viernes, 18 de enero de 2019

Tiempos nuevos

 En los últimos años hemos asistido a la consolidación de dos grandes tendencias dentro del Sistema de Servicios Sociales. Lo asistencial y lo residual. Y lamentablemente muchos políticos, bastantes técnicos y gran parte de la ciudadanía lo consideran un éxito.

 
Claro que al mismo tiempo suele criticarse lo mal que se realizan ambas funciones, lo cual no deja de tener un tinte tan paradójico como verdadero.
   
Muy resumidamente y casi llegando a la caricatura, (aunque no por ello menos cierto), la principal función que se atribuye a los servicios sociales y sobre las que se estructura un gran número de demandas es la siguiente: debemos proporcionar una vivienda a quien no la tiene, unos ingresos mínimos para vivir a todas las familias y hay que pagar las facturas cuando se atraviesa alguna emergencia.

El enfoque de derechos se ha ido desarrollando, como no podía ser de otra manera en un Estado Social y de Derecho como el nuestro (Constitución dixit), y los ciudadanos reclaman que se hagan efectivos. Y lo hacen en el lugar que se les señala para hacerlo: los servicios sociales. ¿Quién, si no?
  •  Educación, Sanidad, Pensiones y ¿para todo lo demás?
  •  ¡El cuarto pilar!
 (El autor del slogan es Wang, y lo cede gratuitamente para los planificadores de la política social. Pónganle una musiquita pegadiza y tienen la campaña apañada).

 Este señalamiento contiene una serie de contradicciones que es preciso señalar. Por un lado diluye la responsabilidad y evita el desarrollo de los sistemas de vivienda, empleo y garantía de ingresos.

 Por otro sitúa a los servicios sociales ante una misión imposible, dejando a los profesionales en una posición doblevincular ante cuyo fracaso serán estigmatizados como ineficientes (¿recordaís las palabras de un pasado asesor del Presidente del Gobierno sobre los buenos "asistentes sociales"? Os las recuerdo en este enlace).

 Y finalmente dificulta y evita que el sistema de servicios sociales desarrolle prestaciones y servicios que le son propios, fomentando la aparición de otros actores que diluirán aún más la responsabilidad pública.

Íntimamente relacionada con esta posición residual ha llegado un imparable crecimiento de la función asistencial, que ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin en sí misma.

El asistencialismo así generado consiste en subvenir las carencias del usuario asumiendo la delegación que éste hace en el profesional. El usuario no tiene ninguna responsabilidad en su situación (atribuida universalmente a las condiciones externas) ni tampoco puede hacer nada para salir de ella. La responsabilidad para que esta salida sea posible depende únicamente del profesional y de su compromiso o buen hacer (de nuevo el "buen asistente social").

Lo de intentar que el usuario pueda superar la situación por sí mismo, con ayuda de recursos familiares, o intentar diagnosticar qué factores internos pueden estar influyendo en la misma es algo absolutamente accesorio. Lo importante es acabar con la carencia lo antes posible. Si se generan dependencias o cronicidades o se anulan capacidades es algo que no se considera sino en un plano muy secundario y en absoluto importante.

No parece que estas dos tendencias vayan a revertirse a corto plazo pues, como digo, gozan de grandes apoyos políticos y profesionales. Del porqué de estos apoyos hablaremos otro día.






jueves, 10 de enero de 2019

Política social paliativa

No espero grandes cambios en la política social de este país. Gobierne quien gobierne, hay una mezcla de pragmatismo y miedo al cambio (junto con una generosa ración de mantenimiento de una situación en la que unos privilegiados viven mejor que bien) que hace imposible que se solucionen los grandes problemas que atraviesa nuestra sociedad.


Antes de que me linchéis por pesimista o, peor aún, abandonéis la lectura de este blog y os vayáis a llorar a cualquier rincón, intentaré explicarme.

La pobreza, la desigualdad, la falta de vivienda, el desempleo... son técnicamente posibles de eliminar en una sociedad desarrollada y rica como la nuestra. Con reformas bastante profundas, sí, pero no demasiado complejas de implementar.

Y ese es verdaderamente el problema. No nos van las reformas demasiado profundas y en el delicado equilibrio entre los privilegiados, los que temen perder lo poco que tienen y los que no tienen nada, la balanza se inclina siempre hacia los primeros, perjudicando siempre y gravemente a los últimos.

Ello es la explicación de que durante la crisis que estamos atravesando las clases ricas hayan incrementado sus beneficios mientras las clases más pobres han visto cómo se ha ido deteriorando su ya precaria situación, con el consiguiente incremento de la brecha de desigualdad en la sociedad.

Es una versión del conocido "efecto Mateo", de acumulación de bienes:

 "Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más;
pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado".
                                                                    Evangelio según San Mateo 13:12
y que explica que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres, más pobres.

Sin el miedo y sin la presión homeostática que los privilegiados ejercen en la sociedad (a través de la política, la banca y los medios de comunicación principalmente) no se explica cómo en nuestro país problemas que tienen fácil solución sigan campando a sus anchas.

Por ejemplo, la pobreza. Creo que a estas alturas nadie puede discutir que una Renta Básica Universal solucionaría de raíz el problema. Y desarrollarla sería mucho más simple que mantener la cantidad de subsidios más o menos condicionados que gestionamos. ¿Por qué no se pone en marcha, entonces?

Los que seguís este blog ya sabéis que considero que instaurar la RBU en nuestro país es una utopía tan irrealizable como conseguir la paz mundial o erradicar el hambre en nuestro planeta. Y por razones parecidas: a los poderosos no les interesa, a la mayoría de la población les asusta los efectos que tendría y los que más se beneficiarían... esos no tienen ni voz ni voto en estos asuntos.

Como mal menor, tenemos que aceptar esos subsidios condicionados, intentar que lo sean cada vez menos y que estén más armonizados a lo largo del territorio. Objetivos también difíciles de conseguir, sobre todo para lograr únicamente paliar el problema sin llegar a solucionarlo nunca.

Otro ejemplo, la falta de vivienda. Aquí el tema es también sencillo. ¿Cómo explicar que habiendo más viviendas vacías que familias necesitadas de ella, siga existiendo un problema de alojamiento? Pero las reformas a realizar para erradicarlo requieren modificar el concepto de propiedad privada, evitar la especulación con un bien de primera necesidad o desarrollar una fiscalidad radicalmente distinta a la que tenemos. 

Imposible, por tanto. Nos queda tan sólo la timorata política de vivienda que tenemos, donde el derecho a la misma queda sin garantizar y que tantos problemas de desahucios sin solución ni alternativas está causando.

Y podríamos seguir con el desempleo, que requeriría de una reforma laboral que invirtiera (oh, anatema) la maximización del beneficio empresarial en pro del aumento de los salarios y mejora de las condiciones laborales.


Nada de ello es posible. Abandonad por tanto cualquier esperanza de que los grandes problemas se solucionen. Y los que tengan fuerzas y ánimo para ello, que recuerden la frase de August Murri

Si podéis curar, curad.
Si no podéis curar, calmad.
Si no podéis calmar, consolad.

Porque calmar y consolar es el único margen posible para la política social. Del mismo modo que en medicina se han desarrollado los cuidados paliativos y la atención para pacientes terminales, o en drogodependencias se han desarrollado los programas de reducción de daños, en política social hemos de orientar las acciones considerando los problemas como crónicos e irresolubles. 

Bienvenidos a la época de la política social paliativa.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Vínculos

A nivel laboral, las Navidades comenzaron de una forma bastante dura, pues justo en la víspera de las vacaciones fallecía un alumno del Centro Ocupacional para personas con discapacidad intelectual que gestionamos.


Os pongo en situación. Se trata de un equipamiento pequeño, creado, mantenido y gestionado desde los servicios sociales locales, con un gran esfuerzo técnico y un importante compromiso político. Si un equipamiento de este tipo siempre tiene importancia, en el medio rural y en una pequeña comunidad pasa a ser transcendente.

Porque para los alumnos y alumnas del Centro, las relaciones que establecen allí son tan importantes como las familiares. Para muchos de ellos supone el único contacto con el mundo exterior más allá de su familia, unas oportunidades de ocio, de formación y desarrollo que de otro modo no tendrían.

Con historias muy duras de rechazo y no aceptación, en el Centro obtienen respeto, reconocimiento y un instrumento para integrarse en una Comunidad que en muchas ocasiones no construye para ellos más que barreras de todo tipo.

Por eso cualquier pérdida se sufre de una manera intensa y el mundo emocional que en la convivencia diaria se ha ido construyendo queda gravemente afectado para todo el que participa en él de una manera u otra.

Y eso es justo lo que ocurrió vísperas de Navidad. Un desgraciado accidente que se llevó a uno de nuestros alumnos, desgajando el Centro y atravesándolo con una dentellada de dolor inenarrable.

La celebración de la Navidad fue sustituida por el funeral. En él, en una pequeña Iglesia de nuestro medio rural, unos pocos vecinos, unos pocos familiares y todos los compañeros y compañeras del fallecido, acompañados de sus propias familias. Impresionaba el clima de dolor y de afecto compartido entre todos.

Los técnicos del Centro de Servicios Sociales, la trabajadora social de la familia, la psicóloga, la auxiliar de ayuda a domicilio que atendía al alumno y a su padre anciano en su casa, las monitoras del Centro... Todos juntos participando de ese dolor tan intenso y compartiendo la pérdida.

Conscientes de que este equipamiento es algo más que un servicio. Es vínculo, es relación, es convivencia.

A todos los que alguna vez preguntan a qué nos dedicamos los servicios sociales, me hubiese gustado que hubieran participado en ese funeral.

Allí quedó claro. Nos dedicamos a crear vínculos...  y a sufrir cuando se rompen.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Ahora que acaba el año...

Escribir en estos tiempos tiene un punto de locura. Atreverse a reflexionar sobre la política social y criticar algunos aspectos de los servicios sociales y del trabajo social sólo puede hacerse desde la inconsciencia o desde el privilegio de tener trabajo y haber ejercido en el sector más de treinta años.


Como Wang y yo cumplimos ambas condiciones (él es el inconsciente), hemos conseguido mantener vivo este blog durante siete años.

En unos momentos donde no es fácil exponerse. Hoy se lleva callar, pasar desapercibido, no perturbar el orden establecido, no provocar... Las redes sociales todo lo magnifican y si son un magnífico altavoz para compartir ideas, no es menos cierto que también son un perfecto vehículo para el insulto y la descalificación, en unos tiempos en que la sociedad (y nuestra profesión dentro de ella) tiene la piel demasiado fina en lo formal mientras aguanta carros y carretas en los contenidos.

Este ejercicio de escribir tiene estos claroscuros. Y eso que a mí hacerlo a través de este blog me ha traído sobre todo cosas positivas. Sanos debates y reflexiones, multitud de amigos/as, contactos, colegas... (a muchos de los cuales admiro y, a los que, algunos sin conocerles, les he cogido mucho cariño). 

No negaré que también me he llevado algún disgusto. Mi estilo de escribir y mi estrategia de comunicación creo que no siempre son bien entendidas y en ocasiones me parece que he herido alguna sensibilidad. Pido disculpas por ello.

A veces siento que escribo contra todo. No lo puedo evitar. El blog nació con vocación de denuncia, y así seguirá. Lo que no excluye que intente siempre fundamentar y argumentar mis críticas lo más solidamente que puedo y que procure siempre ofrecer alternativas dentro de ese contínuo que va desde la pragmática a la utopía.

Y bueno, ya no os canso más.

Os dejo, como todos los años, las entradas más visitadas del año que terminamos, por si os apetece revisitarlas.
  • "Pobreza menstrual". Un intento de denunciar el interesado parcelamiento de la pobreza y los modos ineficaces y crueles con que se finge poner remedio. 
  • "El barco". Sobre lo que parecía el inicio de una nueva política en materia de acogida de inmigrantes.

También os pongo un enlace a dos archivos con todas las entradas del blog en formato pdf, por si queréis descargarlas y conservarlas en ese formato. 

Aprovecho para desearos unas felices navidades y para el año que viene, la mejor de las fortunas. Por mi parte seguiré escribiendo durante 2019 siempre que la ocasión lo merezca y mientras la libertad y la creatividad me lo permitan.

Un fuerte abrazo de Wang, y otro mío... amigas y amigos. Espero seguir disfrutando de vuestra compañía el año que viene, a ver si nos trae algo más de justicia en esta política social que padecemos.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Se ha escrito un crimen

Ea. Ya vale. Que no cuela, vaya. Que aunque no sea politicamente correcto voy a decir lo que llevo pensando mucho tiempo y no veo que nadie explique con claridad en este tema de los desahucios: que nadie se quita la vida, que nadie se suicida, por un desahucio. 

 

Me he animado a compartir esta reflexión al leer la valiente entrada de mi compañera Belén Navarro "De desahucios, suicidios, servicios sociales y hartazgo" , donde denuncia con claridad algunos aspectos en relación a estos casos, aspectos que yo pretendo desarrollar aquí.

Y es que mola llamar asesinos a los que desahucian. A esos bancos que promueven los casos, a los jueces que aplican la ley sobre la propiedad, a los políticos encargados de legislar, a esos policías que colaboran con el mandato judicial, a esos servicios sociales que no han tramitado con celeridad una alternativa...

En unos casos es una manera de instrumentalizar un hecho para intentar defender una causa en la que se cree. En otros casos es simplemente una reacción ante el dolor de presenciar como el sufrimiento de uno de nuestros semejantes le ha llevado a terminar con su vida.

A todos nos van las explicaciones sencillas y lineales. Si una persona se ha suicidado y estaba inserta en un proceso de desahucio, se atribuye la culpa de ese suicidio a ese proceso y pasamos a otra cosa. El problema es que en un mundo tan complejo y global como el que vivimos, esas explicaciones no sirven.

Y menos en el caso de los suicidios. Un suicidio es un asunto muy complejo, donde se entrelazan factores psicológicos individuales de diversa etiología, junto a un gran número de factores sociales y relacionales en la biografía e historia vital de un sujeto, causándole un gran sufrimiento y una situación insostenible de la que se pretende escapar con ese acto.

Ya Emile Durkheim, en su famoso estudio sociológico de hace más de cien años, demostró la importancia de esos factores sociales y propuso una clasificación de distintos tipos de suicidio. Desde entonces, han sido numerosos los autores y estudios sobre la conducta suicida, que, aún hoy, estamos lejos de comprender. 

Pero algo está claro. No puede ser atribuida esta conducta a un sólo factor. Al menos sin oscurecer el resto mediante una puntuación interesada que nos lleva a una menor comprensión del contexto y, por tanto, a una menor capacidad de prevenir y evitar estas situaciones.

Sentadas pues las bases de lo que pienso y obligado a aclarar que no estoy legitimando los desahucios ni negando el sufrimiento que suponen para quien los padece, sigamos denunciando otro aspecto de ese pensamiento simplificador tan arraigado.

Buscando eludir responsabilidades y legitimar el status quo establecido, se trata ahora de buscar a los culpables, esto es, a los asesinos.

Y aquí aparecen los servicios sociales, bien pertrechados con su traje de "chivo expiatorio", prestos a ser acusados del crimen.

Para gran parte de la sociedad, sobre todo para los políticos que intentan eludir responsabilidades y para muchas entidades "activistas", los servicios sociales somos los encargados de proporcionar vivienda a quien no la tiene. Ergo si a alguien le quitan la suya o le desalojan de la que ocupa, se crea un problema que deben solucionar con inmediatez, diligencia y anticipación.

Se trata de un fenómeno de desresponsabilización y delegación que todavía en servicios sociales no hemos identificado suficientemente y para el que carecemos de defensa alguna. Si os interesa, hablé de estas cosas en mi entrada "El secuestro de la relación de ayuda".

Al mismo tiempo que se dificulta e impide nuestro trabajo, los servicios sociales debemos proveer de recursos ilimitados para estas situaciones. Como dice la canción, debemos tener "pomada pa' to' los dolores, remedio para toda clase de errores, también recetas pa' la desilusión". Al igual que tenemos que erradicar la pobreza y alimentar a los que pasan hambre, tenemos que proporcionar vivienda a quien no la tiene. Y además debe hacerse "a la carta", aunque de esto hablaremos otro día.

El problema así, de nuevo, deja de ser social para pasar a ser individual. El problema no será más que la política de vivienda sea un disparate a nivel nacional y municipal, que nuestra sociedad está entregada al individualismo insolidario, ni que los servicios sociales tengamos "de facto" atribuidas unas funciones que no nos corresponden... El problema será que una trabajadora social de un centro de servicios sociales no ha sido suficientemente diligente para proporcionar una nueva vivienda, tal como la persona que se ha suicidado requería.

Entiendo y comparto el hartazgo de mi compañera Belén. Yo cada vez que oigo a esos políticos irresponsables utilizándonos como chivo expiatorio me dan ganas de... (no, de suicidarme no), de vomitar.