domingo, 14 de marzo de 2021

A ver si nos entendemos

Hemos de aprovechar la sinergia que pueda surgir de un adecuado desarrollo de la intersectorialidad entre los diferentes agentes de la acción social, pues de otra manera, el flujo entre la demanda y los recursos necesarios para segmentarla no conseguirá los resultados que los diferentes modelos proyectivos predicen para dichas políticas.

Claro que ello por sí sólo no es suficiente. Hace falta una intencionalidad en la definición del proceso que supere las divergencias respecto al objeto en la política social. Ello complementará la estrategia planificadora, diferente a la planificación estratégica, que pueda realizarse para visibilizar e integrar los diversos apoyos necesarios para la incorporación social, en términos en los que pueda medirse el impacto y evaluar no en base sólo a resultados, sino en el marco del diseño global de la atención integrada.

Porque de otro modo, y en concreto en el campo de los Servicios Sociales, el argumento conceptual puede verse modificado por las tensiones históricas del momento actual, lo cual sólo puede suponer verificar la necesidad de diseñar nuevas políticas que las confronten.

Ha llegado el momento de debatir sobre la oportunidad y la urgencia de estas medidas superando la fragmentación y apostando por el reconocimiento de la individualidad necesaria para asentar la cohesión social, integrando los actores necesarios e implicando a todos los sectores interesados en la implementación de un espacio sociosanitario cuya vertiente integradora permita articular respuestas a los graves problemas derivados de la aplicación de otros modelos.

Es necesario que estos debates incorporen tanto la óptica preventiva como la promocional y la asistencial, en un diseño que regule la presencia de cada sector y asegure las sinergias de las que hablábamos al principio.

 * * *

Querido lector, querida lectora. Si has tenido la paciencia de haber leído hasta aquí, lamento haber abusado de tu confianza, pero los párrafos que preceden carecen de cualquier significado lógico.

Es posible que suenen bien, incluso que pueda buscársele algún hilo conductor o algún sentido, pero no dicen NADA, aunque pueda parecerlo.

Tal vez el lenguaje, el contexto del blog en el que está escrito… pueda sugerir que se reflexiona o se propone algo para la política social o el sistema de servicios sociales, pero el texto no es sino una sucesión de términos y frases inconexas con un mensaje absolutamente vacío.

Vengo a señalar con ello un problema que me encuentro a menudo en las lecturas sobre política social, servicios sociales o Trabajo Social.

Junto a autores y textos con una concreción y claridad conceptual bastante notable, aparecen otros con los que, tras leer sus aportaciones, me queda la sensación de haber leído meras divagaciones intelectuales, alejados de la realidad y sin ninguna aplicación práctica, ni siquiera para favorecer el debate, fomentar la reflexión o provocar algún cambio.

Son discursos vacíos en los que a veces parece que algún instrumento suena bien, pero la melodía desafina irremediablemente.

Escribo todo ello al hilo de ciertos diálogos y reflexiones sobre nuestra capacidad de comunicación en los términos de precisión terminológica. En muchas ocaciones utilizamos conceptos y términos llenos de ambigüedades e interpretaciones diferentes en función del contexto en el que se inscriben o de otras variables. El no entender todos lo mismo al referirnos a determinados conceptos dificulta el diálogo y la comunicación, fomentándose la confusión y, al final, la capacidad de avanzar hacia la resolución de los problemas.

Y si éste es un mal endémico dentro de una misma disciplina, pongo por caso el Trabajo Social, la confusión se multiplica cuando el diálogo se produce entre diferentes disciplinas o áreas y se eleva exponencialmente cuando se pretende aplicar conceptos de las ciencias naturales a las ciencias sociales. Pero de esto último tal vez hablemos otro día.

Por hoy me parece suficiente con empezar a caminar por la senda de la claridad, la cual no está reñida con la complejidad. Nuestros proyectos, nuestros mensajes, deben ser claros e inteligibles tanto en la forma como en el contenido. Y para ello tenemos que hacer el esfuerzo de consensuar los conceptos sobre los que dialogamos.

De otro modo no conseguiremos comunicar adecuadamente lo que pretendemos y, por tanto, no podremos crear ni construir nada, pues desde el construccionismo social sabemos que es el lenguaje, y no otra cosa, lo que construye la realidad.

Porque la otra opción es encontrarnos escribiendo o leyendo textos tan vácuos como el que os he puesto al principio.

No sé si he sido claro.

viernes, 12 de febrero de 2021

Vacunas y desconfirmación

 "La falta de respeto, aunque menos agresiva que un insulto directo, puede adoptar una forma igualmente hiriente. Con la falta de respeto no se insulta a otra persona, pero tampoco se le concede reconocimiento; simplemente no se la ve como un ser humano integral cuya presencia importa."

Richard Sennet "El respeto, sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad"


El 26 de marzo de 2020, a través de la Orden SND/295/2020 del Ministerio de Sanidad, los Servicios Sociales, todos sus centros y trabajadores, independientemente de su titularidad fuimos declarados como Servicios Esenciales.

No podía ser de otra manera. Ante una pandemia como la que nos ocupa las cuestiones y medidas sanitarias son centrales. Pero las cuestiones y repercusiones sociales no son menos importantes para la población.

Así que en el Sistema de Servicios Sociales nos pusimos a reorganizar los servicios para atender esas repercusiones sociales que la crisis empezaba a generar. Con la confusión, el miedo y la incertidumbre de aquellos momentos, muchas veces sin los medios necesarios, nos pusimos a trabajar.

Atendimos a personas vulnerables que se estaban quedando sin los soportes familiares y comunitarios que les atendían. Tuvimos que organizar redes de detección y atención comunitarias de estas personas vulnerables. Realizamos diversas intervenciones de soporte emocional para una población que estaba siendo muy afectada por la soledad, la incertidumbre, el duelo, el miedo. Reorganizamos todos los recursos publicos y sociales para atender población que veía comprometidos sus medios de subsistencia ante la situación económica generada por la crisis. Intervenimos en conflictos familiares, en situaciones de violencia que el confinamiento incrementó.

Desarrollamos, en suma, toda una intervención de ayuda a una población que veía amenazada su salud, pero también su bienestar social. Intervención que hemos ido adaptando a la evolución de la pandemia. Con más o menos atención presencial, pero intentando estar siempre accesibles y cercanos a la población. En la mayoría de los Centros no se ha dejado de ver a las personas que lo necesitaban, no se han dejado de hacer visitas cuando la situación lo requería.

Ha sido una labor mucho más discreta que la de los servicios sanitarios, que naturalmente han tenido el protagonismo durante este tiempo, pero no ha sido una labor menos importante.

Aunque sí mucho menos reconocida.

Paul Watzlawick, en su libro "Pragmática de la Comunicación Humana" describe el fenómeno de desconfirmación como aquel en que no se tiene en cuenta al otro, se actúa como si no existiera, como si no importase, negándosele incluso identidad alguna.

Como he expuesto en varias ocasiones en este blog, es algo que viene haciéndose sistemáticamente con el Sistema de Servicios Sociales, como demuestra la exclusión del personal de servicios sociales (sí, el mismo que hace un año se definió como esencial) de la nueva estrategia de vacunación que el Ministerio de Sanidad acaba de publicar.

Es una desconfirmación en toda regla para todo un sector que, como digo, desarrolla una función imprescindible y en contacto cercano con la población, en muchos casos con población muy vulnerable. Siempre estamos cuando se nos necesita. Se nos utiliza para sacar adelante problemas que de otra manera no se podría atender. Pero luego no se nos considera. Como si no existiéramos.

Es un insulto, una falta de respeto que roza la ignominia.

Algo a lo que, lamentablemente, ya nos hemos acostumbrado. 

Pero aunque lo hayamos hecho, hemos de ser conscientes de los efectos de esta desconfirmación.

Como bien dice Ronald Laing, psiquiatra del cual Watzlawick toma el concepto:

"el resultado final de esto se alcanza cuando, independientemente de cómo (una persona) actúe o se sienta, independientemente de qué significado se le de a su situación, sus sentimientos no son tenidos en cuenta, sus actos son desconectados de sus motivos, intenciones y consecuencias, la situación es despojada del significado que tiene para ella, de modo que queda totalmente confundida y alienada."

Y aún confundidos y alienados seguiremos desarrollando nuestra labor. No sé por cuánto tiempo más, pero seguiremos.


martes, 9 de febrero de 2021

Mitos

Uno de los mitos que desde hace un tiempo se repite frecuentemente en nuestra profesión es que hemos abandonado el Trabajo Social Comunitario en aras de un Trabajo Social “de despacho” y que recuperar ese espacio es la única manera de hacer un Trabajo Social “de verdad”.

En muchas de las formulaciones de este mito se confunden tanto los niveles de intervención, equiparando por ejemplo el Trabajo Social Grupal con el Comunitario, o se mezclan indiferenciadamente técnicas con modelos de intervención. Pero más allá de eso el argumento viene a señalar que ese fenómeno de encerrarse en los despachos abandonando el trabajo comunitario ha sucedido por voluntad de los profesionales y que revertirlo es decisión y responsabilidad de los mismos.

Siempre que oigo el argumento me parece algo simplista, además de contener una atribución individual de lo que a mi juicio es un fenómeno de responsabilidad colectiva bastante más complejo.

Admitiendo el fenómeno del retroceso en la intervención comunitaria, comenzaré por decir que no es algo exclusivo de nuestro Sistema de Servicios Sociales. En Educación, por ejemplo, las Escuelas o Centros Educativos están cada vez más cerrados en sí mismos, mirando para otro lado respecto a la comunidad, el barrio o el pueblo en el que se insertan. El profesor, el aula y la transmisión de conocimientos que en ella se pretende constituyen la única realidad importante. La participación de las familias es instrumental y programas de prevención comunitaria escasos e inefectivos. Hay honrosas excepciones, claro, pero es una tendencia.

La misma que vengo detectando en Sanidad hace mucho tiempo. El principal eje y casi único es la consulta, médico y paciente en torno a la enfermedad. La educación para la salud, escasa e individualizada. La prevención o los problemas de salud pública, raramente abordados. Los Consejos de Salud, dormitando el sueño de una participación comunitaria tan utópica como hipotética.

Se trata por tanto a mi juicio de un fenómeno más global que lo que se pretende y más complejo que lo que se define, con muchas más variables intervinientes que la voluntad de los profesionales.

Analizar en profundidad este fenómeno global que describo excede mi capacidad y mi competencia pero señalaré que creo que la clave para explicarlo está en la deriva individualista que tantas veces he denunciado. Una sociedad, unas comunidades, cada vez más atomizadas y con cada vez menor sentimiento de pertenencia. Unos políticos inclinados a lo particular, lo rápido y efímero más que a lo colectivo, planificado y a largo plazo. Y unos técnicos incapaces de revertir las presiones que para el diseño del trabajo y las organizaciones reclaman las primeras y diseñan los segundos.

He contado esta anécdota muchas veces. En mis primeros pasos profesionales realicé mucho trabajo
comunitario con largas jornadas y un número ingente de procesos en marcha, reuniones y contactos. Todo estaba por construir y se asumía con normalidad. Y hete aquí, que el responsable político de turno comenzó a reprocharnos que estábamos poco en el despacho y mucho en “la calle”. Argumentaba que había personas que acudían a hablar con nosotros y siempre “estábamos reunidos” en otro sitio. Cuando reorganizábamos el trabajo y planteamos mayor presencia en el despacho el siguiente responsable político (incluso a veces el mismo) volvía a quejarse, esta vez de lo mucho que estábamos en el despacho y poco en “la calle”.

Entonces ya aprendí varias cosas. Que a los políticos hay que hacerles el caso justo. Que un Trabajo Social responsable y transformador se puede hacer en cualquier contexto. Y que el Trabajo Comunitario requiere equipos especializados con dedicación exclusiva.

Creo que eso que se llama “encerrarse en el despacho”, y que oigo con frecuencia como crítica y reproche a nuestra profesión, es algo que deberíamos analizar con más profundidad. Porque ni en los despachos ni en la calle se guarda la quintaesencia del Trabajo Social.

 Por más que haya quien todavía crea en ella y se empeñe en buscarla.


 

miércoles, 3 de febrero de 2021

Teléfonos

 Al Centro de Salud de mi pueblo ha llegado la puesta en marcha de un servicio innovador. Se llama el teléfono para la salud del anciano. Dicen que es una medida sanitaria que responde al envejecimiento de las zonas rurales…

Se ha difundido el número de ese teléfono con profusión por todo el municipio. Junto con unas instrucciones, claro. En ellas se explica que cualquier anciano que tenga un problema de salud debe llamar a ese teléfono. Allí se valorará lo que le pasa y en función de ello se notificará a su Centro de Salud para que desde el mismo se pongan en contacto con él y le proporcionen la cita con el profesional que se estime o la medicación o tratamiento que necesite.

Argumentan los creadores de este teléfono que los ancianos, (que como todos sabemos son muchos y con muchos problemas de salud), necesitan un acceso ágil a los servicios sanitarios y que mediante este teléfono se facilita dicho acceso.

Hasta el alcalde ha hecho un Bando y desde el Ayuntamiento han repartido un montón de pegatinas…

Algún profesional del Centro de Salud ha planteado que no era necesario. Que para eso ya está el teléfono del Centro de Salud y que a través de él los profesionales médicos o de enfermería pueden atender correctamente a los ancianos. Valorarles, seguirles, citarles, visitarles… Alguno duda también de qué profesionales van a hacer esa valoración.

Ante eso se les ha contestado que ese teléfono no sustituye nada. Que si alguien quiere llamar al Centro de Salud, también puede hacerlo. Y que en cuanto a los profesionales que atienden el teléfono, que estén tranquilos, son sanitarios igual que ellos, contratados por una empresa privada a la cual se ha adjudicado la gestión del teléfono. Es un servicio que no tiene más que ventajas, centralizando toda la información a nivel provincial y realizando una primera orientación hacia los servicios sanitarios.

Además que así los ancianos podrán llamar a cualquier hora, sin tener que esperar a que el Centro de Salud esté abierto. A eso se llama urgencias, ha contestado algún otro desde el Centro de Salud. Pero se ha aclarado que no, que no es un teléfono para urgencias y que si se valora que es una llamada de ese tipo se derivará a la atención correspondiente.

Y así tenemos otro servicio más en el pueblo. Que dada la satisfacción con la que los políticos que lo han creado muestran en su difusión, no nos queda ninguna duda de que mejorará grandemente la salud de las personas mayores de nuestro municipio.

Eso pensamos todos, menos algunos profesionales raritos en el Centro de Salud.

Pero ya se convencerán. Porque sé de buena tinta que están pensando en crear alguna otra línea telefónica de este tipo. En concreto una para los afectados por alguna enfermedad determinada y otra para las mujeres mayores de 50 años.

Da gusto un sistema sanitario así, tan innovador.

¡A ver cuándo copiamos alguna iniciativa de éstas en Servicios Sociales!

 

lunes, 25 de enero de 2021

Pobreza inmunológica

 En nuestra última entrada hablábamos de la necesidad de una vacunación ética de la política, a la cual definíamos tan necesaria como la vacuna contra el virus para poder salir airosos de los desafíos que esta pandemia nos ha traído.

Sin un ejercicio ético del poder inherente a la acción de gobernar, la política se convierte en un problema que, en lugar de hacernos avanzar como sociedad, hace retroceder nuestro bienestar y nuestra calidad de vida.

Además, traslada a la sociedad y a la ciudadanía que el bienestar colectivo no es el objeto de la política, que queda condicionado al mantenimiento de los privilegios de las élites gobernantes.

La polémica sobre el acceso improcedente y privilegiado de algunos políticos a las vacunas es paradigmático de este problema.

Inesperadamente la vacuna, que se percibe como la única garantía de no contraer la enfermedad de forma grave, se ha convertido en un bien escaso. Y como sucede en torno a los bienes escasos, no faltan quienes utilizan los privilegios que el ejercicio del poder les supone, para apropiarse indebidamente de ellos en beneficio propio.

Decía en mi anterior entrada que, más que el hecho, lo que nos ha sorprendido son los argumentos que utilizan estos corruptos para justificar su postura. Traducen a las claras el egocentrismo de esta época hipermoderna que estamos atravesando y que el sociólogo Gilles Lipovetsky define como “narcisismo individualista”.

Es el individuo y no la colectividad la medida de todas las cosas. Por ello estos corruptos no ven ninguna contradicción en saltarse los protocolos y administrarse ellos mismos las vacunas, utilizando los más variados argumentos con un único hilo conductor: “mis circunstancias, que sólo yo juzgo, me hacen merecedor de la vacuna.”

Desde ahí se hace imposible el gobierno, pues se traslada a la ciudadanía la desaparición de la función del Estado como garante del bienestar social, sustituido por el “salvase quien pueda” individual. En el fondo es un mensaje conocido. Si no te vacunas (o si eres pobre, o si sufres violencia…) es por tu responsabilidad individual, no eres merecedor de más.

La vida es una carrera de obstáculos. Si te estás quedando atrás algo estás haciendo mal. La prueba es que hay otra gente que está llegando a la meta sin problemas.

Es el verdadero problema de esta pandemia. Se apela a la responsabilidad individual en pro de un bienestar colectivo al cual no se le da ninguna importancia. ¿Cómo pedir por tanto a la ciudadanía los sacrificios o esfuerzos en su bienestar individual que el control del virus requiere?

Queda por tanto deslegitimada cualquier medida al respecto, pues los ciudadanos la cumplirán o no en función de la percepción individual sobre el miedo que tengan (a las sanciones, a contagiarse…). Y este miedo es un ingrediente mucho peor que el compromiso ético colectivo.

Así no tardaremos en ver el siguiente paso en el guión. Las vacunas van a ser necesarias durante mucho tiempo, así que se propondrá la privatización de su acceso. Pronto oiremos voces que, ante la irresponsabilidad política en la gestión de dicho acceso, plantee que debe ser el mercado quien lo regule, pues lo hará mucho más eficientemente que el Estado. Al fin y al cabo, ¿quién puede impedir obtener la vacuna a quien pueda pagar lo que la empresa que las fabrica estime?

¿Veremos pronto vacunas para ricos y vacunas para pobres? Es un escenario probable y coherente con la sociedad que hemos construido, fundamentada en ese narcisismo individualista y falsa meritocracia que todo lo invade.

¿Y cómo se situará el Sistema de Servicios Sociales en ese escenario? Para prepararlo propongo definir otra pobreza. La pobreza inmunológica, para aquellos que el sistema certifique que no pueden pagar el coste de la vacuna y para los cuales se diseñarán unas prestaciones económicas que les permita adquirirla.

Wang propone que si no, siempre podremos organizar un tómbola benéfica o un banco de vacunas para inmunizar a los pobres.

No será porque no hay soluciones…