lunes, 29 de febrero de 2016

Ciclos

Hace unos días corrí el Maratón de Sevilla. Era la tercera vez que corría esa mítica distancia y he decidido que con él cierro un ciclo, aunque nunca se sabe...


Porque en principio, no llevo intención de prepararme ninguna maratón más. El deporte me ayuda a mantener mi bienestar físico y mental e inscribirse en este tipo de carreras forma parte de una suerte de retos y objetivos que te vas marcando para motivarte a entrenar.

Por esa razón, junto con un compañero, decidimos prepararnos para correr  en Sevilla. Ha sido muy duro el entrenamiento, con muchos meses y kilómetros de preparación. Ha habido que superar bastante dolor, con un par de inoportunas lesiones que ponían en riesgo conseguir el objetivo. Y durante la carrera, y previo a ella, las dudas de si serás capaz o no de terminar.

Todo ello lo das por bien empleado cuando llegas a la meta, entre lágrimas de emoción y con la mente puesta en todas las personas que te han ayudado a conseguir tu reto. Entonces piensas que ha merecido la pena y te quedas con todo lo positivo de los entrenamientos y de la carrera.

Las emociones que sientes son dificilmente transmisibles. Sólo se pueden comprender si se han vivido y son las que compensan la dureza de preparar y correr esos cuarenta y dos kilómentros y pico.

Pero una vez terminada, creo que es el momento de olvidar esa distancia. Bajar el ritmo y seguir haciendo deporte con distancias menores, donde no hay tanta emoción pero tampoco tanto sufrimiento.

¿Que por qué os cuento todo esto?, os preguntaréis, tratándose de un blog dedicado al trabajo social y los servicios sociales.

Pues porque creo que también ha llegado el momento de cerrar un ciclo en este blog. Después de casi cuatro años escribiendo sobre trabajo social y otras cuestiones relacionadas es el momento de tomarnos un descanso, al menos temporal.

Las sensaciones son parecidas a las que tengo respecto al maratón. Al igual que la dureza y el sufrimiento durante la preparación hacen que me plantee por el momento no volver a correr otra, el desánimo respecto a los caminos actuales que han tomado el trabajo social y los servicios sociales hacen que encuentre cada vez menos motivos para escribir sobre los temas que nos acontecen.

Del mismo modo que no me merece la pena preparar una distancia tan larga, cada vez me resulta más dificil encontrarle utilidad a esta tarea de escribir en el blog.

Creo que es mejor tomar un poco de aire, cerrar esta ventana por un tiempo y cuando me note con el impulso suficiente, volver de nuevo a escribir, bien en este blog o dentro de un nuevo proyecto. El tiempo lo dirá.

Así que,  por el momento, Wang se marcha a China y yo me quedo por aquí corriendo distancias menores y disfrutando de ellas. En este sentido, durante un tiempo, mantendremos la página de Facebook abierta para compartir enlaces y pequeñas reflexiones.

Gracias a todos los que habéis dedicado algo de vuestro precioso tiempo a leer y comentar nuestras entradas. Ha sido todo un privilegio.

Nos volveremos a encontrar, seguro. Dentro de unos meses, al año que viene.... Porque al igual que en la Maratón... nunca se sabe.

domingo, 17 de enero de 2016

Gestos confusos

Mientras esperamos que del complicado puzzle político que se ha configurado tras las elecciones salga un gobierno que afronte los graves problemas de este país (aunque perdida toda esperanza de que las cosas en lo social mejoren significativamente esta legislatura), estamos presenciando una serie de gestos que parecen estar sustituyendo, al menos temporariamente, las medidas concretas.


Y pocas veces un gesto ha tenido tanta repercusión mediática como el que de esa nueva congresista llevándose a su hijo a la sesión constituyente de las Cortes. Enlace. De forma inmediata  surgieron voces criticando la decisión de la diputada y acusándola de hacer demagogia, pues el Congreso dispone de guardería y desde la privilegiada posición que ocupa esta madre tenía múltiples alternativas que hacían innecesaria la presencia de su hijo junto a ella en el escaño. 

Al mismo tiempo se emitían encendidas defensas de este gesto, reclamando el derecho de las madres a criar a sus hijos como consideren oportuno y reivindicando la compatibilidad de esa crianza con el ejercicio de sus profesiones en el entorno laboral. Además, se ha interpretado el gesto como una defensa de la crianza a través de una especie de maternidad "full-time", que defiende que la madre no se separe nunca del bebé en los primeros meses o años de su vida e incorporando la lactancia regulada a demanda del lactante y el colecho como la mejor forma de criar al niño.

Por mi parte, no me ha quedado claro qué pretendía con este gesto esta madre-diputada. Si reinvindicar derechos laborales, estilos de crianza como el descrito, ambas cosas a la vez, o ninguna de ellas. No se si el gesto era simplemente consecuencia de la situación de esta madre, que ha decidido ir siempre con su hijo a todas partes, o respondía a un propósito táctico y reivindicativo, pues ambos argumentos se han dado para explicarlo.

Por mi parte, respeto cualquier gesto con el que una mujer decida reclamar derechos sociales o laborales, aunque viniendo de una diputada espero más medidas concretas que gestos. En cualquier caso me parece legítimo que denuncie con su gesto (si eso era lo que pretendía) la situación de las mujeres en nuestro país, con una política familiar practicamente inexistente y que ha decidido que la carga de los cuidados de los niños, de los ancianos o de las personas en situación de dependencia, recaiga exclusivamente en los hombros de las familias y, dentro de ellas, en los de las mujeres.

Espero de esta diputada que proponga medidas legislativas que permitan una verdadera conciliación de la vida familiar y laboral que permita que cualquier familia o mujer pueda decidir el estilo de crianza para sus bebés. Desde aquellas que decidan tener a su hijo las veinticuatro horas del día con ellas hasta las que opten por utilizar guarderías u otros apoyos para la crianza desde los primeros momentos. Para que ni la maternidad ni el desarrollo profesional supongan un problema para la mujer, ni de manera conjunta ni por separado.

Entornos profesionales y legislación laboral que favorezca la cercanía de los bebés junto a sus madres y también con sus padres. Escuelas infantiles públicas y gratuitas desde el nacimiento. Apoyos económicos y técnicos para las familias que decidan cuidar a sus personas dependientes. Centros y recursos externos para aquellas familias que decidan no hacerlo.

Ojalá fuera todo ello lo que pretendiera la diputada. Pero mucho más allá de lo que pretendiera, (cada cuál sabrá lo que defiende y por qué lo hace), y pareciéndome legítimo tanto el gesto como las hipotéticas reivindicaciones, hay algo que no comparto.

Se trata de la presencia del bebé. Si como parece el gesto tenía un propósito táctico, a mí el bebé me sobra en la escena. Todas y cada una de las reivindicaciones que he descrito podían haberse hecho de igual manera sin él.

Creo, sinceramente, que hay otras formas de poner estos temas en el debate social y político y otras estrategias para conseguir los necesarios cambios sociales sin tener que utilizar a un niño para llamar la atención sobre el problema.

miércoles, 13 de enero de 2016

La administración de la miseria

"Nosotros, los que creemos ¿qué podemos temer? No hay retroceso en las ideas como no lo hay en los ríos. Nosotros no queremos ninguna muerte: la del  cuerpo lo más tarde posible, la del alma, nunca".

 

Se trata de una frase de la obra de Victor Hugo, "Los miserables", un complejo y extenso relato de la sociedad francesa del siglo XIX, donde entre otras cosas se retrata el crecimiento de la pobreza que fenómenos como la industrialización o el éxodo rural produjeron en aquellos años.

De manera sostenida e imparable, la pobreza y la desigualdad se están extendiendo en nuestra sociedad, en una cruel analogía con lo que sucedía en ese momento histórico.

La política neoliberal ha ido convirtiendo lo que era un fenómeno coyuntural, asociado a distintos acontecimientos vitales, en un fenómeno estructural, generalizado entre grandes capas de la sociedad y del cual es imposible resguardarse.

“Pertenecían estos seres a esa clase bastarda compuesta de personas incultas que han llegado a elevarse y de personas inteligentes que han decaído, que está entre la clase llamada media y la llamada inferior, y que combina algunos de los defectos de la segunda con casi todos los vicios de la primera, sin tener el generoso impulso del obrero, ni el honesto orden del burgués.” 

Mucho más allá de los valores morales que el romanticismo de Victor Hugo les atribuía, lo cierto es que los miserables, hoy al igual que entonces, son seres condenados. Condenados a vivir una vida llena de penurias y desdichas.

Porque nuestra sociedad ha decidido que la miseria no es digna de protección. Como mucho, de conmiseración.

Ya hace tiempo que perdí toda esperanza de que las cosas cambien. Me gustaría pensar otra cosa, pero no veo motivos. Las propuestas de los partidos políticos en esta materia son desalentadoras sin apenas excepción.

Medidas parciales, sectoriales, confusas, dificilmente realizables... Tras las últimas elecciones no veo ninguna posibilidad de que se implante en nuestro país unas medidas serias que acaben de una vez con la pobreza. Las que se proponen, en el hipotético caso de que se puedan poner en marcha, sin duda aliviarán la situación de alguna familia o persona concreta, pero... no les van a sacar de la pobreza. Seguirán siendo miserables, y como tales, condenados a diversos tipos de sufrimiento.

Nos hemos conformado con eso. Instalados en un pragmatismo tan ineficaz como tranquilizador pareciera que hemos hecho bandera de esta recomendación: 

"Si podéis curar, curad; si no podéis curar, calmad; si no podéis calmar, consolad."

Y aquí andamos: entre bancos de alimentos, campañas navideñas y orgullosos de dedicar al Sistema de Servicios Sociales (¿quién si no?, se plantea sin excepción...) a la imposible tarea de erradicar la pobreza transfiriendo algunas migajas de renta en una nueva forma de caridad institucionalizada.

Ahora que está de moda poner ostentosos nombres a los departamentos de servicios sociales y todos hablamos de justicia y derechos sociales, Wang me propone un nuevo nombre para nuestro sistema: la administración de la miseria. Dice que se aproxima mucho mejor a nuestro contenido.

Una veces pienso que como es chino, no se entera. Otras que, lamentablemente, tiene razón.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Lo mejor del blog en 2015

Al igual que en años anteriores, os pongo los enlaces a las entradas que han tenido más visitas en este año 2015. 


Por orden, han sido:


1.- La danza de la demanda. Publicada en septiembre y donde reflexionabamos sobre un tema crucial. Las prestaciones económicas en la acción social y la función de garantía de ingresos que hemos asumido mediante ellas en el sistema de servicios sociales. Un tema que, dada su importancia y al caer de los acontecimientos, tendremos que tratar más veces.


2.-Se necesitan pobres. A propósito del injustificable auge de la pobreza en nuestra país. Publicada en noviembre, penúltimo mes (espero) del PPgobierno Mariano, los verdaderos responsables de tal desatino.






3.-Evolución. Una entrada de cariz más personal, donde analizo mi experiencia profesional a la luz de cómo entiendo que ha ido evolucionando mi pensar, mi sentir y mi hacer como trabajador social.




Si queréis echarles un ojo, podéis pinchar en los enlaces con el título.


Wang y yo os agradecemos el interés y el cariño con el que nos habéis leído y comentado durante este año.

Os deseamos una muy Feliz Navidad y esperamos que el año que viene nos traiga un poco más de justicia y bienestar social.

Hasta la próxima.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Estrategias

Llegan las elecciones generales del día 20. Pero tranquilos, que no voy a venir yo ahora a reflexionar más sobre ellas. Que bastante estamos teniendo con los debates y los variados actos políticos con los que los partidos y candidatos nos muestran sus propuestas e intentan conseguir nuestro voto.


Y ya somos todos mayorcitos para saber qué tenemos que hacer. Ir o no ir a votar y, en su caso, a quién. Por mi parte, y en esta ocasión, me abstendré de recomendaros nada al respecto. Son tan sólo (nada más y nada menos) unas elecciones. 

Un momento histórico, dentro de otros, donde se va a escenificar una batalla de esta guerra entre los poderosos y los desposeídos. Después, la guerra seguirá y tendremos otras batallas (muchas cotidianas, algunas extraordinarias) para alinearnos con el bando que queramos.

Como trabajadores sociales, tenemos claro el bando en el que luchamos. No creo que haya mucha discusión al respecto. En cuanto a las estrategías... ahí ya diferimos.

Llevo ya bastante tiempo observando cómo en las redes sociales y fuera de ellas toma fuerza una corriente de opinión en la cual se defiende que el Trabajo Social debe tener una especie de "presencia pública colectiva" y que entiende que es a través de esa presencia como ha de ejercerse la función de reforma o cambio social que tiene nuestra profesión.

Personalmente no tengo nada en contra de esta postura. Al contrario, en ocasiones me ha parecido necesaria esa presencia pública. Con lo que no estoy de acuerdo es que se considere como la única alternativa. Creo que hay muchas otras maneras, igual de legítimas, para que como trabajadores sociales ejerzamos esa función de reforma. Desde nuestros propios puestos de trabajo, desde el asociacionismo, desde las estructuras colegiales, desde nuestra participación en partidos políticos, sindicatos o movimientos sociales...

Pero veo con demasiada frecuencia cómo se juzga desde dentro a nuestra profesión en virtud de lo que llamamos "movilización". Bajo diferentes formas (salir a la calle, visibilizar la profesión, protestar, reivindicar, denunciar...) se entiende que todo ello sólo puede ejercerse desde esas acciones públicas colectivas. Y si no se realizan, acusamos a nuestra propia profesión de pasividad, inmovilismo, acomodación, insensibilidad... cuando no de estar actuando inadecuadamente.

En este sentido, me parece que a veces tenemos una profesión un tanto "cainista" y a veces echo en falta un poco más de valoración y respeto a las múltiples posturas y estrategias que conviven en ella.

No hace mucho, los compañeros del grupo de facebook "Corriente crítica Trabajo Social" nos hacían llegar un fragmento del discurso de apertura de la XIX Conferencia Mundial de Trabajo Social de la FITS en 2008, realizado por José Paulo Netto.

"No es la tarea de una profesión subvertir el orden establecido (…) No somos el Mesías, ni proclamamos de ninguna escatología social. Somos, tan solo, profesionales especializados, inscritos en la división socio-técnica del trabajo, como todos los asalariados (…) sin embargo, en donde existe la demanda de concretización de los derechos se pone nuestra agenda de trabajo, [lo que nos ubica] en una contingencia [que facilita la] comprensión del significado Social de nuestra intervención profesional. Entonces, descubriremos que nuestra acción profesional se desarrolla como uno de los múltiples hilos de la trama social, igual de tensa y contradictoria.
La respuesta profesional a esta tensión y a esta contradicción, no es tarea individual (...) depende de la construcción de un proyecto profesional que refracte, reflecte y recree (desvele) los intereses corporativos que conflictuan con la sociedad [en su conjunto], pasando a dinaminzar nuestras concepciones y nuestras prácticas. Y sólo el debate colectivo, el intercambio de conocimientos y el choque de ideas, pueden viabilizar tal proyecto"

Me parece un buen texto para comenzar a reflexionar el día 21 sobre como situarnos como profesión en ese entramado social, complejo, tenso y contradictorio, que se va a configurar tras las elecciones, suceda lo que suceda.

jueves, 3 de diciembre de 2015

El bueno, el malo y el imbécil

Buenos y malos profesionales los hay en todos los ámbitos. Pero la división que hace el Gobierno central entre buenos y malos trabajadores sociales merece que le prestemos por unos momentos nuestra atención.


Me refiero, por supuesto, a las declaraciones que hizo Alvaro Nadal, el director de la Oficina Económica del Presidente del Gobierno. Podéis consultarlas por ejemplo en este enlace, pero como no tienen desperdicio, os las copio aquí:

 "Lo que no puede ocurrir es que en España el nivel de prestaciones sociales que alguien recibe depende de la suerte que tenga con su asistente social. Si es muy bueno, le lleva de ventanilla en ventanilla y va a tener una potente ayuda social, mientras que si no tiene tan buena suerte, pues no ocurre eso. No puede ocurrir que ningún español en situación de desvalimiento o necesidad, no tenga una aportación".

Como no podía ser de otra manera, el Consejo General del Trabajo Social ha respondido de una manera contundente y adecuada a estas declaraciones. Os pongo el enlace a la nota de prensa que publicaron, así como a su difusión en las redes sociales y su repercusión en radio (a partir del minuto 42) o televisión. (a partir de 4h. 14'). En ellas se refleja la reprobación que en algunos medios merecieron esas palabras, destacando la realizada por Tania Sánchez, a mi juicio muy atinada. También nuestro compañero Nacho la ha comentado en su blog. Enlace.

¿Os imagináis, pongo por caso, al Ministro de Sanidad haciendo unas declaraciones parecidas?

"Lo que no puede ser en España es que, si tienes una enfermedad (póngase lo que proceda), tu curación dependa de la suerte que tengas con el médico que te atienda. Si es muy bueno, te proporcionará todos los tratamientos necesarios para curarte mientras que si no tienes tan buena suerte, pues no te ocurrirá eso".
 
O al de Educación, largando algo como ésto:

"Lo que no puede ser en España es que los niños tengan fracaso escolar o no dependiendo de la suerte que tengan con los maestros que les haya tocado. Si tienen suerte y les tocan buenos maestros, saldrán adelante, mientras que si no la tienen fracasarán en sus estudios".

No tengo ninguna duda de que, aunque lo piensen (lo cual es muy coherente con la ideología neoliberal de los que nos gobiernan) no se atreverían a hacer con estos colectivos profesionales unas declaraciones tan culpabilizantes y mezquinas como las que este político ha hecho contra nosotros.

La explicación está sin duda en que son colectivos profesionales mucho más numerosos, y que pertenecen a sistemas mucho más potentes y consolidados que el nuestro.

Pero más allá de esta cobardía, quiero analizar la cantidad de prejuicios que contienen esas palabras. Pocas veces unas declaraciones condensan tanto (de manera explícita o implícita) las ideas más rancias y trasnochadas sobre una profesión y sobre un sistema de protección social. Señalaré varias:
  • La función principal de los trabajadores sociales es ocuparmos de los pobres (desvalidos y necesitados).
  • Si la principal función es asistir, naturalmente somos "asistentes sociales". (Lo de que somos mayoritariamente varones es de sobras conocido).
  • Las ayudas sociales son prestaciones económicas que se obtienen en las ventanillas.
  • Los buenos trabajadores sociales son expertos en los trámites burocráticos y administrativos (necesarios para acceder a esas prestaciones en las ventanillas de la administración).
  • En España existe un nivel suficiente de protección social y hay al alcance de todos unas potentes ayudas sociales.
  • La injusticia y la desigualdad no son responsabilidad política, sino técnica.
  • Mucha gente que no tendría derecho a prestaciones sociales las obtiene gracias a la pericia de sus trabajadores sociales. (Verbigracia: hay un alto fraude en la obtención de prestaciones sociales). 
En estos tiempos de buenos y malos, duros y sin matices, estas ideas (lamentablemente extendidas entre nuestra población) bien podrían constituir una guía para diferenciar al "buen asistente social".

Lo cual, os confieso, me interesa bastante menos que diferenciar a  los buenos políticos de los imbéciles. Que de esto último vamos sobrados. ¡Si por lo menos se callaran!...