martes, 9 de febrero de 2021

Mitos

Uno de los mitos que desde hace un tiempo se repite frecuentemente en nuestra profesión es que hemos abandonado el Trabajo Social Comunitario en aras de un Trabajo Social “de despacho” y que recuperar ese espacio es la única manera de hacer un Trabajo Social “de verdad”.

En muchas de las formulaciones de este mito se confunden tanto los niveles de intervención, equiparando por ejemplo el Trabajo Social Grupal con el Comunitario, o se mezclan indiferenciadamente técnicas con modelos de intervención. Pero más allá de eso el argumento viene a señalar que ese fenómeno de encerrarse en los despachos abandonando el trabajo comunitario ha sucedido por voluntad de los profesionales y que revertirlo es decisión y responsabilidad de los mismos.

Siempre que oigo el argumento me parece algo simplista, además de contener una atribución individual de lo que a mi juicio es un fenómeno de responsabilidad colectiva bastante más complejo.

Admitiendo el fenómeno del retroceso en la intervención comunitaria, comenzaré por decir que no es algo exclusivo de nuestro Sistema de Servicios Sociales. En Educación, por ejemplo, las Escuelas o Centros Educativos están cada vez más cerrados en sí mismos, mirando para otro lado respecto a la comunidad, el barrio o el pueblo en el que se insertan. El profesor, el aula y la transmisión de conocimientos que en ella se pretende constituyen la única realidad importante. La participación de las familias es instrumental y programas de prevención comunitaria escasos e inefectivos. Hay honrosas excepciones, claro, pero es una tendencia.

La misma que vengo detectando en Sanidad hace mucho tiempo. El principal eje y casi único es la consulta, médico y paciente en torno a la enfermedad. La educación para la salud, escasa e individualizada. La prevención o los problemas de salud pública, raramente abordados. Los Consejos de Salud, dormitando el sueño de una participación comunitaria tan utópica como hipotética.

Se trata por tanto a mi juicio de un fenómeno más global que lo que se pretende y más complejo que lo que se define, con muchas más variables intervinientes que la voluntad de los profesionales.

Analizar en profundidad este fenómeno global que describo excede mi capacidad y mi competencia pero señalaré que creo que la clave para explicarlo está en la deriva individualista que tantas veces he denunciado. Una sociedad, unas comunidades, cada vez más atomizadas y con cada vez menor sentimiento de pertenencia. Unos políticos inclinados a lo particular, lo rápido y efímero más que a lo colectivo, planificado y a largo plazo. Y unos técnicos incapaces de revertir las presiones que para el diseño del trabajo y las organizaciones reclaman las primeras y diseñan los segundos.

He contado esta anécdota muchas veces. En mis primeros pasos profesionales realicé mucho trabajo
comunitario con largas jornadas y un número ingente de procesos en marcha, reuniones y contactos. Todo estaba por construir y se asumía con normalidad. Y hete aquí, que el responsable político de turno comenzó a reprocharnos que estábamos poco en el despacho y mucho en “la calle”. Argumentaba que había personas que acudían a hablar con nosotros y siempre “estábamos reunidos” en otro sitio. Cuando reorganizábamos el trabajo y planteamos mayor presencia en el despacho el siguiente responsable político (incluso a veces el mismo) volvía a quejarse, esta vez de lo mucho que estábamos en el despacho y poco en “la calle”.

Entonces ya aprendí varias cosas. Que a los políticos hay que hacerles el caso justo. Que un Trabajo Social responsable y transformador se puede hacer en cualquier contexto. Y que el Trabajo Comunitario requiere equipos especializados con dedicación exclusiva.

Creo que eso que se llama “encerrarse en el despacho”, y que oigo con frecuencia como crítica y reproche a nuestra profesión, es algo que deberíamos analizar con más profundidad. Porque ni en los despachos ni en la calle se guarda la quintaesencia del Trabajo Social.

 Por más que haya quien todavía crea en ella y se empeñe en buscarla.


 

miércoles, 3 de febrero de 2021

Teléfonos

 Al Centro de Salud de mi pueblo ha llegado la puesta en marcha de un servicio innovador. Se llama el teléfono para la salud del anciano. Dicen que es una medida sanitaria que responde al envejecimiento de las zonas rurales…

Se ha difundido el número de ese teléfono con profusión por todo el municipio. Junto con unas instrucciones, claro. En ellas se explica que cualquier anciano que tenga un problema de salud debe llamar a ese teléfono. Allí se valorará lo que le pasa y en función de ello se notificará a su Centro de Salud para que desde el mismo se pongan en contacto con él y le proporcionen la cita con el profesional que se estime o la medicación o tratamiento que necesite.

Argumentan los creadores de este teléfono que los ancianos, (que como todos sabemos son muchos y con muchos problemas de salud), necesitan un acceso ágil a los servicios sanitarios y que mediante este teléfono se facilita dicho acceso.

Hasta el alcalde ha hecho un Bando y desde el Ayuntamiento han repartido un montón de pegatinas…

Algún profesional del Centro de Salud ha planteado que no era necesario. Que para eso ya está el teléfono del Centro de Salud y que a través de él los profesionales médicos o de enfermería pueden atender correctamente a los ancianos. Valorarles, seguirles, citarles, visitarles… Alguno duda también de qué profesionales van a hacer esa valoración.

Ante eso se les ha contestado que ese teléfono no sustituye nada. Que si alguien quiere llamar al Centro de Salud, también puede hacerlo. Y que en cuanto a los profesionales que atienden el teléfono, que estén tranquilos, son sanitarios igual que ellos, contratados por una empresa privada a la cual se ha adjudicado la gestión del teléfono. Es un servicio que no tiene más que ventajas, centralizando toda la información a nivel provincial y realizando una primera orientación hacia los servicios sanitarios.

Además que así los ancianos podrán llamar a cualquier hora, sin tener que esperar a que el Centro de Salud esté abierto. A eso se llama urgencias, ha contestado algún otro desde el Centro de Salud. Pero se ha aclarado que no, que no es un teléfono para urgencias y que si se valora que es una llamada de ese tipo se derivará a la atención correspondiente.

Y así tenemos otro servicio más en el pueblo. Que dada la satisfacción con la que los políticos que lo han creado muestran en su difusión, no nos queda ninguna duda de que mejorará grandemente la salud de las personas mayores de nuestro municipio.

Eso pensamos todos, menos algunos profesionales raritos en el Centro de Salud.

Pero ya se convencerán. Porque sé de buena tinta que están pensando en crear alguna otra línea telefónica de este tipo. En concreto una para los afectados por alguna enfermedad determinada y otra para las mujeres mayores de 50 años.

Da gusto un sistema sanitario así, tan innovador.

¡A ver cuándo copiamos alguna iniciativa de éstas en Servicios Sociales!

 

lunes, 25 de enero de 2021

Pobreza inmunológica

 En nuestra última entrada hablábamos de la necesidad de una vacunación ética de la política, a la cual definíamos tan necesaria como la vacuna contra el virus para poder salir airosos de los desafíos que esta pandemia nos ha traído.

Sin un ejercicio ético del poder inherente a la acción de gobernar, la política se convierte en un problema que, en lugar de hacernos avanzar como sociedad, hace retroceder nuestro bienestar y nuestra calidad de vida.

Además, traslada a la sociedad y a la ciudadanía que el bienestar colectivo no es el objeto de la política, que queda condicionado al mantenimiento de los privilegios de las élites gobernantes.

La polémica sobre el acceso improcedente y privilegiado de algunos políticos a las vacunas es paradigmático de este problema.

Inesperadamente la vacuna, que se percibe como la única garantía de no contraer la enfermedad de forma grave, se ha convertido en un bien escaso. Y como sucede en torno a los bienes escasos, no faltan quienes utilizan los privilegios que el ejercicio del poder les supone, para apropiarse indebidamente de ellos en beneficio propio.

Decía en mi anterior entrada que, más que el hecho, lo que nos ha sorprendido son los argumentos que utilizan estos corruptos para justificar su postura. Traducen a las claras el egocentrismo de esta época hipermoderna que estamos atravesando y que el sociólogo Gilles Lipovetsky define como “narcisismo individualista”.

Es el individuo y no la colectividad la medida de todas las cosas. Por ello estos corruptos no ven ninguna contradicción en saltarse los protocolos y administrarse ellos mismos las vacunas, utilizando los más variados argumentos con un único hilo conductor: “mis circunstancias, que sólo yo juzgo, me hacen merecedor de la vacuna.”

Desde ahí se hace imposible el gobierno, pues se traslada a la ciudadanía la desaparición de la función del Estado como garante del bienestar social, sustituido por el “salvase quien pueda” individual. En el fondo es un mensaje conocido. Si no te vacunas (o si eres pobre, o si sufres violencia…) es por tu responsabilidad individual, no eres merecedor de más.

La vida es una carrera de obstáculos. Si te estás quedando atrás algo estás haciendo mal. La prueba es que hay otra gente que está llegando a la meta sin problemas.

Es el verdadero problema de esta pandemia. Se apela a la responsabilidad individual en pro de un bienestar colectivo al cual no se le da ninguna importancia. ¿Cómo pedir por tanto a la ciudadanía los sacrificios o esfuerzos en su bienestar individual que el control del virus requiere?

Queda por tanto deslegitimada cualquier medida al respecto, pues los ciudadanos la cumplirán o no en función de la percepción individual sobre el miedo que tengan (a las sanciones, a contagiarse…). Y este miedo es un ingrediente mucho peor que el compromiso ético colectivo.

Así no tardaremos en ver el siguiente paso en el guión. Las vacunas van a ser necesarias durante mucho tiempo, así que se propondrá la privatización de su acceso. Pronto oiremos voces que, ante la irresponsabilidad política en la gestión de dicho acceso, plantee que debe ser el mercado quien lo regule, pues lo hará mucho más eficientemente que el Estado. Al fin y al cabo, ¿quién puede impedir obtener la vacuna a quien pueda pagar lo que la empresa que las fabrica estime?

¿Veremos pronto vacunas para ricos y vacunas para pobres? Es un escenario probable y coherente con la sociedad que hemos construido, fundamentada en ese narcisismo individualista y falsa meritocracia que todo lo invade.

¿Y cómo se situará el Sistema de Servicios Sociales en ese escenario? Para prepararlo propongo definir otra pobreza. La pobreza inmunológica, para aquellos que el sistema certifique que no pueden pagar el coste de la vacuna y para los cuales se diseñarán unas prestaciones económicas que les permita adquirirla.

Wang propone que si no, siempre podremos organizar un tómbola benéfica o un banco de vacunas para inmunizar a los pobres.

No será porque no hay soluciones…

lunes, 18 de enero de 2021

Vacunas, ética y política (más alcaldadas)

Nos alejamos hoy un poco de la política social para reflexionar sobre aspectos más generales, a raíz de algunos comportamientos surgidos en la campaña de vacunación que está desarrollando el Gobierno. 

 

Y lo hacemos a sugerencia de Wang. Mi compañero se escandalizaba el otro día con las noticias de que distintos alcaldes se estaban vacunando (enlace), saltándose el protocolo de prioridad establecido respecto al orden de grupos vulnerables.

Situaciones de este tipo se están dando a lo largo y ancho de todo el país, no sólo entre alcaldes, claro, sino también en otros que, aprovechando posiciones de poder para beneficio propio, detraen los sobrantes de las vacunas y los utilizan para vacunarse ellos, sus amigos o familiares.

Nada diferente a lo conocido, vaya. La corrupción es tan vieja como el poder y estos episodios no son sino la muestra de un fenómeno (el interés individual por encima del bien común), con el que históricamente hemos sido demasiado permisivos, instalándose como un parásito imposible de erradicar, en la política y en la administración.

Por eso Wang me aclara que no son estos sucesos los que le escandalizan, pues de sobras sabía que iban a suceder, sino la desfachatez, en el caso de los alcaldes, que exhiben en los argumentos con los que defienden su tropelía.

Lejos de reconocerla, pedir perdón y dimitir, se aferran a su decisión de haber aprovechado la situación en beneficio propio y haber utilizado esas dosis sobrantes por encima de cualquier sanitario, persona mayor o dependiente a los que sin duda hubiera sido tan fácil de localizar y ofrecer en su lugar como dicen que se les ofreció a ellos.

Parece que algunos de estos alcaldes van a ser sancionados por sus partidos políticos (enlace). 

Es un paso, aunque algo falla cuando la clase política no tiene interiorizada la necesidad de dimitir cuando te han descubierto en un comportamiento delictivo o, al menos reprochable.

Oyendo su defensa, uno piensa que están convencidos de que ellos merecían esas dosis, sin generarles ningún conflicto ético haberlas obtenido en lugar de otras personas más vulnerables.

Un comportamiento ético, del que como alcaldes deben dar ejemplo, les hubiera exigido rechazar ese privilegio y al no hacerlo uno se pregunta en cuántas otras cosas los que ocupan posiciones de poder obtienen réditos particulares de lo que deberían ser bienes comunitarios.

El poder conlleva información, la información oportunidad y la oportunidad, sin referentes éticos, desemboca en la corrupción. Son estos referentes éticos la única vacuna por tanto para fenómenos como los que estamos describiendo, pues sólo mediante ellos puede ejercerse la función de gobernar y administrar los bienes y asuntos públicos. 

Eso a lo que llamamos política y que necesita con urgencia un plan de vacunación ética.

 


 

lunes, 11 de enero de 2021

Bombonas de gas y protocolos

La crisis del coronavirus y una tormenta de nieve de dos días con una moderada ola de frío ha descubierto todas nuestras miserias como comunidad, aunque tranquilos, hay una solución para todo.

Tal vez esté equivocado, pero tengo la sensación de una total descoordinación, improvisación, reactividad y falta de planificación en las propuestas de solución a los problemas que esta crisis ha destapado.

Y no es que los problemas no existieran antes. Por ejemplo, llevamos décadas con unos niveles de pobreza escandalosos e inasumibles, impropios de un país con los recursos del nuestro, sin que se haya nunca implementado una verdadera estrategia que abordase de verdad este problema estructural, más allá de unos tibios, confusos y desordenados programas de rentas mínimas.

Parece que es ahora cuando muchos están descubriendo que hay personas y familias con graves dificultades para atender sus medios básicos de subsistencia como vivienda, suministros o alimentación adecuada.

Pero o mucho me equivoco o creo que este “descubrimiento” no vaya a servir de nada, pues las medidas que se proponen para esos problemas desde el ámbito político y que se asumen desde los ámbitos técnico y ciudadano siguen siendo de corte asistencial y paliativo, sin apenas repercusión en los cambios estructurales que serían necesarios.

Medidas asistenciales y llamadas a la solidaridad ciudadana y al voluntariado que parecen dejar satisfechos a todos. Excepto a los beneficiarios de la ayuda, me temo.

Como ejemplo, vaya un botón, con la noticia de que la Comunidad de Madrid va a entregar 120 bombonas y 100 estufas de gas a las familias de la Cañada Real. (Enlace) Sin duda una eficaz y planificada medida para solucionar el problema que el Gobierno de esa Comunidad Autónoma coordina con la parroquia de la zona, en otro ejemplo de la cooperación Iglesia-Estado que tan buenos resultados ha dado siempre en nuestro país.

Ante el virus, ante la nieve, ante el frío, para las personas sin hogar, para cualquier problema comunitario todo el mundo se pone a tomar decisiones como “pollo sin cabeza”.

En lugar de planificar y consensuar (con quien piensa diferente también, no se olvide), se establece una carrera entre políticos a ver quien responde de manera más rápida y efectista. Todo el mundo tiene la razón, “su” razón, y desde ahí tiene clara la solución e intenta demostrar que la pone en marcha. Que funcione o no es irrelevante y en cuanto a los resultados y efectos (hasta los iatrogénicos)… total, no se van a evaluar nunca.

Carrera que se reproduce entre la sociedad civil, con mútiples ONGs tan voluntariosas como desordenadas conviviendo con iniciativas informales cuyo impacto es muy limitado.

La descoordinación entre los múltiples niveles de la administración tampoco ayuda demasiado y se termina elevando a la enésima potencia esa toma de decisiones que venimos describiendo, tan efectista como ineficaz.

Claro que una cosa que esta crisis ha puesto a las claras es que, al igual que para el virus parece que se ha descubierto una vacuna, también para los grandes problemas sociales se ha descubierto una solución universal: los protocolos.

Es una solución mágica, pues de todos es sabido que establecer un protocolo hace que inmediatamente desaparezca el problema. Basta con elaborarlo rápidamente y difundirlo con profusión desde todo medio digital o físico disponible, sin valorar la pertinencia para los receptores. En esto, como en todo, mejor exceso que defecto.

Que los protocolos sean confusos, de inaplicable gestión, sin dotación suficiente o contradictorios entre sí son detalles sin importancia. Lo importante es que se han elaborado a plena satisfacción de… ¿los destinatarios? No, ¡que va! De quien los ha elaborado, claro.

Porque en el fondo, siempre hay cosas más prioritarias que atender, de verdad, las necesidades de las personas vulnerables.