miércoles, 18 de marzo de 2015

Dignidad... ¿qué dignidad?



Ayer se celebró el Día Mundial del Trabajo Social, que se conmemora todos los años el tercer martes del mes de marzo. Tuve la oportunidad de participar en la celebración que organizó el Colegio Profesional de Trabajadores Sociales de Aragón. El lema del día tenía una palabra clave: DIGNIDAD, y la verdad es que estuve durante todo el acto con el estómago removido. Os voy a contar por qué.


No, no tuvo nada que ver con la celebración. El acto estuvo muy bien organizado por el Colegio, al que aprovecho para felicitar desde aquí y en especial a su presidente, Javier, por todo el trabajo que están realizando él y el resto de miembros de la Junta para dignificar y potenciar nuestra profesión. Son tiempos oscuros para las organizaciones formales y creo que hay que darle el valor que tiene el trabajo que realizan. Aquí dejo pues mi reconocimiento.

Mi sensación de inquietud y desasosiego tuvo su origen unas horas antes del acto, en el desempeño de mi trabajo por la mañana. A unas compañeras y a mí nos tocó asistir a un juicio donde estábamos citados como peritos, al haber asistido durante meses a una víctima de violencia contra la mujer.

Esta mujer, tras varios años sometida a un maltrato psicológico que la había anulado como persona y afectado gravemente a su salud, había conseguido deshacerse de esa nociva relación y, con el apoyo de diversas instituciones y profesionales afrontarla de una manera adecuada, entre ellas presentando una denuncia por las agresiones que sufría.

A partir de ese momento, como ocurre con muchas de las víctimas de violencia, de cualquier tipo de violencia, comenzó la particular carrera de obstáculos en la que nuestra sociedad ha convertido la lucha de estas víctimas para recuperar su dignidad.

Carrera de obstáculos que culminaba ayer en el juicio al que me refería. Un auténtico esperpento donde más que defendida fue nuevamente agredida. Una re-victimización cruel que presenciamos con una mezcla de asco, incredulidad e impotencia.

No es la primera vez que lo presenciaba. Formalmente nuestra sociedad tiene mecanismos para proteger a las víctimas y a los débiles. En la práctica, sus derechos son vulnerados sistemáticamente. Los ricos y poderosos triunfan siempre. Los pobres y débiles sólo pueden esperar caridad y unas migajas de justicia.

Hemos construido una sociedad donde las victimas de violencia no son defendidas, donde los que carecen de recursos se ven obligados a ejercer la mendicidad institucional en la que hemos convertido el sistema de servicios sociales, donde las personas no valen nada y se les puede arrebatar todo.

Os confieso que tras presenciar cómo a la mujer que acompañábamos por la mañana le era pisoteada de esa manera su dignidad, me costó mucho por la tarde reflexionar sobre ese concepto en el acto del Colegio.

Jorge Barudy es uno de los autores que plantean que las situaciones de violencia no se dan sólo entre agresores y agredidos. Para que se produzcan es necesario un tercer actor: los consentidores. Instigadores, ideólogos, cómplices… pero también los pasivos, los indiferentes, los que no quieren saber o los que, sabiéndolo, no hacen nada para oponerse a estas situaciones y/o tratar de contribuir a crear las condiciones para un cambio.

Creo que es un concepto que puede trasladarse de las situaciones de violencia a cualquier otra situación de injusticia, desigualdad o aquellas donde los derechos humanos y sociales son vilipendiados.

Por eso me parecen más necesarias que nunca iniciativas como el Espacio de Derechos Sociales, plataforma constituida en Aragón para defender los derechos sociales en servicios sociales y donde un grupo de personas y profesionales intentan no formar parte de ese tercer actor al que me refiero. Vaya también mi reconocimiento para este espacio y en especial para todos los trabajadores sociales que lo están apoyando, entre los cuales voy a mencionar a Rosa, siempre en la brecha y en la lucha.

Este Espacio de Derechos Sociales terminó el acto organizado por el Colegio con la presentación y emisión del documental “Derechos Sociales por la Dignidad”, que el Consejo General deTrabajo Social ha elaborado para denunciar la situación actual de vulneración de los mismos.

Vulneración que no está sólo en las grandes cifras. Se refleja en todas y cada una de las familias y de las personas que están sufriendo la violación de sus derechos. Como las que aparecen en el documental y que representan las miles y miles de situaciones en las que los Trabajadores Sociales presenciamos como la dignidad de las personas es agredida.

Como la que nos tocó a nosotros presenciar ayer por la mañana y que consiguió, por un momento, quebrar nuestra esperanza.

jueves, 26 de febrero de 2015

Virguerías sociales


Un nuevo concepto viene a iluminar el proceloso mundo de la política social en España. Se trata de la “virguería social”, concepto acuñado por la vicepresidenta del Gobierno de la nación para presumir de la eficiencia de sus políticas de gasto social. 


Otra vez los andaluces… Además de no saber pescar (ver mi anterior entrada), ahora van y se gastan injustificadamente dos millones de euros, que son los que va a costar el servicio postal para las elecciones autonómicas andaluzas. (Enlace) Si es que van despilfarrando el dinero. ¡Con la de cosas que se podrían hacer con dos millones de euros!

Y como en otras ocasiones, ahora viene mi duda. Analizo el comentario de la vicepresidenta con seriedad, como sin duda merece, o me lo tomo a chufla.

Bueno, por una vez y sin que sirva de precedente, me lo tomaré en serio e intentaré analizar lo que hay detrás de este concepto de la neo-lengua peperiana, así como las políticas sociales que lo inspiran.

En primer lugar diré que a la vicepresidenta no le falta razón. Con dos millones se podrían hacer muchas cosas en política social. Voy a darle unas cuantas ideas, en línea con las medidas que llevan ejecutando desde que gobiernan y con sus resultados. 

  • Con dos millones de euros se podría repartir a cada inmigrante en situación irregular (los que quedaron excluidos del sistema sanitario español normalizado por el Decreto Ley del 24 de abril del 2012, estimados en más de 800.000 personas según Amnistía Internacional), una caja de aspirinas con 40 comprimidos. Ya que no pueden acceder a la asistencia sanitaria, que no digan que en España carecemos de humanidad ante el dolor y el sufrimiento.

  • Con dos millones de euros se podría dar a cada niño en situación de pobreza (2.306.000 niños, según el último informe de UNICEF) una bolsa de “chuches” (Rajoy dixit) por valor de casi 1 €. Así, mientras ellos y sus familias esperan la inminente recuperación económica que tanto esfuerzo le ha costado al Gobierno, sabrán que el Estado no se olvida de ellos. 

  • Con dos millones de euros se podría enviar un ramo de flores de unos 20 € a los familiares de los dependientes fallecidos sin percibir ninguna atención tras serles reconocida la Ley de Dependencia (más de 100.000 dependientes, según nos recuerda la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales). Sería un bonito detalle con el que el Gobierno demostraría el profundo respeto que tiene por los dependientes fallecidos. (Con los vivos, ya si eso, ya veremos….)

  • Con dos millones de euros se podría repartir una asignación económica de 3 € a cada hogar que existe en nuestro país y que carece de cualquier tipo de ingreso (casi 700.000 hogares, según el último informe FOESSA). Parece poco, pero con eso el Gobierno demostraría su sensibilidad con los que no tienen nada y se solucionaría el problema de un plumazo: todos los hogares contarían con algún tipo de ingreso.

  • Con dos millones de euros podría regalarse un juego de postales (con sellos y todo) a cada una de las más de medio millón de personas que han abandonado nuestro país como consecuencia de la crisis. (225.000 personas según cifras oficiales y 700.000 según algunas estimaciones). Mantener el contacto familiar es importante para los emigrantes y el escribir postales es una tradición que se está perdiendo y que el Gobierno haría bien en recuperar.

  • Con dos millones de euros se podrían encargar unas pegatinas identificativas con las que señalar a las 637.573 personas que, según datos del Gobierno, están percibiendo las Rentas Mínimas de Inserción en nuestro país. Estarían obligadas a llevarlas en la solapa y su rápida visualización permitiría que los empresarios les ofrecieran trabajo o al menos, la gente de bien pudiera darles limosna. Una medida que englobaría tradición, control y modernidad, valores de los que hace gala este Gobierno.

  • Con dos millones de euros podría comprarse una tablet de última generación por valor de unos 3.000 € a cada senador o congresista español para que se entretuvieran en las largas sesiones parlamentarias con algún juego… ¡Perdón!, esto eran propuestas de política social, no institucional. 

Bueno, ahí le dejo a la vicepresidenta estas ideas. Seguro que le son de utilidad. Pero también le diré que se ha equivocado. La palabra virguería hace referencia a un adorno, un añadido, y por extensión se aplica a los asuntos de poca importancia. Sólo de modo coloquial (impropio de una gobernante seria) se utiliza para referirse a hacer una cosa de manera excelente o extraordinaria, que es como ella la quería utilizar.

Aunque Wang me dice que tal vez no sea un error. Los asuntos sociales, para este Gobierno, sin duda son cosas de poca importancia.

En cuanto a virguerías, verdaderas virguerías, las que hacen algunas familias para sobrevivir actualmente y las que hacemos los profesionales que nos dedicamos a ayudarlas entre tanta dejadez e incompetencia de nuestros gobernantes.



viernes, 20 de febrero de 2015

Retrato en sepia.

Wang y el miedo.
Wang me cuenta esta curiosidad sobre las sepias, que es bien conocida en su país.
Las sepias pueden esconder sus brazos y tentáculos sobre la boca, y al encogerse, esconder ésta bajo su cuerpo. Para protegerse más contra el peligro sueltan un líquido, negro como la tinta, que sirve para ocultarlas.
Pero los pescadores, al ver ponerse negra el agua tiran sus redes... y las sepias son pescadas.

Pescar en Andalucía.
Buena la ha armado el Presidente del partido Ciudadanos, Albert Rivera, diciendo que cuando gobiernen en Andalucía (sic) van a cambiar la filosofía de la Junta y que "no van a repartir pescado, sino a enseñar a la gente a pescar o a dejar que la gente tenga su caña de pescar". 
Wang me pregunta por qué los andaluces no saben pescar sepias...
Por sus metáforas les conoceréis. Otro político (y van...) que se propugna para gobernante y viene a salvar al pueblo llano de su propia incompetencia.
Mensaje para navegantes: la culpa de que no tengas peces para comer es tuya.
Corolario: el que quiera peces... que se moje... ¡pues eso!

Lo que nos viene desde la pérfida Albión.
Ya he comentado en otras entradas lo humillante y peligrosa que me parece esa metáfora de "enseñar a pescar". Básicamente por que construye un relato en el que el pobre, el parado, el enfermo... lo es por su propia responsabilidad. En el mejor de los casos es un ignorante que no sabe. En otras lecturas es un degenerado que abusa de las prestaciones sociales.
Y así se generan los debates como el que se está dando en el Reino Unido. Los obesos, los alcohólicos y los drogadictos no deben recibir prestaciones sociales. Es lo que propone el Partido Conservador británico.
No tardaremos en ver propuestas de este tipo por nuestro país. Ya se han dado algunas y cada vez van a tener más fuerza. 
También con ésto vamos a ir de culo.

La cultura del pescado.
Son las consecuencias de la cultura benéfica y asistencial tan arraigada en España. Nos apiadamos de los pobres... hasta que los castigamos culpándoles de su propia situación. Nos hemos instalado en el reparto del pescado, sin acometer reformas estructurales ni políticas universales de lucha contra la pobreza. Las consecuencias de ello las sufriremos durante muchos años.

Cada vez me desanimo más cuando surgen las propuestas sobre política social y aparecen como medidas-estrella unas timoratas Rentas mínimas de inserción que no son sino subsidios condicionados absolutamente ineficaces. Os dejo un artículo al respecto, por si queréis consultarlo. Aquí. Os lo recomiendo.

 

Final.
Os dejo. Tal vez otro día profundicemos en algunos de los temas que he comentado. Hoy me voy de tapas con Wang.
Se ha empeñado en invitarme a sepia a la plancha...


Entre tanto os dejo con el Pescao y su: "Buscando el sol"









domingo, 8 de febrero de 2015

Dos historias y un relato

Hoy traigo al blog la historia de dos personas que he atendido en el trabajo. La historia y cada uno de sus detalles son ciertas. En cuanto al relato, es una ficción. O tal vez no...

 
Javier es un padre de familia de 47 años. Actualmente está casado y tiene una hija de 3 años. Estuvo casado anteriormente y tiene otra hija de 15 años a la que ve algunos fines de semana. 
     Con algún periodo de desempleo, Javier había trabajado siempre de operario de producción en diferentes fábricas en los alrededores.Siempre, hasta que hace unos años esas fábricas comenzaron a despedir personal.
      Al principio no se preocupó. Ya le había pasado otras veces y no solía tardar mucho en encontrar otro puesto de trabajo en alguna fábrica cercana. Pero esta vez fue diferente. Apenas se realizaban nuevas contrataciones, había mucha gente en su situación y su baja cualificación tampoco ayudaba.
     Cuando llegó a Servicios Sociales estaba apesadumbrado. Había agotado todas sus prestaciones y la familia subsistía de pequeños trabajos esporádicos de limpieza que la mujer realizaba.
     Solicitó la Renta Mínima de Inserción. Cuando le fue concedida estaba a punto de terminar unos estudios de técnico de mantenimiento industrial en los que, cuando se quedó en desempleo, decidió matricularse. Le costó mucho... ¡llevaba tanto tiempo sin estudiar!
     Percibió la RMI durante cinco meses, puesto que al terminar los estudios fue contratado por la empresa donde había hecho las prácticas de los mismos.
     Actualmente, tras varios meses de contrato temporal, tiene contrato indefinido en esa empresa.

     Manuel también es un padre de familia. Un poco más joven, tiene 40 años. También está casado y tiene dos hijos, de 10 y 8 años. Convive con su mujer y un hijo de 14 años, de una relación anterior de ella.
     Manuel siempre trabajó en la construcción, desde los 14 años, cuando abandonó los estudios. Trabajó en diferentes empresas y atravesó diferentes periodos de desempleo.Cuando cerró la última empresa en la que había sido contratado, decidió establecerse como autónomo, pero la falta de trabajo hizo que tuviera que abandonar a los pocos meses.
     Hace ya varios años que se encuentra en desempleo. Es la tercera vez que solicita la Renta Mínima de Inserción. Está desesperado porque no encuentra empleo, dice que nadie le ayuda y se queja con amargura de la falta de trabajo. Ante la ansiedad que la situación le produce su médico de cabecera le ha tratado con medicación.
    Actualmente está bebiendo demasiado y el ambiente familiar es cada vez peor, con frecuentes discusiones con su esposa.
    
* * *

     Javier y Manuel son diferentes. Pero también tienen muchas cosas en común. Tantas, que un día se me ocurrió juntarlos. Tal vez Javier podría servir de impulso a Manuel, y estaba convencido de que al primero también le podría venir bien conocer la historia de éste.

     Así que les propuse a ambos compartir su historia y concretamos una serie de entrevistas. Poco a poco Manuel fue exponiendo su doloroso recorrido. Era el menor de cuatro hermanos, siendo él el único varón. Apenas recuerda nada de su infancia, salvo los episodios de violencia que su padre, alcohólico, ejercía con frecuencia. Dice que pegaba con frecuencia a su madre y a él mismo. Los insultos y menosprecios eran habituales y, entre lágrimas, relata como un día su padre le gritó que "no servía para nada" y que "nunca iba a llegar a nada en la vida".
      
    El relato de Manuel continuaba con sus sensaciones de cómo toda su vida había quedado marcada por aquellos episodios, la culpa, la rabia y la depresión que ello le había causado, el refugio que a veces la droga y el alcohol le habían supuesto... Y lo que había sido su principal motivación para salir adelante: que sus hijos no pasasen por lo que él había pasado. Lloraba amargamente cuando nos confesaba lo derrotado que se sentía cuando veía que no lo estaba consiguiendo.

     Su padre tenía razón. Jamás llegaría a nada en la vida...

     Impresionado por el relato de su compañero, Javier guardaba un respetuoso silencio.Cuando Manuel terminó de hablar y a duras penas se repuso, Javier se le acercó y le dió un profundo abrazo.

      Y yo sentí que aquel abrazo iba a ayudar más a Manuel que cualquier subsidio o prestación a la que pudiera acceder.