jueves, 6 de febrero de 2014

¡Una de anchoas!

En la entrada anterior os comentaba que valoraría la actuación del Gobierno, que acaba de anunciar una serie de medidas para paliar la pobreza dentro del Plan Nacional para la Inclusión Social. Pues ahí va.



En esa entrada ya denuncié que se estaba haciendo un uso político y propagandístico de estas medidas, lo cual me parecería ya razón suficiente para oponernos a ellas.

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Pero no se trata de oponernos o no a las mismas. El problema es que estoy ciertamente convencido de que este tipo de medidas en nada contribuyen a la reducción de la pobreza. Hasta la propia Directora General de Familia del Ministerio de Servicios Sociales reconoce que es "dar el pez y no la caña", en una metáfora que de tan manida ya me parece hasta insultante.

Es obsceno en estos momentos hablar de "peces y cañas". Es obsceno y cruel pensar y discutir si hay que entregar un pez o una caña a alguien que está en medio del río, ahogándose arrastrado por la corriente. En esta situación "dar peces" es cruel e insuficiente y en cuanto a "dar cañas" o "enseñar a pescar", que es la otra manera que tienen de denominar estas políticas en nada inocentes, se introduce un componente ideológico bastante peligroso.

Ese componente ideológico que atribuye al pobre la responsabilidad de su situación: si es pobre será por algo. En las versiones más suaves, es un ignorante que no sabe y al que hay que enseñar. En las más duras, que es un vago o un degenerado al que hay que castigar. Wang cree que es a esto último a lo que se refieren con lo de "dar caña"; (pobre Wang, qué lío lleva con el idioma...).

Está claro que eso de "dar peces" es el modelo por el que han optado para ayudar a la gente que se está ahogando en el río. No hace falta que les digamos que no lo van a conseguir. Ya lo saben y no les importa. 

Y por si fuera poco, además ya lo hemos visto más veces: al final a los pobres les llegarán unas tristes y escuálidas anchoas, ya veréis. El besugo, el lenguado y los grandes filetes de merluza y emperador se las seguirán reservando los ricos. Las condiciones serán tan restrictivas y el modo de gestión tan ineficaz que las ayudas serán al final algo anecdótico.

 Y en cuanto al modo de gestión... En la propia noticia del anuncio de estas medidas, que os vuelvo a enlazar aquí, ya se adivina el modelo. Transcribo literalmente lo que dice:

 "Su funcionamiento es relativamente sencillo. Por ejemplo, Cruz Roja, que acaba de recibir por primera vez para este tipo de gasto las ayudas de IRPF de 2013 para 2014, destina una ayuda máxima para luz, gas y agua de 90 euros por familia. Tras estudiar caso por caso, después tienen que presentar varios justificantes que acrediten que el dinero ha llegado a la familia. Así, si una familia en extrema necesidad requiere que le paguen la luz, Cruz Roja tiene que presentar al Gobierno el recibí de la familia, la copia de la factura de luz y un medio que garantice que ese dinero se ha destinado a pagar la factura, como un sello del banco o una impresión mecánica sobre la factura, según explican desde Cruz Roja. Todo ello para que cada euro destinado a las autonomías o a las ONG vaya de verdad a los que realmente más lo necesitan."

Como siempre modelos confusos, que mezclan la responsabilidad pública y la iniciativa social en un batiburrillo donde a la gente no se le reconoce derechos y se le somete a una inoperante discrecionalidad en las ayudas. Modelos que obvian el Sistema de Servicios Sociales y la red de atención que (cada vez menos) constituyen.

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Así, cuando una familia tenga problemas para pagar, pongamos por caso un recibo de la luz, puede acudir a Cáritas o a Cruz Roja, o a cualquiera de las ONGs que ejecutarán estas medidas. Allí se valorará su situación (una injerencia más en una función que debería ser pública) y se concederá o no esa ayuda. Claro que también esa familia puede acudir al alcalde de su pueblo o ciudad, que tal vez se la conceda directamente. En este último caso, al menos, la familia se ahorrará la valoración: tras la reforma de la administración local no habrá técnicos en los Ayuntamientos que la hagan.

Si algún Gobierno se plantea de verdad la lucha contra la pobreza, en primer lugar sería necesario una modificación de los mecanismos estructurales que la están creando. Una verdadera política fiscal y económica redistributiva acompañada de políticas sociales universales, que son las únicas que han demostrado su eficacia para conseguir la reducción de la pobreza.

Mientras tanto, este tipo de planes y medidas, (que por otra parte gozan de bastante crédito entre muchos sectores de la sociedad y en el ámbito político), no pasarán a mi juicio de ser algo más que un triste bocadillo de anchoas que se tira al río mientras le hacemos creer al que se está ahogando que le lanzamos un salvavidas.

 Oye, y tan anchos...

lunes, 3 de febrero de 2014

Hágase la luz

No me parece gratuito que, tras la fiesta de autocomplacencia que las fuerzas conservadoras acaban de celebrar este fin de semana, nos desayunemos el lunes con la noticia de que el Gobierno va a pagar la luz y el agua a los ciudadanos que estén en pobreza severa. Noticia.



http://www.flickr.com/photos/cfuentes/2258981346/lightbox/
Porque creo que ambos sucesos están relacionados. Como no podía ser de otra manera, en la convención (me pregunta Wang si se llama así porque pretenden "convencernos" de algo) que el Partido Popular ha celebrado estos días, la maquinaria propagandística que gestionan se ha hecho abundante eco de las loas y parabienes que en tal reunión han vertido sobre la magnífica gestión económica y social del Gobierno.

Pero como la realidad es tozuda y se empeña en demostrar que esa gestión ha sido una auténtica máquina de generar desigualdad y pobreza, había que completar el asunto anunciando medidas para los ciudadanos damnificados por su política.

Y es que hasta ahora la política de este Gobierno ha sido clara: sin salirse ni un ápice del catecismo neoliberal, la política económica ha estado dirigida a favorecer e incrementar los beneficios y rentas de las grandes corporaciones y empresas de las clases altas, creyendo que este enriquecimiento de los poderosos irá filtrándose en una especie de ósmosis social hacia las clases más desfavorecidas. Obviamente, esto no ha sucedido (y eso a pesar de la propaganda realizada sobre las bondades de los mecanismos benéfico-asistenciales). Si la realidad es tozuda los ricos lo son más, y tienen la mala costumbre de quedarse con el dinero que les llega. Aquí os dejo un enlace para que veáis como les ha ido en 2013 a los ricos.

El resultado es que cada vez más ciudadanos sufren los efectos de la pobreza. Y como eso es peligroso para los intereses de quien nos gobierna, hay que publicitar medidas con las que parezca que se ocupan de esos efectos. 

Así se anuncian las medidas para el 2014 del Plan Nacional de acción  para la Inclusión Social, para paliar los efectos de esa pobreza severa. Y entre estas medidas, ahora que está desgraciadamente de moda eso de la "pobreza energética", han incluido entre otras una especie de bonos o ayudas para pagar la luz y el agua a las familias que tengan menores y se encuentren en pobreza severa.

No seré yo quien me oponga a semejantes ayudas, pero creo que no sirven para nada y no son sino una muestra más de en lo que se ha convertido nuestro Estado de Bienestar. Un conjunto de retales y medidas absolutamente insuficientes en una sociedad que, mientras por una parte expulsa gente a velocidad de crucero, por otra les lanza migajas para sentirse bien.

Pero como no quiero cansaros, dejo la explicación de mi postura sobre este tipo de medidas para mi próxima entrada, en la que hablaré de anchoas y otros animales...




martes, 28 de enero de 2014

Pequeñas identidades

Soy funcionario público, Trabajador Social en Servicios Sociales y vivo en el medio rural. Entre otras muchas dimensiones, éstas son tres realidades que configuran mi persona. Y las tres tienen algo en común: son realidades poco reconocidas, con escaso prestigio social y sobre las que gravitan montones de prejucios que las estigmatizan.


Cada una de estas realidades daría para varias entradas y reflexiones en este blog. 

Con respecto a mi profesión, en el imaginario popular somos principalmente una especie de "conseguidores de recursos" (especialmente dinero) para "gente con necesidades" ("pobres", en una palabra). Es una especie de reduccionismo que a veces compartimos con otras profesiones: por ejemplo todos saben que los psicólogos son la profesión encargada de tratar a los locos o que los enfermeros son los que ponen las inyecciones que les manda el médico correspondiente.

Siempre me he preguntado porqué esta especie de caricaturas profesionales están tan arraigadas en la población general y entre grupos de profesionales. ¿Desconocimiento? ¿Intereses corporativos? ¿Estrategias de desprestigio? ¿Errores profesionales? Seguro que un poco de todo.

En cualquier caso, si ser Trabajador Social ya es algo que tiene escaso reconocimiento social, ser Trabajador Social en Servicios Sociales es absolutamente esquizofrénico. No, no es una metáfora. Y os lo explico.

Paul Watzlawick, en su clásico libro "Pragmática de la comunicación humana"  nos explica que, ante la autodefinición que de sí mismo puede realizar una persona, los demás tenemos tres opciones: confirmar esa definición, rechazarla o desconfirmarla.

Pues bien, yo sostengo que como profesionales, estamos  sometidos a una contínua e intensa desconfirmación por parte del poder político. Como muy bien dice Watzlawick en su libro, "la desconfirmación ya no se refiere a la verdad o falsedad (...) de la definición que alguien da de sí mismo, sino más bien niega la realidad de ese alguien como fuente de tal definición. En otras palabras, mientras el rechazo equivale al mensaje: "estás equivocado", la desconfirmación afirma de hecho: "tu no existes". (pg.87)

Y la indiferencia, el no importas, no existes... es lo peor que puede hacerse con una persona o profesional. Como bien se expresa en el libro que os cito: "No podría idearse un castigo más monstruoso, aun cuando ello fuera físicamente posible, que soltar a un indivíduo en una sociedad y hacer que pasara totalmente desapercibido para sus miembros".

Es algo  que, lamentablemente, están experimentando de una forma muy intensa l@s compañer@s de Castilla-La Mancha. Ninguneados por el poder político, están viendo como se destruyen sus puestos de trabajo y con ellos, el Sistema Público de Servicios Sociales en el que trabajan. Os enlazo aquí la página de la plataforma que han creado para la defensa del mismo. ¡Ánimo, compañer@s!

Una muestra más del talante de los gobernantes actuales hacia los servicios sociales: no importáis, sois prescindibles, no pasa nada si existís o no.

Sometidos a semejantes desconfirmaciones no es de extrañar que los Trabajadores Sociales ocupemos un puesto bastante bajo en cuanto a felicidad laboral. Podéis consultarlo en este enlace a la encuesta que Adecco realizó sobre el tema.


Pero sigamos con las realidades que os nombraba al principio. En cuanto a la última que citaba, la del medio rural... La gente de los pueblos también llevamos lo nuestro. La cantidad de estigmas que caen sobre nosotros es inmensa. Principalmente de dos tipos. A veces se habla del medio rural como un lugar bucólico, inmaculado y romántico, donde la solidaridad, la ayuda mútua y la tranquilidad están conservadas, ajenas al individualismo y al estres de la gran ciudad. En otras ocasiones se habla de nosotros como personas empobrecidas, con falta de recursos (personales y de los otros), carentes de las oportunidades formativas, laborares, relacionales y de ocio que tienen también en las ciudades. Pues ni una cosa ni otra, sino todo lo contrario.

Y llego para terminar, a la primera cuestión. A veces, cuando digo que soy funcionario me siento como en una reunión de alcohólicos anónimos. "Me llamo Pedro y soy funcionario..." Como si tuviera un defecto, una enfermedad o algo de lo que arrepentirme. Por momentos, la ideología neoliberal ha calado fuerte en la población y ésta se ha lanzado a estigmatizar a los funcionarios y a culparlos del excesivo gasto público, convirtíendose así en cómplice inconsciente del desmantelamiento de lo público. Ahora que lo público, lo de todos, está en riesgo y lo privado se está quitando la careta y mostrando a las claras a quién sirve, espero que los vientos cambien.

Pero aunque de momento los vientos vengan en contra, yo me siento orgulloso de mis pequeñas identidades: de ser de pueblo, de ser Trabajador Social y de trabajar en lo público. Entre otras cosas.

miércoles, 15 de enero de 2014

Crueldad intolerable

El partido político que mantiene y da cobertura a este gobierno tan insensible a los temas sociales que padecemos acaba de sacar una lista con lo que, a su juicio, son los 40 principales éxitos de su gestión. Es tan burda la mentira y tan torpe la propaganda que contiene la lista, que no merecería mayor comentario. Pero el listado contiene una aseveración que me ha llamado poderosamente la atención...



Se trata de la frase con la que evalúan sus medidas sobre la Ley de Dependencia. Os pongo aquí el enlace al listado. Contiene la siguiente afirmación: "Las prestaciones por dependencia por fín llegan a quien más lo necesita."

No se a vosotros, pero a mí la frasecita me ha provocado. Lo ha hecho porque creo que es de una crueldad, como digo en el título, absolutamente intolerable.


Con todas sus carencias, tanto en el diseño como en su desarrollo normativo, de las que ya hemos hablado en este blog, la Ley de Dependencia ha constituido uno de los grandes hitos en materia de protección social en este país. Por primera vez se reconocían una serie de derechos sociales para la protección y autonomía de personas especialmente vulnerables, como son las afectadas por una situación de dependencia. Un avance en el Estado de Bienestar comparable a la universalización de la Sanidad, la Educación o las Pensiones.

Pero a este Gobierno que sufrimos esto de los avances en Bienestar Social le da como urticaria, y desde su acceso al poder se ha dedicado con fruición al desmontaje de la Ley. Recortando prestaciones, retrasando el reconocimiento de derechos, eliminando cotizaciones a los cuidadores, ampliando los tiempos de espera, aumentando el copago, disminuyendo inmisericordemente la aportación estatal...

Los recortes han sido tan brutales que, en la práctica, han supuesto la eliminación de la Ley. Os pongo un enlace aquí al  Observatorio de la Dependencia de la Asociación estatal de Directores y Gerentes de Servicios Sociales, cuyos dictámenes contienen un excelente relato de esta derogación encubierta.

Cualquiera además que conozca a nivel familiar o profesional el sistema de dependencia sabrá de los sufrimientos y el malestar que estos recortes han causado a muchas personas y en muchas situaciones.

Y es que además de ser mentira (las ayudas a la dependencia no es que lleguen a quien más lo necesita... es que han dejado de llegar, o lo hacen tarde, mal y de forma insuficiente en numerosas ocasiones) la frasecita contiene un "por fin" que señala el sentido de la frase. Con este "por fin" se alude a la gestión anterior, en la cual, según el ideario que nos están queriendo imponer, todo era despilfarro y se daban ayudas indiscriminadamente a quienes no lo necesitaban. Con este "por fin" se autoproclaman como aladides de la justicia, que han venido a poner coto a tantos desmanes. Con este "por fin" justifican el haber dejado las ayudas a la dependencia en algo meramente residual.

Son argumentos propios de esta ideología conservadora que nos gobierna, en la que se atribuye al gasto social el haber desestabilizado la economía y se justifican los recortes en política social en aras de una supuesta sostenibilidad del sistema. Para ello no se duda en estigmatizar a los pobres, a los dependientes, a los parados, a los perceptores de prestaciones sociales varias... Se deja caer la idea de que muchos de ellos son unos aprovechados, unos pseudo-defraudadores que perciben estas prestaciones sin necesitarlo o sin merecerlo, y que ello es la causa de que el sistema esté en riesgo y haya que recortarlo. (Es curioso por otra parte como en esta ideología se pasa tan rápidamente de la conmiseración hacia los pobres y necesitados al ataque y acusación hacia los mismos como unos vagos y aprovechados...)

En realidad todo ello esconde un pensamiento estratégico neoliberal en el cual la protección social no es tarea del Estado.

Es lamentable esta consideración del gasto social, (aprovecharemos para volver a señalar que en España siempre hemos estado muy por debajo de la media europea), que no tiene en cuenta ni la capacidad de estímulo de la economía del mismo, ni el importante ahorro futuro que supone implementar políticas de prevención.

Dos cuestiones que estaban muy presentes en la Ley de Dependencia y que apenas habían comenzado a desarrollarse cuando se han visto cruelmente desmontadas.

Wang me ha recordado un viejo proverbio, en este caso árabe: "La crueldad es la fuerza de los cobardes". No podría definirlo mejor.

viernes, 10 de enero de 2014

Francotiradores y paracaidistas

Hoy esta entrada es una de esas en las que no sé si voy a ser capaz de transmitir lo que llevo en la cabeza. Al menos, sin liarme demasiado. Lo cierto es que unos sucesos recientes, que no vienen al caso, me han hecho reflexionar sobre algunos aspectos de las relaciones de ayuda.

 

Creo que el título que le he dado a la entrada os sugerirá por donde van estas reflexiones que os comento. Van en torno a las relaciones de ayuda, a las cuales definiremos, simplificando mucho, como las relaciones que se establecen entre seres humanos, en cuanto a seres sociales, para satisfacer sus necesidades. 

Como artificio para mi análisis, voy a dividir las relaciones de ayuda en tres tipos. La relación de ayuda profesionalizada, la relación de ayuda espontánea y la relación de ayuda que he llamado "híbrida".

  • La relación de ayuda profesionalizada en un instrumento para la intervención social. Como intervención profesional está sujeta a unas reglas, unos marcos teóricos y unos límites institucionales, que la contienen y en virtud de los cuales adquiere sentido. 
  • La relación de ayuda espontánea nace de la  condición social del ser humano. En ella, unas personas proveen a otros de los recursos o ayuda que les es necesaria ante diversas necesidades o adversidades. Constituyen las muestras de solidaridad y de ayuda mútua que se han dado siempre en todas las sociedades.
Con ambas relaciones de ayuda las cosas están bastante claras. Al fin y al cabo podríamos decir que la primera es la forma pública de la segunda, que se desarrolla en el ámbito privado y se organiza socialmente en aras de una mayor eficacia, bien ante la complejidad del problema o bien como consecuencia de su extensión. La historia del Trabajo Social y sus antecedentes está llena de ejemplos de este tipo.

Las que me preocupan especialmente son las relaciones de ayuda que denomino híbridas, que tanto veo proliferar ultimamente. En ellas se sale del ámbito privado y se utiliza una relación de poder, de prestigio o económica para desarrollar una relación de ayuda pública pero fuera de los marcos y reglas profesionales.

El análisis, la hipotetización, el diagnóstico, la evaluación, la planificación, el trabajo en equipo, la intervención en red, el proceso... son todos elementos de la intervención social en los que se basa la relación de ayuda profesionalizada.

Son los elementos que se obvian en esas relaciones híbridas que por ejemplo encontramos con mucha frecuencia en la política o en la iglesia. Ya he hablado en otras entradas de las variadas motivaciones que llevan a las personas en estas instituciones a realizar este tipo de actuaciones: desde la buena voluntad hasta graves carencias narcisísticas. Es lo de menos. Lo importante es el resultado de esas intervenciones públicas, desarrolladas al margen de las estructuras que la sociedad ha creado para realizarlas.

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En esta sociedad posmoderna y neoliberal, donde lo individual está consagrado por encima de lo colectivo y lo público es desprestigiado en beneficio de lo privado, estas actuaciones están convirtiéndose no ya en excepciones, sino en el modelo propuesto.

Es una forma más del desmontaje del Estado de Bienestar que estamos sufriendo. Y es triste que a veces los profesionales colaboramos con ello: cada vez que no somos lo suficientemente rigurosos y respetuosos en nuestra intervención, cada vez que preferimos refugiarnos en nuestra individualidad y no construir la intervención en un proceso compartido y consolidando las estructuras existentes. Cada vez que no denunciamos ni nos oponemos a esas formas de ayuda híbridas que estamos viendo crecer a nuestro lado.

Entonces, sin advertirlo, nos estamos convirtiendo en unos más de esos francotiradores y paracaidistas de la ofensiva contra el Estado del Bienestar.