viernes, 21 de diciembre de 2018

Ahora que acaba el año...

Escribir en estos tiempos tiene un punto de locura. Atreverse a reflexionar sobre la política social y criticar algunos aspectos de los servicios sociales y del trabajo social sólo puede hacerse desde la inconsciencia o desde el privilegio de tener trabajo y haber ejercido en el sector más de treinta años.


Como Wang y yo cumplimos ambas condiciones (él es el inconsciente), hemos conseguido mantener vivo este blog durante siete años.

En unos momentos donde no es fácil exponerse. Hoy se lleva callar, pasar desapercibido, no perturbar el orden establecido, no provocar... Las redes sociales todo lo magnifican y si son un magnífico altavoz para compartir ideas, no es menos cierto que también son un perfecto vehículo para el insulto y la descalificación, en unos tiempos en que la sociedad (y nuestra profesión dentro de ella) tiene la piel demasiado fina en lo formal mientras aguanta carros y carretas en los contenidos.

Este ejercicio de escribir tiene estos claroscuros. Y eso que a mí hacerlo a través de este blog me ha traído sobre todo cosas positivas. Sanos debates y reflexiones, multitud de amigos/as, contactos, colegas... (a muchos de los cuales admiro y, a los que, algunos sin conocerles, les he cogido mucho cariño). 

No negaré que también me he llevado algún disgusto. Mi estilo de escribir y mi estrategia de comunicación creo que no siempre son bien entendidas y en ocasiones me parece que he herido alguna sensibilidad. Pido disculpas por ello.

A veces siento que escribo contra todo. No lo puedo evitar. El blog nació con vocación de denuncia, y así seguirá. Lo que no excluye que intente siempre fundamentar y argumentar mis críticas lo más solidamente que puedo y que procure siempre ofrecer alternativas dentro de ese contínuo que va desde la pragmática a la utopía.

Y bueno, ya no os canso más.

Os dejo, como todos los años, las entradas más visitadas del año que terminamos, por si os apetece revisitarlas.
  • "Pobreza menstrual". Un intento de denunciar el interesado parcelamiento de la pobreza y los modos ineficaces y crueles con que se finge poner remedio. 
  • "El barco". Sobre lo que parecía el inicio de una nueva política en materia de acogida de inmigrantes.

También os pongo un enlace a dos archivos con todas las entradas del blog en formato pdf, por si queréis descargarlas y conservarlas en ese formato. 

Aprovecho para desearos unas felices navidades y para el año que viene, la mejor de las fortunas. Por mi parte seguiré escribiendo durante 2019 siempre que la ocasión lo merezca y mientras la libertad y la creatividad me lo permitan.

Un fuerte abrazo de Wang, y otro mío... amigas y amigos. Espero seguir disfrutando de vuestra compañía el año que viene, a ver si nos trae algo más de justicia en esta política social que padecemos.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Se ha escrito un crimen

Ea. Ya vale. Que no cuela, vaya. Que aunque no sea politicamente correcto voy a decir lo que llevo pensando mucho tiempo y no veo que nadie explique con claridad en este tema de los desahucios: que nadie se quita la vida, que nadie se suicida, por un desahucio. 

 

Me he animado a compartir esta reflexión al leer la valiente entrada de mi compañera Belén Navarro "De desahucios, suicidios, servicios sociales y hartazgo" , donde denuncia con claridad algunos aspectos en relación a estos casos, aspectos que yo pretendo desarrollar aquí.

Y es que mola llamar asesinos a los que desahucian. A esos bancos que promueven los casos, a los jueces que aplican la ley sobre la propiedad, a los políticos encargados de legislar, a esos policías que colaboran con el mandato judicial, a esos servicios sociales que no han tramitado con celeridad una alternativa...

En unos casos es una manera de instrumentalizar un hecho para intentar defender una causa en la que se cree. En otros casos es simplemente una reacción ante el dolor de presenciar como el sufrimiento de uno de nuestros semejantes le ha llevado a terminar con su vida.

A todos nos van las explicaciones sencillas y lineales. Si una persona se ha suicidado y estaba inserta en un proceso de desahucio, se atribuye la culpa de ese suicidio a ese proceso y pasamos a otra cosa. El problema es que en un mundo tan complejo y global como el que vivimos, esas explicaciones no sirven.

Y menos en el caso de los suicidios. Un suicidio es un asunto muy complejo, donde se entrelazan factores psicológicos individuales de diversa etiología, junto a un gran número de factores sociales y relacionales en la biografía e historia vital de un sujeto, causándole un gran sufrimiento y una situación insostenible de la que se pretende escapar con ese acto.

Ya Emile Durkheim, en su famoso estudio sociológico de hace más de cien años, demostró la importancia de esos factores sociales y propuso una clasificación de distintos tipos de suicidio. Desde entonces, han sido numerosos los autores y estudios sobre la conducta suicida, que, aún hoy, estamos lejos de comprender. 

Pero algo está claro. No puede ser atribuida esta conducta a un sólo factor. Al menos sin oscurecer el resto mediante una puntuación interesada que nos lleva a una menor comprensión del contexto y, por tanto, a una menor capacidad de prevenir y evitar estas situaciones.

Sentadas pues las bases de lo que pienso y obligado a aclarar que no estoy legitimando los desahucios ni negando el sufrimiento que suponen para quien los padece, sigamos denunciando otro aspecto de ese pensamiento simplificador tan arraigado.

Buscando eludir responsabilidades y legitimar el status quo establecido, se trata ahora de buscar a los culpables, esto es, a los asesinos.

Y aquí aparecen los servicios sociales, bien pertrechados con su traje de "chivo expiatorio", prestos a ser acusados del crimen.

Para gran parte de la sociedad, sobre todo para los políticos que intentan eludir responsabilidades y para muchas entidades "activistas", los servicios sociales somos los encargados de proporcionar vivienda a quien no la tiene. Ergo si a alguien le quitan la suya o le desalojan de la que ocupa, se crea un problema que deben solucionar con inmediatez, diligencia y anticipación.

Se trata de un fenómeno de desresponsabilización y delegación que todavía en servicios sociales no hemos identificado suficientemente y para el que carecemos de defensa alguna. Si os interesa, hablé de estas cosas en mi entrada "El secuestro de la relación de ayuda".

Al mismo tiempo que se dificulta e impide nuestro trabajo, los servicios sociales debemos proveer de recursos ilimitados para estas situaciones. Como dice la canción, debemos tener "pomada pa' to' los dolores, remedio para toda clase de errores, también recetas pa' la desilusión". Al igual que tenemos que erradicar la pobreza y alimentar a los que pasan hambre, tenemos que proporcionar vivienda a quien no la tiene. Y además debe hacerse "a la carta", aunque de esto hablaremos otro día.

El problema así, de nuevo, deja de ser social para pasar a ser individual. El problema no será más que la política de vivienda sea un disparate a nivel nacional y municipal, que nuestra sociedad está entregada al individualismo insolidario, ni que los servicios sociales tengamos "de facto" atribuidas unas funciones que no nos corresponden... El problema será que una trabajadora social de un centro de servicios sociales no ha sido suficientemente diligente para proporcionar una nueva vivienda, tal como la persona que se ha suicidado requería.

Entiendo y comparto el hartazgo de mi compañera Belén. Yo cada vez que oigo a esos políticos irresponsables utilizándonos como chivo expiatorio me dan ganas de... (no, de suicidarme no), de vomitar.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Reflexiones de un hambriento

Ha vuelto a pasarme. Al igual que hace un par de años, he vuelto a ser señalado como un ser insolidario al negarme a coger la bolsa que, a voz en grito, me acercaba uno de los voluntarios de la gran recogida que los Bancos de Alimentos han organizado este fin de semana pasado.

 

"Reflexiones de un hambriento" 1894 E. Longoni
No os aburriré con los detalles. Fue un episodio parecido al que en aquella ocasión os relataba en esta entrada. Y como en ella también os contaba mi postura al respecto, tampoco seré más pesado con el tema.

Sí os recomiendo la estupenda entrada al respecto de los compañeros/as de Ágora de Treball Social de Lleida  ("Atún y galletas, Menú de los pobres de hoy, sábado"), un estupendo trabajo de análisis, reflexión y alternativas al respecto de estas iniciativas.

También le podéis echar un ojo a este artículo "Es hora de cerrar los Bancos de Alimentos", en la web Renta Básica Universal

En todo caso, a pesar de que muchos de nosotros mantenemos una postura crítica al respecto de estas iniciativas y de que son cuestionadas desde muchos ámbitos en la intervención social, la verdad es que éstas gozan de una salud envidiable, pues las cifras en voluntarios y alimentos recogidos no dejan de incrementarse año tras año.

La extremada legitimidad social de estos Bancos y sus repartos de alimentos tienen diversas razones, ancladas en nuestro átavico subdesarrollo en materia de política social y sustentadas en una ideología benéfico-asistencial que estamos lejos de superar, pues entronca directamente con las corrientes neoliberales que arrasan nuestra sociedad.

Pero a mi juicio hay otras razones, seguramente contaminadas de esa ideología de la que hablo, que son igualmente importantes.

Una atañe a los profesionales y técnicos variados en esto de la acción social. Incapaces de consensuar unas alternativas eficaces a estos bancos, perdidos en palabrería en torno a la justicia social y los derechos sociales mientras por acción, omisión y/o obligación, diseñamos y gestionamos prestaciones y servicios tan asistenciales como aquello que denunciamos.

La otra tiene que ver con un factor psicológico de enorme fuerza rectora: nos hace sentir bien, esto de dar alimentos a los pobres. Nos reconcilia con el sentimiento de culpa que nace de nuestra desigualdad y nos genera una ilusión de reducirla que, aún siendo paradójica, no es menos tranquilizadora.

En cualquier caso, Wang y yo lo tenemos claro. El año que viene evitaremos ir al supermercado un fin de semana como éste. Nos ahorraremos algún disgusto.

***

Entrada dedicada a mis colegas, amigos y amigas andaluzas. Que este fin de semana sí que han tenido un disgusto de los de verdad.

martes, 27 de noviembre de 2018

¿Visita el ratoncito Pérez a los usuarios de Servicios Sociales?

-¿A qué viene esa pregunta?- Le contesté a Wang cuando, de forma repentina, me planteó semejante cuestión. -Me lo preguntaba -me explicó mi compañero- al ver el nuevo servicio municipal de dentistas para usuarios de servicios sociales que se ha puesto en marcha en Barcelona.



Y me enseñó la noticia (aquí el enlace), donde se daba información de ese nuevo servicio.

Tras leer la noticia, y sin conocer en profundidad el proyecto, la verdad es que la creación del mismo me ha dejado un regusto más bien amargo.

En primer lugar, no veo qué pinta el sistema de servicios sociales en lo que es una prestación sanitaria. Más bien no termino de entender porqué una prestación sanitaria se ha de dirigir a usuarios de servicios sociales.

Personalmente no creo que el ratoncito Pérez se pregunte, a la hora de dejar una moneda o un caramelo por cada diente que recauda, si ese diente procede de un niño o niña cuyos padres sean usuarios de servicios sociales. Me parece que el ratoncito Pérez es más universal que todo eso. (Excepto en China, donde por cierto me dice Wang que no ha llegado).

Más allá de que un Ayuntamiento decida dedicar recursos a cubrir las carencias del sistema de salud, cuestión más o menos oportuna, legítima o discutible, la cuestión es ¿quienes son los usuarios de servicios sociales?. O más bien quién piensa el servicio (o la noticia) que són dichos usuarios.

Hasta lo que yo sé, los servicios sociales son universales. Esto es, van dirigidos a toda la población. Pero, llamadme iluso, creo que este servicio va dirigido sólo a una parte de ella: los pobres, excluidos, drogodependientes y personas sin hogar. Es decir, a los que en la práctica la mayoría de la población y nuestros políticos piensan que son los usuarios de los servicios sociales.

No me malinterpretéis. No estoy en contra (tampoco a favor, lo confieso) de que se cree este tipo de servicios. Pero no me parece oportuno mezclarlo con servicios sociales. Personalmente me retrotrae a aquellos Padrones de Beneficencia con los que los Ayuntamientos prestaban una precaria asistencia sanitaria y farmaceútica a las personas que no tenían acceso a la Seguridad Social. Ya hablé de ello en esta entrada del blog "Beneficencia", que os invito a recordar.

Alude la noticia, para legitimar el proyecto, que gran parte del gasto del servicio que se crea ya se realizaba por parte de los servicios sociales, imagino que refiriéndose a las prestaciones o ayudas de urgencia, emergencia o inclusión dedicadas al pago de estas necesidades odontológicas y que no son sino el claro reflejo del papel residual del sistema de servicios sociales, haciéndose cargo de las necesidades, competencia de otros sistemas, que éstos no quieren asumir. 

A mi juicio, este tipo de servicios son tan bienintencionados como estigmatizadores y responden a necesidades concretas en la misma medida que ahondan en las desigualdades territoriales. Además, como bien se explica en este artículo que os acompaño "La paradoja de la redistribución" son las prestaciones universales las más eficaces para la protección social.

Pero parece que nuestro Estado ha abandonado la idea de la universalidad en las prestaciones y servicios, diseñando de modo compulsivo prestaciones selectivas que, poco a poco, van socavando los cimientos de un verdadero Estado de Bienestar y aproximándolo cada vez más a un, nunca superado, Estado Benéfico-Asistencial.

En cuanto a Wang, siempre tan pragmático, me ha confesado que la próxima vez que se le caiga un diente lo pondrá en una bolsita por la noche junto con un certificado de que es usuario de servicios sociales, no vaya a ser que el ratoncito Pérez se ponga selectivo y no le traiga su caramelo.


jueves, 15 de noviembre de 2018

Monstruos s.a.

Al igual que el monstruo de Frankenstein estaba compuesto de trozos de cadáveres unidos en un conjunto deforme al que un loco intentaba devolver a la vida,  la política social en nuestro país es una amalgama descoordinada y confusa que sólo desde una profunda locura alguien puede hacerse la ilusión y empeñarse en que funcione.


Con frecuencia suelen decirme que mantengo una visión pesimista sobre la realidad de la política social en general y en particular sobre el sistema de servicios sociales. Sin negar que hay algo de verdad en esta acusación (el pesimismo es una licencia que me permito tras más de treinta años de experiencia en el sector, todos ellos en la dura trinchera de la atención primaria, aguantando el profundo deterioro de la última década), no es menos cierto que, tal y como he explicado en otras ocasiones, se trata de una estrategia que persigue captar la atención hacia los verdaderos problemas que afrontamos, más allá de los cantos de sirena que desde la política se nos ofrecen o de la autocomplacencia en la que caemos a veces como profesionales. 

Y es que en el fondo no albergo ninguna esperanza de que podamos mejorar la situación: no en vano hace unos meses declaré la muerte del sistema de servicios sociales ("Coplas a la muerte de un sistema"). Pero atención, aclaro, siempre que mantengamos los discursos actuales.

Esos discursos que nos dicen, por ejemplo, que el sistema de servicios sociales es la última red de protección de las personas, o que constituyen el cuarto pilar del Estado del Bienestar. Discursos sin duda atrayentes y bienintencionados, pero que sitúan al sistema de servicios sociales en una posición residual dentro de la política social, sin espacio propio, con un objeto confuso centrado en el asistencialismo y asumiendo una tarea tan ingente e imposible como indefinida.

Vengo planteando hace tiempo que es necesario cambiar ese discurso desde una profunda reconceptualización de los servicios sociales. Redefinirlos desde sus cimientos, estableciendo un objeto bien delimitado frente (y entre) al resto de sistemas públicos de protección social que configuran la política social. Un proceso parecido al que se hizo con el Plan Concertado, del que al año que viene celebraremos sus treinta años. 

Lo que no podemos seguir haciendo es continuar dando descargas eléctricas (en forma de inyecciones económicas) a este monstruo de Frankenstein intentando que vuelva a la vida. Lo más que estamos consiguiendo es que se levante dando tumbos y rompa algo... ("Frankenstein en la cristalería") Los retazos que lo componen son tan desiguales territorialmente y tan confusos conceptualmente que hacen imposible un funcionamiento coherente y eficaz.


Al año que viene comenzamos otro ciclo electoral, este año ya en alguna comunidad autónoma. De forma invariable, veremos como todos los políticos sin excepción van a establecer el debate en torno a la política social y los servicios sociales asumiendo como bueno el modelo actual y discutiendo qué cantidad de electricidad hay que insuflarle (unos muy poca, otros mucha; unos en algunos sitios, otros en lugares diferentes...). 

Me parece un debate inadecuado e ineficaz, cuando creo que lo importante es el cambio de modelo, para el que doy algunas claves (resumidas) que ya he desarrollado en otras ocasiones:
  1.  Ley General de Servicios Sociales
  2.  Conceptualización del objeto del sistema en torno a lo relacional y convivencial
  3.  Desarrollo de los sistemas de garantía de ingresos (Renta Básica) y de vivienda (garantía habitacional) de forma separada del sistema de servicios sociales.
  4.  Armonización del resto de sistemas (Educación, Sanidad, Empleo...) con la nueva conceptualización del sistema de Servicios Sociales.
Llamadme pesimista si queréis, pero veo lejos este cambio de modelo. Me parece que tendremos que seguir conviviendo con nuestros monstruos.