martes, 4 de febrero de 2020

Joker

No, no voy a hablar de la famosa película tan de moda últimamente. Voy a hablar del modelo de política y protección social al hilo de algunas reflexiones y diálogos que hemos tenido en otros foros donde me resulta complicado argumentar y profundizar.

 
Partimos de que, a mi juicio, el modelo actual de política social en España está muy consolidado. Se caracteriza por: 
               un par de sistemas públicos de protección social bastante definidos y universalizados (Educación y Sanidad), lo cual por otra parte no les hace inmunes a los problemas 
              una política para garantizar la subsistencia material fragmentada entre el Sistema de Pensiones o Seguridad Social, el Sistema de Empleo y el Sistema de Servicios Sociales 
              unos sistemas de empleo y de vivienda no universalizados y que no garantizan los bienes que debieran proteger 
              una presencia del Sistema de Servicios Sociales como residual, fundamentalmente ocupado en atender las carencias de los demás sistemas
Este modelo apenas está en cuestión. Hoy, no forma parte del debate político ni ciudadano. Apenas se encuentra en ámbitos académicos y tan sólo hay algunas posturas críticas (lejos de ser mayoritarias), en algunos niveles técnicos.

En ese sentido podríamos decir que es una elección bastante estable y que, en cierto modo, hay cierto grado de satisfacción con ella. No se atisban reformas legislativas de calado en el “status quo” conseguido y a nivel organizativo y estructural nadie propone cambios profundos.

Sobre las repercusiones en el Sistema de Servicios Sociales, hemos hablado reiteradamente de ellas. Fundamentalmente ese papel residual (o de última red) está impidiendo que se desarrollen otras funciones más allá de las asistenciales y que tienen que ver con toda una pléyade de cuestiones relacionales y convivenciales a las que apenas se está dando una respuesta coherente y estructurada. Lo cual tampoco parece importar demasiado a nadie, por otra parte, más allá de algunas respuestas reactivas a alguna problemática “emergente”.

Al mismo tiempo, la carta del comodín que supone que los Servicios Sociales se responsabilicen al final de los problemas permite que en el juego de la política social se hagan trampas y se diga que están garantizados una serie de derechos cuando en realidad no lo están. No pueden estarlo si el resto de sistemas (en sus niveles políticos, organizativos y técnicos) no asumen la responsabilidad y se permiten dejar de atender personas y situaciones en la confianza de que ya lo hará esa última red. O lo que es más grave, definiendo que esa es principalmente su función.

Así, es innegable la ventaja de tener una red de servicios sociales con este encargo asistencial y residual. De la misma manera que es muy ventajoso mantener esa red con un componente importante de confusión e indefinición. Si se define se delimita y poner límites implica asumir que hay que cambiar prioridades y funciones, tanto en un sistema como en los restantes. Por eso es mejor no definir y tener un sistema que pueda encargarse de todo, aunque sea de cualquier manera, aunque suponga sobrecargar sus estructuras y profesionales.

Por eso opino que las cosas no van a cambiar sustancialmente. Es el sistema que hemos elegido para la protección social en España y hay demasiados actores que, dadas sus innegables ventajas, piensan que es el mejor de los sistemas posibles. 
En el fondo todos sabemos que para hacer trampas es mejor tener un joker.



viernes, 17 de enero de 2020

Una apresurada autopsia o reflexiones tras un funeral


Wang y yo acabamos de volver del funeral de nuestro querido Sistema Público de Servicios Sociales, el cual, como habéis podido leer en mi última entrada, falleció hace sólo unos días. Os resumo algunos de los comentarios y conversaciones que circulaban entre las pocas personas que acudimos al acto.


La autopsia (1890) de Enrique Simonet
Si tuviera que elegir una fecha de nacimiento para el Sistema de Servicios Sociales, ésta sería la de la publicación de la Ley 7/1985, de 2 de abril, Reguladora de las Bases del Régimen Local, que determinaba a las corporaciones locales como las competentes en cuanto a la prestación de servicios sociales.

Sé que hubo cosas antes y después, pero esta norma me parece la de más rango de entre todas aquellas que sentaron las bases de una estructuración del sistema a lo largo de todo el estado y que sirvió para que en 1988 pudiesen firmarse los Convenios con las Comunidades Autónomas que darían contenido al Plan Concertado, con el cual el Sistema comenzaría a dar sus primeros pasos firmes. 

Así que ya tenemos las fechas en las que vivió el Sistema. Desde la fecha de la publicación de la Ley 7/1985, el 23 de abril de 1985, hasta la fecha de publicación del Decreto que estructura los departamentos ministeriales del Gobierno de la XIV legislatura de España, el 12 de enero de 2020, auténtico Certificado de Defunción del Sistema. 

Si no me fallan las cuentas 34 años y 8 meses. Murió bastante joven nuestro Sistema Público de Servicios Sociales, pero es que andaba muy malito desde hace ya bastantes años.

Acordes a los tiempos neoliberales que nos envuelven y en la época postmoderna en que vivimos, lo que sustituirá a nuestro Sistema serán toda una serie de iniciativas y actuaciones descoordinadas y parciales que, aunque se quieran adornar con diferentes grados de planificación tendrán más de reactivo que otra cosa.

Será (lo que va a sustituir al anterior sistema) algo más acorde con estos tiempos modernos y líquidos, en terminología de Bauman. Algo sin estructuras sólidas, flexible, cambiante y etéreo, provisional y en último término incapaz de modificar profundamente las cosas.

Es la misma enfermedad de la que murió el Sistema. Incapaz de adaptarse a estos nuevos tiempos, con sus estructuras anquilosadas, pensando que durarían para siempre. Intentaba construir su solidez en un mundo que ya se ha vuelto fugaz y llegó un momento en que no pudo sostenerse más.

Pobre… Incluso murió reclamando una Ley General de Servicios Sociales, que le ayudara a encontrar un espacio propio y seguro. No comprendió que hoy el mundo está lleno de sinergias y confluencias que no es necesario regular demasiado, pues pierden la espontaneidad y las oportunidades.

En sus últimos delirios estaba preocupado por cosas tan anticuadas como ratios de personal, equipamientos físicos, equipos encargados de desarrollar planes, programas y prestaciones. Reclamaba aclarar funciones profesionales, relaciones entre sistemas… Todo un disparate, seguramente motivado por la fiebre.

Llegó incluso a manifestar que debería desarrollar sus funciones mediante gestión pública y directa. ¡Fijaos si estaba mal! ¡Pensar eso en estos tiempos!

Luego, claro, no se cuidó demasiado. Es algo que le ocurre frecuentemente a los que se ocupan de cuidar a los demás. Que se descuidan. Nadie se ocupó de él, además. Cada vez se le exigían más funciones, se le encargaban más tareas, se le obligaba a desarrollarlas en cada vez peor condiciones normativas y organizativas. Y se le exigía que recogiese los deshechos que otros expulsaban, incluso que se ocupase de su adecuado tratamiento.

Todo eso tampoco ayudó.

Y llegó su final. Su funeral no ha sido muy numeroso. En el fondo, se había hecho tan prescindible que poca gente lo echará en falta.

Descanse en paz.