Las formas benefico-asistenciales de la acción social están tomando un auge inusitado. Era de esperar. Lo que antes eran iniciativas esporádicas se han generalizado y ahora se impone apelar a la solidaridad de tus semejantes para resolver tus necesidades. Es la nueva y moderna mendicidad.
Las formas han cambiado, pero el contenido es el mismo. Desde la Campaña del régimen franquista en los años 50 "Siente un pobre a su mesa" hasta la proliferación actual de iniciativas solidarias que pueblan nuestro territorio y se difunden y reflejan por las redes sociales, no hay más diferencias que las meramente estéticas. En cuanto a la ética que subyace, sigue siendo la misma: es en la compasión y en la caridad donde se debe sostener la protección social de los débiles.
Naturalmente, es el modelo apropiado al sistema económico que hemos desarrollado. El ejercicio de dichas formas caritativas sirve para lavar las conciencias y legitimar las desigualdades. El otro camino es incrementar los derechos sociales y la protección del Estado, pero eso es incompatible con la acumulación de riqueza por parte de los poderosos.
Ello explica esta epidemia de caridad a la que estamos asistiendo. Es el modelo que nos han impuesto. La mayor prueba de ello es que desde la televisión pública se promueva el bochornoso espectáculo de la caridad que supone el programa "Entre todos", al que de manera ciertamente adecuada define nuestro compañero J. Manuel Navarro como "Telemendicidad"
Una vez institucionalizado, sólo queda ver cómo lo desarrolla la sociedad. Y, como digo, asistimos a una verdadera explosión de actividades solidarias. Las más se refugian en un argumento pragmático: "si no lo hacemos así, la necesidad X (póngase aquí desde la silla de ruedas de un niño discapacitado hasta las necesidades de alimentación de las familias desfavorecidas de un barrio) quedaría sin cubrir". Otras lo plantean como elección: "El Estado no puede cubrir todas las necesidades de la gente, por eso es importante la solidaridad ciudadana". Y algunas, pocas, compatibilizan sus actuaciones con un ejercicio de denuncia: "Tenemos que hacerlo nosotros porque el Estado, que debería ocuparse, no lo hace".
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Cuidado, no se me malinterprete. Yo creo que la solidaridad ciudadana es importante para resolver los problemas sociales y que tampoco el Estado debe cubrir todos y cada uno de los aspectos de la convivencia social. Pero sólo con otras reglas del juego, donde el Estado garantice unos derechos y asuma su responsabilidad básica en mantenerlos y donde esa solidaridad ciudadana pueda complementar (y nunca sustituir) la acción del primero.
En lo que no creo, y me resultan cada vez más difíciles de sobrellevar, son estas iniciativas donde una familia golpeada por un problema apela a la solidaridad de sus vecinos para solucionarlo. Veo con preocupación como cada vez más aparecen "campañas solidarias" en las que la familia de un niño con una enfermedad o discapacidad se lanza a recaudar fondos para poder pagar los tratamientos, terapias o ayudas que ese niño necesita.
Algo funciona mal cuando a una familia dolorida por un problema la condenamos además al escarnio público de tener que mendigar para sacar ese problema adelante.
Ya no es el pobre con harapos que no tiene que comer; es el niño discapacitado que necesita tratamiento. Ya no es la mesa de Navidad a la que le invitamos; es en las redes sociales donde lo exponemos. Y ya no es comida lo que le damos (o sí); son las terapias y tratamientos que el sistema de protección social le ha negado.
Pero si no es lo mismo, se parecen demasiado.








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