viernes, 9 de septiembre de 2016

El corral


Wang acaba de volver de China. El otro día le acompañé a realizar unas gestiones sobre su permiso de residencia y sorprendido, se paró ante un cartel que ponía "Departamento de derechos sociales". Comparando con su país, le extrañaba la frecuencia con la que aquí se habla de derechos sociales. Así que me preguntó qué entendíamos nosotros por esa terminología. 



Efectivamente, es una terminología muy en boga. Tanto, que  está progresivamente desplazando a otras que ahora son denostadas y que se referían por ejemplo a prestaciones, recursos y servicios sociales (antigüedades varias, vaya...). Así que, ante las dificultades de explicar con claridad a mi amigo que són eso de los derechos sociales, decidí recurrir a una imagen de mi infancia para hacerlo.

“Una casa de pueblo. Detrás de ella, un corral cercado por varias verjas. Mi tía abuela (una mujer vestida siempre de negro y una sempiterna sonrisa en el rostro) entrando en ese corral con un cubo en la mano izquierda.

El cubo estaba lleno de semillas de maiz y granos de trigo y una vez en el corral la mujer hundía su mano derecha en el cubo. Con un movimiento circular, esparcía un gran puñado de granos al aire, que por un momento quedaban suspendidos en el mismo, como si fuesen una nube amarilla, antes de caer al suelo.

     Justo en ese momento, un enjambre de gallinas salían (no se sabía muy bien de dónde) y comenzaban a picotear esos granos en el suelo, mientras mi tía abuela seguía lanzando nuevos puñados.
   
     Las gallinas, alborozadas y empujándose unas a otras (en régimen de concurrencia competitiva, lo llamaríamos ahora) picoteaban con fuerza el suelo, intentando tragar con rapidez la mayor cantidad posible de granos.
 
     Yo solía presenciar la escena con una mezcla de interés y nerviosismo. Había algo de hipnótico en el picotear de esas gallinas, arrebatándose los granos unas a otras y corriendo de un lado a otro del corral, siguiendo los regueros que los puñados lanzados creaban.

     Había gallinas fuertes y poderosas que conseguían ocupar un buen espacio y se daban un buen atracón de comida. Otras, corriendo nerviosas en zigzag, tan apenas acertaban a picotear algún grano de vez en cuando. Algunas tenían suerte y los granos caían justo donde estaban ellas. Otras cuando llegaban a los granos tenían que conformarse con las sobras que habían dejado las demás.

     Cuando el cubo se acababa y los puñados cesaban, el corral volvía a una extraña quietud y poco a poco, como canicas rebotando en una caja, las gallinas iban moviéndose más lentamente hasta que se quedaban quietas, cada una en su lugar.”


     Cada vez que oigo hablar del enfoque de derechos sociales, no puedo evitar rememorar esa imagen. He tenido la oportunidad de presenciar la política social que se ha ejecutado en nuestro país desde diferentes posiciones ideológicas y creo que todas, sin excepción, responden a este modelo.

     No salgo de mi asombro cuando contemplo la cantidad de convocatorias de ayudas, subvenciones y prestaciones que se lanzan al aire sin orden ni concierto, condenando a que las gallinas se espabilen y estén prestas a hacerse con los granos.

     Unas veces el cubo está más o menos lleno que otras, pues es en lo que suelen diferir principalmente las ideologías. Bueno, en eso y en el portador del cubo. Unas piensan que debe ser el dueño del corral (llamémosle la iniciativa pública) y otras que debe ser gente de fuera quien lo aporte (llamémosle iniciativa privada).

     Y sin cuestionar el modelo, nos hemos puesto de acuerdo en denominar algunas cosas:

     Si es la iniciativa privada la que porta el cubo y los granos son escasos lo llamaremos caridad o solidaridad. Si es la iniciativa pública y el cubo está medio lleno (el número de gallinas es irrelevante) lo llamaremos derechos sociales. Y entre medio, distintas combinaciones en función de la pericia (o malicia) de quien lanza los granos para llegar mejor a unas gallinas que a otras (a las más débiles, a las más rollizas, a las que mejores huevos pongan…).

     Nunca me terminó de gustar en mi infancia la imagen de las gallinas. Y cada vez que oigo hablar a nuestros gobernantes de derechos sociales y veo como los desarrollan entiendo mejor por qué.

martes, 6 de septiembre de 2016

Hola otra vez



Retomo hoy de nuevo el rumbo de este blog. Desde mi última entrada, allá por el mes de febrero, han pasado más de seis meses. Tras estos meses siguen en pie muchas de las sensaciones con las que me despedía, en especial el desánimo sobre la realidad y los derroteros por los que discurren tanto el trabajo social como los servicios sociales.

 

Pero he podido descansar un poco del quehacer bloguero y siento que es hora de comenzar otra nueva etapa. Le he dado varias vueltas al proyecto y he decidido que voy a continuar con el mismo formato. Principalmente porque le he cogido cariño y también porque los objetivos de este blog son bastante humildes.

Como escribí en su día para la presentación de este blog, allá por sus inicios hace casi cinco años, escribo principalmente para mí mismo, respondiendo a mi necesidad de expresar y compartir lo que pienso y siento en mi quehacer profesional. Escribir es una de las cosas que me ayuda con el desánimo que os comentaba al principio y con la dureza que muchas veces tiene nuestro trabajo.

No estoy interesado en llegar a un gran número de personas (sería iluso pensarlo por mi parte, y dada además la temática que tratamos), ni posicionarme como referencia de nada. Me siento mucho más que satisfecho con la cantidad de amig@s y compañer@s, (muchos de la profesión y algunos de fuera de ella), a los que les interesa lo que escribo, lo comparten, difunden y me ayudan con sus comentarios a seguir reflexionando y escribiendo. Gracias a todos y cuento con vosotros en esta nueva etapa.

Como no podía ser de otra manera, aunque no he publicado he seguido escribiendo durante estos meses, así que os amenazo con que tengo varias entradas preparadas a las que iré dando salida durante las próximas semanas. Veremos la periodicidad en función de los feed-backs que vayan teniendo. Tras ellas la intención es mantener al menos una entrada mensual. Veremos.

La temática seguirá siendo la misma: resumidamente, todo lo relacionado con la política social, desde diferentes ópticas y niveles.

¡Ah! Casi se me olvida… Wang ha vuelto de nuevo a vivir conmigo. Ha regresado de China tan lúcido, inocente y cascarrabias como siempre. Ya os contaré sus andanzas de vez en cuando.

Un abrazo a tod@s.

* * * 

P.D. Mientras estaba escribiendo esta entrada y resolviendo mis dudas sobre retomar o no el blog, me llegó la propuesta que nos hacía el compañero Rafa sobre una publicación conjunta de la Blogotsfera. Su propuesta me ha llevado a revisar mis entradas y los comentarios y aportaciones que muchas personas habéis ido haciendo a las mismas, tanto en el blog como en las redes sociales. Todo ello me ha animado a continuar con el blog, así que os comunico que, aunque la responsabilidad es mía, vosotros tenéis en gran parte la culpa de que vuelva.

Aprovecho para poneros los enlaces a las entradas que he seleccionado para esa publicación, que básicamente son las que más impacto tuvieron en su día. Son las siguientes:





lunes, 29 de febrero de 2016

Ciclos

Hace unos días corrí el Maratón de Sevilla. Era la tercera vez que corría esa mítica distancia y he decidido que con él cierro un ciclo, aunque nunca se sabe...


Porque en principio, no llevo intención de prepararme ninguna maratón más. El deporte me ayuda a mantener mi bienestar físico y mental e inscribirse en este tipo de carreras forma parte de una suerte de retos y objetivos que te vas marcando para motivarte a entrenar.

Por esa razón, junto con un compañero, decidimos prepararnos para correr  en Sevilla. Ha sido muy duro el entrenamiento, con muchos meses y kilómetros de preparación. Ha habido que superar bastante dolor, con un par de inoportunas lesiones que ponían en riesgo conseguir el objetivo. Y durante la carrera, y previo a ella, las dudas de si serás capaz o no de terminar.

Todo ello lo das por bien empleado cuando llegas a la meta, entre lágrimas de emoción y con la mente puesta en todas las personas que te han ayudado a conseguir tu reto. Entonces piensas que ha merecido la pena y te quedas con todo lo positivo de los entrenamientos y de la carrera.

Las emociones que sientes son dificilmente transmisibles. Sólo se pueden comprender si se han vivido y son las que compensan la dureza de preparar y correr esos cuarenta y dos kilómentros y pico.

Pero una vez terminada, creo que es el momento de olvidar esa distancia. Bajar el ritmo y seguir haciendo deporte con distancias menores, donde no hay tanta emoción pero tampoco tanto sufrimiento.

¿Que por qué os cuento todo esto?, os preguntaréis, tratándose de un blog dedicado al trabajo social y los servicios sociales.

Pues porque creo que también ha llegado el momento de cerrar un ciclo en este blog. Después de casi cuatro años escribiendo sobre trabajo social y otras cuestiones relacionadas es el momento de tomarnos un descanso, al menos temporal.

Las sensaciones son parecidas a las que tengo respecto al maratón. Al igual que la dureza y el sufrimiento durante la preparación hacen que me plantee por el momento no volver a correr otra, el desánimo respecto a los caminos actuales que han tomado el trabajo social y los servicios sociales hacen que encuentre cada vez menos motivos para escribir sobre los temas que nos acontecen.

Del mismo modo que no me merece la pena preparar una distancia tan larga, cada vez me resulta más dificil encontrarle utilidad a esta tarea de escribir en el blog.

Creo que es mejor tomar un poco de aire, cerrar esta ventana por un tiempo y cuando me note con el impulso suficiente, volver de nuevo a escribir, bien en este blog o dentro de un nuevo proyecto. El tiempo lo dirá.

Así que,  por el momento, Wang se marcha a China y yo me quedo por aquí corriendo distancias menores y disfrutando de ellas. En este sentido, durante un tiempo, mantendremos la página de Facebook abierta para compartir enlaces y pequeñas reflexiones.

Gracias a todos los que habéis dedicado algo de vuestro precioso tiempo a leer y comentar nuestras entradas. Ha sido todo un privilegio.

Nos volveremos a encontrar, seguro. Dentro de unos meses, al año que viene.... Porque al igual que en la Maratón... nunca se sabe.

domingo, 17 de enero de 2016

Gestos confusos

Mientras esperamos que del complicado puzzle político que se ha configurado tras las elecciones salga un gobierno que afronte los graves problemas de este país (aunque perdida toda esperanza de que las cosas en lo social mejoren significativamente esta legislatura), estamos presenciando una serie de gestos que parecen estar sustituyendo, al menos temporariamente, las medidas concretas.


Y pocas veces un gesto ha tenido tanta repercusión mediática como el que de esa nueva congresista llevándose a su hijo a la sesión constituyente de las Cortes. Enlace. De forma inmediata  surgieron voces criticando la decisión de la diputada y acusándola de hacer demagogia, pues el Congreso dispone de guardería y desde la privilegiada posición que ocupa esta madre tenía múltiples alternativas que hacían innecesaria la presencia de su hijo junto a ella en el escaño. 

Al mismo tiempo se emitían encendidas defensas de este gesto, reclamando el derecho de las madres a criar a sus hijos como consideren oportuno y reivindicando la compatibilidad de esa crianza con el ejercicio de sus profesiones en el entorno laboral. Además, se ha interpretado el gesto como una defensa de la crianza a través de una especie de maternidad "full-time", que defiende que la madre no se separe nunca del bebé en los primeros meses o años de su vida e incorporando la lactancia regulada a demanda del lactante y el colecho como la mejor forma de criar al niño.

Por mi parte, no me ha quedado claro qué pretendía con este gesto esta madre-diputada. Si reinvindicar derechos laborales, estilos de crianza como el descrito, ambas cosas a la vez, o ninguna de ellas. No se si el gesto era simplemente consecuencia de la situación de esta madre, que ha decidido ir siempre con su hijo a todas partes, o respondía a un propósito táctico y reivindicativo, pues ambos argumentos se han dado para explicarlo.

Por mi parte, respeto cualquier gesto con el que una mujer decida reclamar derechos sociales o laborales, aunque viniendo de una diputada espero más medidas concretas que gestos. En cualquier caso me parece legítimo que denuncie con su gesto (si eso era lo que pretendía) la situación de las mujeres en nuestro país, con una política familiar practicamente inexistente y que ha decidido que la carga de los cuidados de los niños, de los ancianos o de las personas en situación de dependencia, recaiga exclusivamente en los hombros de las familias y, dentro de ellas, en los de las mujeres.

Espero de esta diputada que proponga medidas legislativas que permitan una verdadera conciliación de la vida familiar y laboral que permita que cualquier familia o mujer pueda decidir el estilo de crianza para sus bebés. Desde aquellas que decidan tener a su hijo las veinticuatro horas del día con ellas hasta las que opten por utilizar guarderías u otros apoyos para la crianza desde los primeros momentos. Para que ni la maternidad ni el desarrollo profesional supongan un problema para la mujer, ni de manera conjunta ni por separado.

Entornos profesionales y legislación laboral que favorezca la cercanía de los bebés junto a sus madres y también con sus padres. Escuelas infantiles públicas y gratuitas desde el nacimiento. Apoyos económicos y técnicos para las familias que decidan cuidar a sus personas dependientes. Centros y recursos externos para aquellas familias que decidan no hacerlo.

Ojalá fuera todo ello lo que pretendiera la diputada. Pero mucho más allá de lo que pretendiera, (cada cuál sabrá lo que defiende y por qué lo hace), y pareciéndome legítimo tanto el gesto como las hipotéticas reivindicaciones, hay algo que no comparto.

Se trata de la presencia del bebé. Si como parece el gesto tenía un propósito táctico, a mí el bebé me sobra en la escena. Todas y cada una de las reivindicaciones que he descrito podían haberse hecho de igual manera sin él.

Creo, sinceramente, que hay otras formas de poner estos temas en el debate social y político y otras estrategias para conseguir los necesarios cambios sociales sin tener que utilizar a un niño para llamar la atención sobre el problema.