martes, 14 de enero de 2020

Ministerios y crespones.


La primera bofetada al Sistema Público de Servicios Sociales por parte del nuevo Gobierno no ha tardado mucho en llegar. No duele demasiado, pues llueve sobre mojado desde hace bastantes años, pero entristece que un Gobierno que se autodenomina “progresista”, ningunee y maltrate a un Sistema que algunos (cada vez menos, es obvio) creemos que es fundamental para la Política Social.

 

Venimos avisando en este blog hace mucho. Si el Sistema de Servicios Sociales sigue teniendo el foco en la atención a la pobreza y ocupa un lugar residual del resto de sistemas públicos de protección social, va a desaparecer.

Pues ya lo ha hecho. Queda realizarle un digno entierro, y tal vez, colocarnos un crespón negro en el brazo para aliviar el duelo mostrando nuestro luto. Pero se acabó. El sistema tuvo su historia y ha tenido su final.

Los síntomas de la agonía venían desde hace tiempo atrás. La denominación “Servicios Sociales” lleva tiempo desapareciendo de muchas agendas políticas y departamentos administrativos, sustituida por una mucho más moderna “Derechos Sociales”, que suena mucho mejor. ¡Dónde va a parar!

Ello ha confluido con una corriente en Servicios Sociales, más de orden técnico, que defiende que éstos son los garantes de los Derechos Sociales.

En cuanto a lo primero, no es una mera cuestión terminológica. En estas entradas de hace un tiempo lo explico, de modo que no me reiteraré. “Lo innombrable” y “Cómo lo llamamos”.

Con respecto a lo segundo es una definición que confunde la parte con el todo y que no ha contribuido más que a la confusión. El Sistema de Servicios Sociales no es el encargado de garantizar los derechos sociales de la población, a pesar de que se haya definido en muchas ocasiones así. Ya he denunciado muchas veces los efectos perversos de esa definición, entre ellos convertirnos en el basurero del resto de Sistemas Públicos de Protección Social y contribuir a su desresponsabilización.

El asunto es más bien al contrario. Entre los derechos sociales que hay que garantizar a la población, se encuentran los Servicios Sociales. Claro que para eso hay que definirlos más allá de esas funciones “universalistas” (garantizar el bienestar social de la población) o “reduccionistas” (atender la pobreza). Y ese es un trabajo pendiente, consensuar un objeto propio de modo propositivo y no reactivamente a lo que otros sistemas no quieren o no saben hacer. 

Todo eso ha cristalizado en la actual configuración del nuevo Gobierno. Wang ha hecho un pequeño ejercicio. Ha cogido el decreto que estructura los nuevos departamentos ministeriales y en el buscador ha introducido el término “servicios sociales”. Y efectivamente, sólo aparecen nombrados una vez: en la Disposición Final Primera, relativa a la supresión de órganos.

Lo que vendría a ser un Certificado de Defunción en toda regla, vaya. Yo al menos, voy a guardar el documento como tal. Un documento para la historia, que certifica que, tras una larga agonía, el Sistema de Servicios Sociales falleció el 12 de enero de 2020.  

Pero claro, que desaparezca el Sistema, no significa que desaparezcan las funciones que debería realizar. Así, éstas aparecen troceadas y repartidas a lo largo y ancho de todo el aparato gubernamental, organizadas al margen de las estructuras (olvidadas y ninguneadas) a las que, al final, se les da el encargo de desarrollarlas: los departamentos de servicios sociales que dependen de la administración local (esa que se define como la más cercana al ciudadano).

¿Qué puede salir mal?, preguntaba el ciego cuando se puso a conducir el autobús…

Ante esta tendencia, miedo me da otro de los grandes retos de este Gobierno: el desarrollo de la Ley General de Servicios Sociales. ¿Cómo la llamarán? ¿Qué contenido tendrá? Wang duda de qué denominación tendrá. De lo que no tiene duda es de que su principal contenido tendrá que ver con la regulación de las entidades privadas, sociales o mercantiles, que van a ser las verdaderas protagonistas una vez enterremos al Sistema Público. 

Aunque no le hagáis caso: Wang a veces se pone en modo adivino y delira un poco. No sé qué le puede haber llevado a pensar eso.

En cuanto a mí, lo dicho. Voy a preparar mi crespón negro para comenzar mi luto por el sistema. Aunque bien pensado, no sé si hacérmelo morado. Al fin y al cabo, es un color muy frecuente en los funerales, pues simboliza en ellos la penitencia y el duelo. 

¡Anda, qué coincidencia! También es un color protagonista en este nuevo Gobierno… Lo pensaré despacio.
  
 * * *
 Mientras, si queréis profundizar en el tema (el de los crespones no, el del Sistema de Servicios Sociales en el nuevo Gobierno) os dejo dos enlaces de interés al respecto. El del Comunicado del Consejo General de Trabajo Social  y el último artículo de nuestra compañera Belén Navarro en su nueva página: ¿Para qué un ministerio de servicios sociales.?



miércoles, 18 de diciembre de 2019

Más madera... ¡es la guerra!


Últimamente tengo a Wang un poco taciturno y muy reflexivo. Llevo varios días hablando con él del Sistema de Servicios Sociales y de mi sensación de que las contradicciones que vivimos en él no hacen sino incrementarse.

 Wang no me da ninguna pista útil que me ayude a comprender qué está pasando, aunque sí me señala que la situación que le describo le recuerda una metáfora que en ocasiones ya hemos utilizado.

Se trata de la escena del tren en la famosa película de “Los hermanos Marx en el Oeste”, en la que estos hermanos se dedican, durante una persecución, a deshacer los vagones del tren para alimentar la locomotora, llegando el tren a su meta totalmente destrozado, en un estado lamentable.

Wang tiene razón. Es una metáfora que describe con bastante precisión algunas dinámicas que observo en el Sistema de Servicios Sociales.

La principal dinámica que me preocupa últimamente es cómo hemos integrado, como hemos asumido en amplios sectores profesionales, que la función del Sistema de Servicios Sociales es básicamente la de prestar asistencia a los ciudadanos que no ven satisfechas las necesidades que debieran cubrir el resto de Sistemas Públicos de Protección Social.

He hablado en este blog de esta posición residual y de su consecuente función asistencial de una manera reiterada y bajo todos los ángulos que he ido descubriendo. Lo que subrayo ahora principalmente es cómo ese modelo se ha integrado en la cultura de los profesionales y de los servicios hasta hacerlo propio. En ocasiones por opción. En otras por pragmatismo. En otras por pensar como imposible otro modelo. Y en otras como opción estratégica para introducir cambios.

Sin juzgar esas razones, mi sensación es que el modelo que se ha impuesto, y que no hace sino incrementarse cada vez más, es el fruto de esa combinación de lo residual junto a lo asistencial, constituidos como los dos pilares básicos de nuestro Sistema. Los pilares del pilar, vaya.

Con la lógica de ese modelo, enfrentar los problemas de la población (pobreza, pongo por caso) o los graves problemas estructurales de nuestra protección social (la canallada por ejemplo de denegar una renta mínima por falta de presupuesto), requiere de una única solución, que es la que se reclama indefectiblemente: más recursos.

Y ahí andamos, pidiendo más recursos para hacer más y mejor nuestra función asistencial y residual del resto de sistemas. Igual que andaban los hermanos Marx destrozando los vagones del tren para alimentar la locomotora.

Hace un tiempo, el ex-presidente de Uruguay, Pepe Múgica, en el Seminario de Democracia de América Latina planteaba que "Nuestra lucha no es solo por la democracia, sino por otra civilización". Yo lo suscribo y lo adapto con humildad a nuestro contexto de servicios sociales: nuestra lucha no es sólo por más servicios sociales, sino por otra política social.

Nueva civilización y nueva política social.

Igual van las dos cosas juntas, me señala Wang. Ahí sí que me ha hecho pensar...

martes, 10 de diciembre de 2019

Sísifo y el río


Anda el Sistema de Servicios Sociales en una crisis de identidad fruto de su indefinición como sistema y del papel residual que ocupa en su relación con el resto de Sistemas Públicos de Protección Social.



El grado de conciencia sobre esta crisis no es ni mucho menos homogéneo. Hay quien considera que el modelo está agotado y que la deriva asistencialista que nos ha invadido desvirtúa el objeto del sistema. Hay quien piensa, sin embargo, que es principalmente en lo asistencial donde se encuentra la verdadera razón del mismo.

Cada vez el sistema se encuentra más escorado hacia lo paliativo y lo asistencial. Las condiciones estructurales socioeconómicas generan tal cantidad de problemas para los ciudadanos que el trabajo con las consecuencias de los mismos se hace ineludible.

En la clásica parábola del río, (utilizada por el antropólogo Saul Allinsky para explicar la necesidad de analizar las causas profundas de los problemas sociales y de las desigualdades de clase, en lugar de buscar soluciones puntuales a problemas específicos), hemos renunciado a analizar y preguntarnos porqué hay tantos cuerpos flotando en el río.

Nos limitamos a rescatarlos y ya está. Si caen de nuevo, o las razones (de orden individual, social, o de una combinación de ambas, como muchas veces olvidamos) da igual. Ya les volveremos a sacar. Al fin y al cabo, sólo es necesario reclamar más medios para ello.

Trabajar con las causas es complejo. Requiere de un tiempo y una energía del que carecemos en los entornos burocratizados en los que trabajamos. Puntuar en la responsabilidad individual tiene un sesgo culpabilizador que es complicado compatibilizar con la intervención social. Mejor obviarlo. Puntuar por otra parte en las condiciones estructurales nos sitúa ante una intervención política donde las referencias son tan amplias y complejas que hacen difícil, desde muchas de nuestras posiciones, el trabajo transformador sobre las mismas. Mejor no planteárselo. Y tener en cuenta la mutua interrelación entre ambas causas requiere de análisis complejos para los que no estamos preparados. Nos gustan demasiado las explicaciones simples.

Por tanto, si no trabajamos sobre las causas, nos queda como campo preferente de acción las consecuencias. Al fin y al cabo, se trata de una elección legítima para un sistema que presencia de una manera tan cercana el sufrimiento de las personas y a la que es difícil sustraerse desde el pragmatismo que muchas veces defendemos.

Pero no es una elección fácil, ni gratuita. En primer lugar supone dejar expedito el camino para las medidas asistenciales y paliativas, tan del agrado de la ideología neoliberal. Por otro lado supone presenciar la cronificación de los grandes problemas sociales de los que somos testigos. Y por último implica asumir los riesgos que suelen conllevar aparejados esas medidas: el paternalismo, el control social y la burocracia. Riesgos sobre los que, consecuentemente con nuestra elección no podremos sino aplicar una política de reducción de riesgos.

Es una de las razones, sólo una más por la que, al igual que en el mito de Sísifo, estamos ciegos y condenados a empujar indefinidamente la piedra de nuestro objeto montaña arriba mientras presenciamos como, una y otra vez, vuelve rodando hasta el valle.