jueves, 13 de octubre de 2016

Dimensiones problemáticas


En mis diálogos con Wang intento explicarle muchas veces cómo el Trabajo Social ocupa, por su propia esencia, lugares difíciles y contradictorios. Solemos navegar por zonas de incertidumbre donde las tensiones dialécticas de todos los actores comprometidos son importantes.


Desde la complejidad necesaria para comprender y trabajar desde esos lugares suelo rechazar las explicaciones simples que, sobre todo fuera de nuestra profesión pero en demasiadas ocasiones también dentro, se dan a los problemas y situaciones sociales que abordamos.

Observo con preocupación las propuestas que, invariablemente, surgen de algunas voces proféticas ante algunos de estos problemas y situaciones sociales. Desde lo más individual, como puede ser la situación de una familia concreta, a lo más global, como los grandes problemas sociales que nos envuelven (la pobreza y desigualdad, la violencia infantil o contra la mujer…) nunca faltan voces que nos indican lo que hay que hacer. Y no sólo lo que hay que hacer: lo que el Trabajo Social debe hacer.

Rechazo también ese tipo de consejos, opiniones, recomendaciones o requerimientos. Si vienen desde fuera de nuestra profesión, porque no es sino otra forma de intrusismo, problema al que estamos tan acostumbrados que, en ocasiones, ni percibimos. Y si vienen desde dentro, porque creo que a esas voces les sobra el grito y les falta reflexión y diagnóstico, además de que no respetan las diferentes estrategias o alternativas que, en función del contexto, puede realizar un profesional.

Huyo como digo de las soluciones que parten de esas voces, que con mucha frecuencia, no esgrimen otro rango más allá de la sintaxis del dar/quitar. “Lo que hay que hacer con esta familia es…” darles algo (una vivienda, dinero para pagar la luz) o quitarles algo (los niños, la prestación que perciben, la relación entre ellos).

Hablaríamos mucho de esa sintaxis dar/quitar y de sus efectos en las familias, pero no quiero ir hoy por esos derroteros.

Mi reflexión tiene más que ver con el lugar que ocupamos como profesionales y la posición que tenemos que adoptar. Explicaré esta posición en el marco de la pobreza y exclusión social (aclarando que opino que la pobreza no es algo de lo que tenemos que ocuparnos los servicios sociales, ni como problema social ni como situaciones concretas familiares) y en el marco de los servicios sociales públicos, aunque creo que, con la adaptación correspondiente, puede ser extrapolable a otros contextos.

En este contexto los profesionales estamos en el medio de un triángulo en cuyos vértices estarían los otros tres actores del cuadro: los políticos, los usuarios y el resto de la población. Podríamos representarlo así:





Es un lugar, como se intuye en la imagen, ciertamente difícil. Para poder trabajar desde ella adecuadamente, creo que el profesional debe mantener una posición de neutralidad. Y explicaré que el concepto de neutralidad que yo propongo no tiene nada que ver con el de equidistancia, sino más bien con la conciencia de que cualquier desplazamiento del profesional hacia una de las partes tiene repercusiones en las otras que debe medir y controlar.
  




Esas repercusiones serían los efectos de los desplazamientos que realiza el profesional en su intervención y que en el esquema que propongo estarían representados por las relaciones entre los actores. Las internas del triángulo representan las que los profesionales mantenemos con el resto de actores y las externas las que ellos mantienen entre sí.

Es obvio inferir que cualquier cambio en una de estas relaciones va a tener efectos en las demás. Sería interesante analizar cada uno de los posibles movimientos y sus diferentes repercusiones, pero nos llevaría demasiado lejos.

El concepto que pretendo dibujar es que en esta posición y dimensión problemática, (dada porque los actores no tienen las mismas condiciones, valores, poder e intereses) el profesional no puede alinearse irresponsablemente con ninguno de ellos sin tener en cuenta esta complejidad.

Y de lo que principalmente adolecen esas propuestas simples de las que hablaba al principio es de ese análisis contextual. Proponen generalmente que el profesional se alinee incondicionalmente con uno de los actores, sin medir que eso va a afectar al resto de relaciones, que en algunas ocasiones pueden quedar seriamente afectadas y comprometidas.

El desequilibrio de ese tejido relacional hacia el vértice de los usuarios es uno de los más frecuentes y necesarios en la intervención social. Pero oigo con frecuencia como se arenga a los profesionales a una intervención profesional que propone ese desequilibrio hacia los usuarios como si todo lo demás no existiera, como si no hubiera que tener en cuenta los contextos socio-políticos en que esa intervención se inscribe. Y veo con preocupación cómo se juzga al profesional que no suscribe esa “revolución”.

Hace más de quince años que descubrí las carreras de fondo y a través de ellas he aprendido algunas cuestiones que hay que tener en cuenta para llegar con éxito a la meta. Y utilizo esta metáfora de las carreras de fondo porque estoy convencido de que la intervención social es una de ellas.

Cuando comienzas un maratón no puedes lanzarte irresponsablemente a correr a un ritmo superior al que puedes afrontar, a pesar de que el ambiente, tus sensaciones u otros corredores te lo propongan. A no ser que seas un atleta de élite, tu objetivo no va a ser ganar, sino llegar. Y para llegar no basta con correr: hay que saber el recorrido, dónde y cómo dosificar los esfuerzos, alimentarse e hidratarse bien, haber entrenado lo suficiente, ir a un ritmo adecuado, conocerse a sí mismo, ser cauto con los dolores y las lesiones…

He sido testigo muchas veces de corredores (a mí mismo me ha pasado en alguna ocasión) que empiezan la carrera con mucho vigor y entusiasmo y luego no son capaces de acabarla.

Pero eso es un lujo que en la intervención social no nos podemos permitir.



domingo, 9 de octubre de 2016

Curanderos



Vaya por delante que no quiero herir la sensibilidad de nadie,  pero estoy harto de los curanderos sociales. Gente sin ninguna formación, y a veces con ella, que se permite aconsejarte cómo resolver tal o cual problema social (tanto los globales como los individuales) al tiempo que te recrimina por qué no has aplicado esa solución tan evidente, que ellos han descubierto cual piedra filosofal y a tí te había pasado inadvertida.


 

     No sé a vosotros, pero a mí me pasa a menudo. Por mi lugar profesional ocupo una posición compleja, en una intersección entre usuarios, políticos y población general, así como entre diferentes instituciones tanto públicas como privadas, que no siempre tienen los mismos intereses ni capacidades.

     Armonizar todo este entorno para una acción social eficaz ocupa gran parte de mi trabajo y energías.

     Cada vez que nos enfrentamos en nuestro centro a una demanda o problema, (bien de una familia, de una institución, de un grupo o de la comunidad en general), abordamos un problema complejo, con muchas variables y sistemas implicados que hay que analizar y diagnosticar con cuidado, para que la intervención tenga sentido y se pueda lograr una solución eficaz al problema.

     Ello, naturalmente, requiere de un proceso en el que el tiempo y el diálogo van a ser algo muy importantes.

     Pues bien, durante este proceso solemos encontrar con demasiada frecuencia voces que comienzan a opinar cómo habría que resolver el problema. Yo les llamo curanderos. Y como éstos para las cuestiones de salud, los curanderos son algo muy dañino en lo social. Empeoran el problema y a veces sin remedio. Yo he visto algunos destrozos de difícil recomposición.

     En ocasiones son gente con escasa o ninguna formación en cuestiones sociales (un político, otros profesionales, algún vecino…). Suelen lanzar mensajes de forma indiscriminada del tipo: “lo que habría que hacer es…” o “no sé por qué no se ha hecho esto todavía…”.
     
     Al principio podría pensarse que sólo son gente bienintencionada que quieren solucionar el problema. No os dejéis engañar. Los curanderos nunca son altruistas. Persiguen sus propios intereses, no los de quien tiene el problema, que en el fondo suelen importarles bastante poco. Si a los curanderos en cuestiones de salud suele motivarles el dinero a éstos les suelen motivar otros intereses: el poder, el prestigio, el saberse “buenos”…

     Lamentablemente, no encontramos curanderos sólo fuera de nuestra profesión. Abundan también dentro de la nuestra y afines. En este caso, sin apenas datos y sin conocer el contexto de la intervención suelen criticar la actuación del colega, más o menos explícitamente.
 
      Sabios como ninguno, a veces te derivan el problema con el diagnóstico y la prescripción hechos, otras veces se limitan a criticar tu intervención. Como los anteriores, no le motiva la resolución del problema, aunque pudiera y pretendan parecerlo. Su motivación, además de las anteriores, suele estar relacionada con el mantenimiento de su “statu quo” laboral o directamente con el medro profesional. El colega, el problema y quien lo porta son secundarios.

      En el fondo, no son sino una forma de intrusismo que difícilmente podemos combatir. Como muchos de los parásitos, procuran pasar inadvertidos mientras van alimentándose y produciendo sus efectos patógenos.

       Wang, que conoce muy bien a los curanderos, pues abundan en su país, me dice que si no se está preparado, son muy difíciles de identificar y de distinguir de los profesionales útiles y honrados.

       Y que lo digas, amigo, y que lo digas…

jueves, 6 de octubre de 2016

Limosna y arroz con leche

No quería. Os prometo que no quería... Pero Wang me ha obligado a comentar la noticia con la que el periódico ABC abre hoy su portada. Me dice que si no lo hago no volverá a hacerme más ese arroz con leche que tanto me gusta. Así que no he tenido más remedio.


Bueno. Aunque tal vez sea lo menos importante, lo primero que llama la atención es el estilismo. Todo un acierto vestirse de rojo y blanco, a juego con las huchas. La elegancia preside todas las intervenciones de la reina y en un evento semejante, no podía ser menos. De diez.

Permitidme también que atraiga vuestro interés hacia el peinado. Un suave y elegante ondulado a la vez que un poco encrespado, muy apropiado para lo informal, aunque serio, del acto.

Luego el titular. Otro acierto también aludir a la cruz de los desfavorecidos. Hace falta mucha sensibilidad periodística (y humana también, incluso cristiana, podríamos decir...) para darse cuenta de que los desfavorecidos lo pasan mal y tienen su cruz, su cuota de sufrimiento. Sufrimiento que la reina, al dar la cara de forma tan valiente, aliviará sin duda grandemente.

Fijáos también en cómo el texto de la noticia refleja el valor de nuestra protagonista, y el arrojo con el que no duda en requerir esos necesarios donativos. Determinación, generosidad y nobleza, valores que tanto echamos de menos en otros aspectos de la vida pública.

Por otro lado, no pasa desapercibido el texto de la esquina superior izquierda (tal vez el único fallo en la imagen: sin duda el texto hubiera quedado mucho mejor en la esquina superior derecha). La reina, animando a los periodistas a aportar su limosna ha querido, en su infinita grandeza, darnos a todos un gran mensaje y una inapreciable lección: la lucha contra la pobreza infantil depende de lo generosos que seamos con las limosnas. 

Porque es la limosna lo que puede solucionar esa dolorosa situación que tan claramente, en otro ejemplo de cómo el periodismo puede combinar sensibilidad con información, se nos relata en la imagen. No se vosotros, pero desde que lo he leído no puedo dejar de pensar en ese niño de cada diez (de los atendidos por Cruz Roja) que no puede hacer una de las tres (principales) comidas. Aunque sea duro saberlo, siempre es mejor que nos aporten datos de la cruda realidad de esos niños, para ver si nos sensibilizamos con ello.

Limosna, caridad, beneficencia... Son la verdadera respuesta a las injusticias de este mundo. Así ha sido desde el inicio de los tiempos. Es bueno que noticias como esta nos lo recuerden y remuevan nuestro negro corazón.


PD. Antes de publicar esta entrada, se la he dejado leer a Wang. Y me ha dicho que la publique si quiero, pero que me he quedado sin arroz con leche para mucho tiempo. ¿Vosotros lo entendéis? ¿Pues no quería que comentara la noticia?...

jueves, 29 de septiembre de 2016

Olimpiadas y pobres

Las Olimpiadas que se celebraron en Brasil el verano pasado nos dieron muchas noticias que fueron motivo de bastantes conversaciones entre Wang y yo. Comentábamos desde el machismo imperante en el tratamiento mediático de las mismas hasta el neocolonialismo que suponían para el país, pero una de las cosas que más nos llamaban la atención era la frecuencia con que los comentaristas aludían a la dificil infancia o condiciones adversas que los atletas habían tenido que superar para llegar a luchar por las medallas en la cita olímpica.


Para Wang, estas noticias le hablaban de esperanza. De cómo estos atletas, a pesar de haber tenido dificultades muy importantes, eran todo un ejemplo de resiliencia y de que unas condiciones iniciales difíciles no tienen por qué determinar la vida.

Yo en cambio le decía que era un arma de doble filo. Por un lado no se qué aporta al deporte el saber las intimidades de tal o cual atleta. En ocasiones me parecía una intromisión intolerable en su vida privada. Por ejemplo, para valorar el esfuerzo de una gimnasta no veo en qué nos ayuda saber que su madre era alcohólica y la abandonó, o que su pareja la maltrataba, o que tuvo que superar no sé cuantas privaciones y desgracias hasta hacerse deportista.

A mí me parecía que, de forma más o menos intencionada, se nos quería hacer llegar un mensaje. Wang dice que soy un malpensado, pero no puedo evitarlo y me pareció que se nos quería dar a entender que eso de la pobreza no es para tanto. Que nacer en un entorno complicado, con unas circunstancias difíciles de pobreza o violencia, es algo que se puede superar con el esfuerzo personal.

Es una nueva forma del mensaje americano del "self made man", la persona que, partiendo de la nada y sólo con trabajo y esfuerzo pudo construir un proyecto exitoso.

Pues lo siento, pero a mí no me la cuelan. Todas esas historias de niños abandonados, maltratados y pobres que llegan a ser deportistas exitosos son auténticas excepciones en las que, en el caso de ser ciertas, lo único relevante ha sido el azar y la suerte.

Vivir en la pobreza o con violencia tiene gravísimas condiciones que el énfasis de éstas noticias me parece que banalizan. Nacer y crecer en un entorno pobre y deprivado es algo que no se puede superar fácilmente, y mucho menos fiándolo al esfuerzo personal.

El mensaje al final es culpabilizador: "Si eres pobre o no has llegado a nada en la vida, es por tu culpa, porque no te esfuerzas lo suficiente... Y si no, mira la chica americana esa, que saltos da."

Pues no. Tras 30 años de profesión, sé perfectamente cómo se reproducen la pobreza, la violencia y las circunstancias adversas. Sin apoyos externos, en cantidad y con la calidad adecuada, es casi imposible salir de ellas. Y quiero subrayar la cantidad y la calidad de estos apoyos, no las miserables migajas que en política social estamos dedicando desde hace tiempo a estas situaciones.

Porque si nos parece que la escasez de inversión social no va a tener ninguna consecuencia en el futuro, o que tolerar ahora las cifras de pobreza o desigualdad con las que convivimos es algo coyuntural, que se resolverá por sí sólo, vamos muy equivocados.

Y como hace Wang, podéis llamadme malpensado, pero la profusión de estas noticias solo son coartadas de nuestros gobernantes para seguir repartiendo esas migajas y no tomar en serio el problema.