, claro. El rescate del que tanto están hablando estos días...  

Es decir, que atender el hambre infantil costaría tanto como van a costarnos el rescate de la quiebra de las autopistas.
Cuando una viñeta vale más que mil palabras...

Y mientras el neoliberalismo que nos envuelve no tiene ningún pudor en financiar con dinero público esos negocios privados que han quebrado, prefiere que del hambre infantil se encarguen esos bancos de alimentos, con sus operaciones kilo, sus tómbolas benéficas y ese aroma de rancia conmiseración con el que se propugnan como la única alternativa.

Personalmente me niego. A mí se me ocurren unas cuantas medidas alternativas como la que os he expuesto. Y además de calcular los costes, me atrevo incluso con la financiación. Llamadme loco, pero creo que hay que financiarlas vía impuestos, tanto en renta como patrimonio, empresas y sociedades.

Claro que visto lo concienciada que está la ciudadanía con el problema (dado el éxito de esas campañas de alimentos) habría que complementar esos impuestos con algún tipo de asignación voluntaria en las declaraciones de renta, para que esa solidaridad ciudadana pudiera expresarse y que las personas que quisieran colaborar especialmente con el sistema pudiesen hacerlo.


Puestos a ello, analizando lo sensibilizadas que se se muestran las grandes empresas y cadenas de alimentación, habría que ponerles unos impuestos especiales (estos obligatorios), para que tengan la oportunidad de seguir siendo tan solidarios como hasta ahora.

Otro día os hablaré del modo de gestión que considero necesario para estas medidas, en el que considero que el papel de los servicios sociales y del trabajo social sería meramente tangencial. Porque, entre otras cosas, bastante trabajo tendríamos para luchar contra todas las voces que, estoy seguro, se levantarían contra el sistema y acusarían a quienes se beneficiasen de él de ser unos vagos y parásitos que se aprovechan del esfuerzo de todos.

Y os apuesto un tape de boli a que muchas de esas voces saldrían de entre los que ahora se encuentran encantados con los bancos de alimentos.

Y como no podría ser de otra manera, os dejo con AC/DC y su "Autopista al infierno". Que es a donde voy yo derechito, escribiendo estas cosas y metiéndome en estos charcos...





jueves, 8 de diciembre de 2016

A propósito de Nadia

Estos días estamos asistiendo al polémico caso de Nadia, una niña de 10 años que padece una extraña enfermedad y cuyos padres llevan años recaudando fondos a través de la solidaridad ciudadana para poder proporcionarle los tratamientos que necesita.


La polémica se ha desatado cuando se ha comprobado que los padres estaban mintiendo respecto a esos tratamientos y que podrían haber estado cometiendo por tanto una estafa. Con la proliferación que ha habido en estos últimos años de este tipo de casos de niños enfermos y padres desesperados, no era extraño que más tarde que pronto aparecieran noticias de este cariz.

Por mi parte, me abstendré de realizar ningún juicio al respecto. Sabéis que estoy en contra de estas iniciativas y expresiones de la solidaridad ciudadana, modelo al que en alguna ocasión he denominado como "Tapones de plástico y gomas de borrar", y que me parece tan injusto como perverso. 

Pero mi crítica al modelo no presupone ninguna crítica a los participantes del mismo. Respeto profundamente el sufrimiento de esos padres y esos niños, así como la buena voluntad del que solidariamente se lanza, en muchas ocasiones tan generosa como irreflexivamente, a ayudarles.

Mi crítica al modelo ya hace mucho tiempo que la hice, allá por el año 2012, apenas comenzando a escribir en este blog. Ya por aquel entonces reflexionaba sobre este tipo de historias en una entrada que me ha parecido oportuno volver a compartir con vosotros y que os invito a que leáis haciendo click en el siguiente enlace, con el nombre que le puse a la misma:
 

 

lunes, 21 de noviembre de 2016

Hormigas zombi y otras adorables criaturas

Al igual que en primavera se produce la explosión de colores y luces que las flores proporcionan, en invierno y vísperas de Navidad eclosionan también otro tipo de flores: las iniciativas benéfico-asistencialistas, que aunque están presentes todo el año, renacen en estas fechas con un renovado protagonismo.


Vengo reflexionando a menudo en este blog sobre este tipo de iniciativas en el que una entidad privada se dedica a recaudar fondos, bajo diversas formas, con los que atender las necesidades sociales de algún sector desfavorecido de la sociedad.

Hemos hablado de lo ineficaces e inapropiadas que son estas medidas,  y que en el fondo no sirven sino para acallar nuestra conciencia, sentirnos buenos y vivir con la fantasía y con la ilusión de que estamos haciendo algo contra la injusticia, la pobreza o la desigualdad social.

También de lo parecidas en el fondo que son estas iniciativas con muchas de las políticas públicas que se están desarrollando contra la pobreza y la exclusión social y de cómo estas medidas de corte asistencialista se han instalado profundamente en nuestros servicios sociales, a modo de virus tremendamente contagioso que amenaza con fagocitarnos por entero.

Wang me dice que lo que nos está pasando puede ser muy parecido a lo que les pasa a las llamadas "hormigas zombi" cuyo cerebro es invadido por un hongo parásito, que toma el control de su sistema nervioso central y obliga al insecto a trepar, sin quererlo, por el tronco de una planta hasta una de sus hojas. Allí, la hormiga muere invadida por ese hongo que utiliza su cuerpo para esparcir nuevamente sus esporas. Una vez que el hongo invade el cerebro de la hormiga, ésta no tiene ninguna posibilidad de actuar de forma libre, ni posiblemente, tenga conciencia de lo que le está pasando.

Supongo que esas pobres hormigas no se lo preguntarán, pero yo sí estoy hace tiempo preguntándome cómo no hemos acertado con ninguna vacuna para este virus. Por un lado, la presión de la población para que los servicios sociales "hagamos algo" ante las situaciones de sufrimiento que la pobreza causa lleva a muchos de nuestros políticos (y también a muchos técnicos, no nos engañemos) a implementar compulsivamente (sin demasiada reflexión y con urgencia, dos ingredientes del fracaso seguro...) medidas y parches variados.

Medidas y parches que, además de confundir el objeto de los servicios sociales, no consisten en otra cosa que en realizar una exigua transferencia de renta hacia los sectores más pobres de la sociedad, absolutamente ineficaz (además de bastante cara) tanto para solucionar el problema  en términos estructurales como de forma individualizada.

Pero parece que hacemos algo, y así nos quedamos tranquilos. Demasiado parecido a la sensación de dar limosna, como digo.

Y es que los servicios sociales siempre estamos bajo la presión social. Presiones hay de muchos tipos: desde las que dicen que no debemos ayudar a esa "cuadrilla de vagos" que no se esfuerzan lo suficiente, hasta las que defienden que debemos subvenir todas las carencias y necesidades de los "pobrecitos pobres" que acaban de descubrir. Lo más triste es que la presión va en términos de dar o no dar dinero; exigua función la que se nos atribuye.

Creo que no estamos respondiendo de forma adecuada a este tipo de presiones sociales. No estamos oponiéndonos con la fuerza necesaria a esta deriva asistencialista, ni estamos proponiendo contundentes alternativas. Como técnicos, a veces nos refugiamos en que esa presión social (de la ciudadanía y/o de los políticos) es demasiado fuerte. Pero este argumento no me explica en su totalidad lo que nos está pasando.

A veces pienso que a muchos técnicos, en el fondo, nos parecen bien este tipo de iniciativas y, desde un cómodo pragmatismo, creemos que es lo mejor que se puede hacer. Otros no nos sentimos tan cómodos con las mismas, pero no terminamos de ver que merezca la pena o que nos salga rentable oponernos a ellas. 

Por momentos pienso que Wang ha vuelto a acertar con su metáfora. Mientras, por mi parte, últimamente vengo ensayando con algún antídoto. Tal vez os lo cuente otro día. Y como vosotros sin duda también estareís haciendo ensayos, os agradeceré que compartáis vuestros avances con los antídotos en los comentarios.

viernes, 24 de abril de 2015

Crisis sin medida

Wang me señala que ultimamente escribo poco. Tiene razón, ¡y no será por falta de temas!... Lo que ocurre es que unos cuantos asuntos personales y profesionales no me están dejando la suficiente pausa como para reflexionar con la tranquilidad y profundidad que esos temas merecen.



Tal vez sea una sensación equivocada, pero en todos mis años de ejercicio profesional no he presenciado una crisis tan importante como la que creo que estamos atravesando en los Servicios Sociales y en el Trabajo Social. 

Como Sistema Público de Protección Social, los Servicios Sociales están acabados. Por un momento creímos que sería posible convertirnos en tal sistema. Ya no. Son múltiples las razones para ello, desde la idiosincrasia de la sociedad española hasta el devenir histórico que nos ha traído hasta aquí. Lo cierto es que en nuestro país hemos considerado que los Servicios Sociales son algo absolutamente secundario, facilmente prescindible y naturalmente sustituible por una beneficencia que, al fin y al cabo, hace de una manera mucho más eficaz la única función que hemos acertado a definir y defender: dar dinero a los pobres.

Hace unos días leía un artículo en el periódico escrito por un expresidente del gobierno de nuestra comunidad autónoma. Se trataba de un panegírico en el que se dedicaba a glosar y alabar la obra social que realiza una de las principales parroquias de Zaragoza, de la que parece que el articulista es parroquiano. Entre las loas a la abnegada labor del párroco, los parroquianos y voluntarios de la misma, una frase destacaba en el artículo: "La medida de la caridad, decía un santo, es la caridad sin medida".

Más allá de reconocer o no la labor de esta parroquia, el artículo y la frase me parecen todo un símbolo del modelo de acción social por el que hemos optado. Que el artículo lo haya escrito quien tuvo una de las máximas responsabilidades en el gobierno durante los años 90 me parece paradigmático y deja bien claro lo que se pretendía potenciar: la caridad. Caridad sin medida.

Tras la lectura del artículo es fácil colegir que el sistema público de servicios sociales sobra, y que los Centros de Servicios Sociales son facilmente sustituibles por las parroquias.

Pero tampoco quiero hacer de esta reflexión un debate entre la acción social de la Iglesia y la del Sistema Público de Servicios Sociales. Además de que es un debate perdido de antemano, el asunto me parece que va un poco más allá. Tiene que ver con la definición que hemos hecho de nuestro sistema.

Hace también unos días aparecía en los medios la noticia de que una ONG iba a gestionar en Toledo un fondo de ayudas para necesidades básicas, proporcionado por el Ministerio de Servicios Sociales, destinado a trabajar con 35 familias, a las cuales sacar de la situación de riesgo o exclusión en la que se encuentran. Ver noticia aquí.

Lamentablemente, ya nos hemos acostumbrado a noticias como ésta, que en el fondo sólo suponen la privatización encubierta de la función social que en el Sistema Público debiéramos poder realizar. Aceptamos de esta manera la descapitalización de nuestro sistema, que queda reducido a su mínima expresión: la gestión de prestaciones económicas, función que parece que estamos dando por buena y suficiente.

¿Y el Trabajo Social? Creo que se encuentra ante un reto de proporciones épicas. ¿Seremos capaces de rescatar algo entre los escombros del sistema con lo que comenzar a construir una sociedad mejor? Tal vez, aunque de momento me parece que estamos en otras luchas...



miércoles, 14 de enero de 2015

La lógica de la pobreza (y II)

Como continuación de la pasada entrada, os describo lo que yo entiendo por la lógica común que se aplica ante las situaciones de pobreza o necesidad.


https://www.flickr.com/photos/haddhar/4966459819
Es la siguiente. Pongamos por ejemplo una típica situación de necesidad tal y como se están definiendo últimamente: una familia no tiene para pagar la luz. La explicación social que se le da a esa situación está clara: no tienen dinero porque se han quedado en desempleo como consecuencia de la crisis. Y la solución es igualmente obvia: hay que pagar la luz a esta familia. En cuanto a los responsables de pagarla también están claros: la administración pública “más cercana al ciudadano” y los servicios sociales de los que dispone para ello.

Esta lógica común es la que se ha impuesto y por tanto, define claramente lo que los ciudadanos esperan de los servicios sociales. Y los profesionales de estas estructuras la hemos mimetizado, sin conseguir sustituir la misma por una lógica profesional (no diré científica porque suena hasta pedante y al fin y al cabo, no hace falta mucha ciencia para pagar un recibo de la luz, ¿verdad?).

Las razones por las que no hemos conseguido contraponer otro tipo de lógica son muy variadas, pero responden a dos grandes grupos de responsabilidad. La política y la técnica.

En el nivel de la política, habitualmente los responsables políticos de la acción social y los servicios sociales comparten esa lógica común (a veces por convencimiento y a veces por intereses espurios ligados a los votos) y con ella gestionan los servicios. Tan sólo les entra alguna duda al comprobar que manejan presupuestos escasos para abordar según sus paradigmas todas las situaciones de necesidad que se les presentan.

En el nivel técnico encontramos asimismo diversas razones. La presión institucional es sin duda una de ellas, pero también el haber desarrollado durante muchos años una lógica de necesidades y recursos de evidentes resonancias con esa lógica común.

Así, por opción o inadvertidamente, nos encontramos aplicándola a las situaciones que se nos presentan y reduciendo nuestra función a la aplicación de unos baremos que “objetivan” la necesidad, lo cual en la mayoría de las ocasiones tiene una función más policial que otra cosa: comprobar y documentar lo que nos dicen (en nuestro ejemplo que es cierto que la familia está en desempleo y no tiene dinero).

Aplicando esta lógica hemos forzado prestaciones diseñadas para la inserción para utilizarlas como garantía de subsistencia, lo cual ha generado no pocas disfunciones. Enlace. ¿Qué compromisos o contraprestaciones planteamos a quien cuyo único problema es la falta de dinero? Esos compromisos se supone que iban dirigidos a promover la inserción... ¿de quien ya está insertado? Entonces esas contraprestaciones ¿son un castigo, o el pago para poder recibir la prestación?

Creo que falta un debate profundo sobre el modelo, tanto dentro del sistema de servicios sociales como dentro de la profesión del trabajo social.

En la actualidad hay demasiada confusión entre los modelos: renta básica universal, condicionada, rentas mínimas de inserción, subsidios... mezclados por territorios (la falta de una ley general hace que cada cual desarrolle su particular invento) y cruzados por los diversos intereses, percepciones y motivaciones de, al menos, tres niveles: los técnicos, los políticos y los ciudadanos. Añadámosle al tema cuarto y mitad de ideología y una pizca generosa de dispersión entre los diferentes niveles de la administración y tenemos el panorama completo.

De esta confusión, en este panorama, sólo podemos salir fomentando un debate complejo que nos lleve a consensuar el modo de afrontar las situaciones de necesidad dentro del modelo que queremos para el sistema público de servicios sociales. La otra salida es seguir aplicando la lógica común.

No sé si seremos capaces de salir de esta lógica. No sé ni si queremos salir de ella. Pero me parece que si seguimos más tiempo en ella la desaparición del sistema público de servicios sociales está garantizada. Si la lógica común se impone a la profesional, como está sucediendo, las consecuencias están claras: sobran los profesionales.

Y un sistema sin profesionales ya lo hemos conocido. Se llamaba beneficencia y atendía a los pobres. ¿A quién se le pudo ocurrir un día que eso no era suficiente...?

miércoles, 7 de enero de 2015

Empobrecidos (I)


Así estamos los Servicios Sociales. Empobrecidos. Cada vez tenemos menos recursos y desarrollamos menos programas y servicios. Nuestras energías se consumen en una tarea ingente que defiendo que no es de nuestra competencia (al menos exclusiva): garantizar la subsistencia ante las distintas situaciones de pobreza. En ese sentido también estamos los servicios sociales empobrecidos, en el sentido literal de la palabra. Llenos de pobres.


La presión asistencial como consecuencia de la crisis se ha llevado todo por delante. Antes, ante las situaciones de pobreza, defendíamos que lo prioritario era comprenderlas. Era importante, pues además de atenderlas nos parecía que nuestro trabajo era identificar y cambiar las causas que podían haber llevado a esa persona o familia a semejante situación de necesidad. Eso, y garantizar que los escasos recursos de los que solemos disponer fueran bien empleados para las familias que de verdad lo necesitaran.

Nada de eso parece necesario ni posible en estos momentos. Ante la situación de pobreza, lo prioritario (y en muchas ocasiones lo único) es atenderla. Paliarla, parchearla, subvenirla… me da igual la terminología. La pobreza se soluciona con dinero y las ayudas sociales son eso, dinero. Estamos por tanto impelidos y lanzados a la tramitación de diferentes prestaciones económicas que palíen estas situaciones de pobreza y garanticen unos mínimos de subsistencia.

Antes hablábamos de inclusión social y lucha contra la pobreza como una de las funciones (una más) de los servicios sociales. Ya no hablamos de eso. Ahora hablamos de atender económicamente las situaciones de necesidad que se nos presentan y en eso se ha convertido nuestra prioritaria (y única, en muchos casos) función.

Ya no se hacen diagnósticos. Se aplican baremos. En el fondo… ¿para qué se necesita un diagnóstico cuando todos sabemos que la crisis económica es la causa de las situaciones de pobreza?

Paralelamente, se ha producido un fuerte fenómeno de delegación. Si hay situaciones de pobreza es porque los servicios sociales son ineficientes e ineficaces. Las situaciones de pobreza se crean por la crisis, se detectan en los diversos sistemas de protección social y los servicios sociales son los encargados de solucionarlas. Uno de los corolarios que hemos definido en esta dialéctica de delegación, mediante el cual la aceptamos, es que los servicios sociales deberíamos tener más prestaciones económicas para atender eficazmente las situaciones de pobreza. Desde este fenómeno de delegación interpreto episodios de ataques a profesionales o a centros de servicios sociales como el que conocimos en Barcelona hace unos meses.  Enlace.

Otro fenómeno que vengo observando es el de la desresponsabilización. Las causas de la pobreza, o de una situación de necesidad, son universalmente atribuidas a las condiciones estructurales de la crisis. Nada de lo que le sucede a una familia es consecuencia de sus actitudes, de su historia o de sus actuaciones. La atribución es externa. Por tanto, “si no es mi responsabilidad lo que me sucede, no hay nada tampoco que yo pueda hacer”.

Ambos fenómenos, junto al deterioro objetivo de la situación económica de las familias durante la crisis, hace que la presión asistencial en los servicios sociales sea insostenible. Y así se cierra el círculo: no tenemos tiempo para pensar, diagnosticar o acompañar. Bastante tenemos con tramitar y derivar.

En estos momentos siento que no hay más realidad que ésta. Nos estamos convirtiendo (si alguna vez fuimos otra cosa se nos escapó entre los dedos) en el sistema de los pobres. Tal vez hayamos sido demasiado ambiciosos o ingenuos cuando intentábamos diseñar servicios sociales bajo el principio de la universalidad. ¿O es que a los servicios sociales va alguien más que los pobres? Tal vez algún confundido o despistado para el que cada vez tenemos menos que ofrecer.

Creo que esta deriva de los servicios sociales hacia estas formas de organización y hacia estas funciones exclusivamente asistencialistas es algo imparable, porque responde a condicionamientos, en última instancia, culturales.

Es algo que en otros dispositivos del sistema también ha ocurrido. Por ejemplo, hemos convertido las residencias de ancianos en prácticamente hospitales de asistencia paliativa al exigir un elevado nivel de dependencia con gran deterioro físico o psicológico para el acceso a las plazas públicas.

Y también ha ocurrido, antes, en otros sistemas y con otras situaciones. Por ejemplo, antes se definía la situación de drogodependencia o toxicomanía de alguien como algo prioritariamente conductual. Poco a poco, otros paradigmas se fueron imponiendo y ahora se define la drogodependencia como una enfermedad. Y se trata, obviamente, con la lógica de asistencia médica. Que en muchas ocasiones se reduce (por presiones parecidas a las que venimos nombrando) a un tratamiento farmacológico.

En el fondo, todo responde al paradigma de lo simple. Un diagnóstico sencillo sobre unas situaciones complejas que identifique la causa del problema y aplique el remedio más rápido. Nada que objetar, si no fuese porque las situaciones complejas (y una situación de pobreza, por más que se quiera simplificar, querámoslo o no es algo muy complejo) requieren de soluciones complejas.

Pero aquí también hemos perdido la batalla. La sociedad define las situaciones de pobreza como algo bastante simple, para lo cual no se requiere de ningún diagnóstico complejo. Del mismo modo que las soluciones. Se trata de lo que yo denomino como lógica común, que describiré en la próxima entrada.


lunes, 15 de septiembre de 2014

Tapones de plástico y gomas de borrar


Cuanto más nos adentramos en la difícil situación socio-económica que nos ha dejado la crisis, más proliferan las iniciativas que apelan a la solidaridad ciudadana para resolver las necesidades de alguna persona o colectivo que precisa de ayuda. Viejas formas de acción social que ¿han vuelto para quedarse?



Septiembre. Tras el verano comienza el curso escolar y todo vuelve a la rutina pos-vacacional. Y con la rutina, la explosión de iniciativas solidarias para atender tal o cual necesidad.

En este blog venimos hablando con frecuencia de este fenómeno. A quien le interese el tema puede consultar mis entradas: “De la ciencia a la caridad” o “La epidemia de la caridad”. También os recomiendo “Beneficencia”   en la que hablo de la regresión que han experimentado las políticas sociales en la administración pública.

A cualquier observador interesado no le pasará inadvertido que no hay un solo día en el que no aparezca una noticia de este tipo. Antes fueron las campañas de alimentos. Ahora es la época del material escolar. Asociaciones, entidades, ayuntamientos, grupos de vecinos… todos lanzados compulsivamente a la recogida y reparto de material escolar para los niños cuyas familias tienen dificultades para pagarlos.

Y por supuesto, todo sumido en la mayor descoordinación. Por momentos pareciera que interesa más el protagonismo de la entidad que promueve la iniciativa (enrollada, sensible y solidaria como ella sola) que la verdadera resolución de la problemática o la eficacia última de la actuación.

  • ¿Análisis previo de las necesidades? -¿Para qué? Cada entidad conoce alguna familia necesitada. Eso basta para saber que existe el problema.

  • ¿Evaluación del impacto, o los resultados? -¡Oiga!, que bastante tenemos con el reparto.
  • ¿Coordinación de entidades? -¿Qué pretenden, controlar nuestra labor?

Ante semejante fenómeno creo que los servicios sociales deberíamos poner algo de cordura. La ineficacia de muchas de esas actuaciones, la estigmatización que producen, el despilfarro de recursos que debieran ser utilizados de otra manera… requieren que denunciemos muchas de estas actuaciones y que propongamos cambios sustanciales en el desarrollo de otras tantas.

Tarea ingente para la que no estamos legitimados en el contexto actual. El modelo que se propone por parte del Estado es precisamente potenciar este tipo de actuaciones y nuestra Sociedad tiene un claro déficit histórico con respecto a la herencia benéfico-asistencial que a duras penas se empezaba a superar en las últimas décadas.

Los servicios sociales quedamos así atrapados. Por un lado, por un Estado que no reconoce derechos sociales y que considera que debe dejar en manos de la sociedad y de la iniciativa privada la satisfacción de las necesidades de la gente; por el otro, por una Sociedad que legitima, aplaude y pone como ejemplo estas formas solidarias de ocuparse de las mismas.

Lo mismo sucede con otra de las iniciativas que más desasosiego me causan: las recogidas de tapones para pagar los tratamientos médicos de niños enfermos. Cada vez que conozco un caso de éstos me da una punzada el estómago. ¿Cómo puede condenarse a una familia al oprobio de esta nueva mendicidad para que su hijo reciba un tratamiento médico? ¿Cuánto hay de anhelos, engaños y de vagas esperanzas? ¿Dónde queda la denuncia, concreta y constante, de los responsables de que esos niños no reciban en su entorno y junto a los suyos los tratamientos necesarios?

Por momentos siento que hemos perdido la batalla. Todo esto ha vuelto (nunca conseguimos que se fuera del todo) para quedarse.

Bienvenidos al Siglo XIX. Aplaudamos el nuevo altruismo y la filantropía de los tapones de plástico y las gomas de borrar.

Es lo único que nos va a quedar.