miércoles, 24 de abril de 2019

Paseos por la intervención social (III)

Seguimos esta larga caminata por las veredas de la intervención social, intentando comprender sus fracasos y sugerir alguna mejora.


En esto de la intervención social hay tres conceptos con los que uno se topa con frecuencia: son el diagnóstico social, el profesional de referencia,  y la prescripción social. Conceptos que creo que tendríamos que debatir, aclarar y revisar, más allá de lo aparente.

Sobre el primero de ellos, sin renegar de las necesarias categorizaciones (útiles a mi juicio para poder entendernos y menos para intervenir), creo que el diagnóstico debe ser compartido. No creo en los diagnósticos realizados por un único profesional. Considero que deben ser elaborados de forma conjunta por toda la red de profesionales que intervenga en cada caso e, idealmente, con la participación de la persona y su familia.

Pero más allá de eso, en los terrenos de la intervención social hay una fuerte disociación entre diagnóstico y tratamiento, sin que éste se derive necesariamente de aquel. Acceder a un recurso que presumiblemente pueda solucionar el problema depende en gran medida de la disponibilidad del mismo y frecuentemente de que una combinación entre azar y oportunidad lo permita. Por otro lado, los recursos a los que permite acceder un determinado diagnóstico, con demasiada frecuencia en nada sirven a la resolución de la problemática.

En mi práctica profesional me veo en muchas ocasiones con un diagnóstico elaborado en equipo, realizado con tiempo y profundidad que, en sí mismo, no sirve para nada. Tras realizarlo, viene la segunda parte: hacerlo valer ante la red de servicios sociales especializados y ante otros sistemas públicos de protección social que (con honrosas excepciones) mantienen una actitud defensiva ante el diagnóstico expuesto. La deslegitimación del diagnóstico (cuando no la desconfirmación de quien lo ha realizado) es demasiado frecuente en nuestra práctica. E insoportable cuando se realiza desde intereses espurios o desde la incompetencia técnica, que, dicho sea de paso, también es muy habitual encontrar.

Lo cual nos lleva, continuando el paseo, a los otros dos temas que he nombrado. Se reclama con mucha frecuencia la prescripción social para los profesionales, pero a mi juicio eso tiene algunos problemas. Por un lado se circunscribe la prescipción social al paradigma necesidades-recursos: hay una necesidad objetiva e inequívoca que se diagnostica y se prescribe por tanto el recurso que la soluciona. Ello supone un empobrecimiento de la función profesional, aproximándola a esa "expendeduría de recursos" que tantas veces hemos denostado pero que a veces parecemos reclamar como función identitaria propia.

Hablar de prescripción social en estos términos a mi juicio constriñe la intervención profesional y, como he expuesto en varias ocasiones, sustituye la función de "establecer relaciones de ayuda" por la de "establecer relaciones para dar ayuda(s)"

Y el otro concepto problemático es el del profesional de referencia. Muchas leyes incluyen el término, reclamando que toda persona destinataria de la intervención social tenga un único profesional de referencia que realice el seguimiento y garantice la coordinación de las actuaciones dentro del sistema.

Se reclama del mismo modo que ese profesional sea del Trabajo Social. Estoy de acuerdo, pero más que de del profesional que se trate o de las funciones que se le atribuyan debiéramos preocuparnos por la capacidad para desarrollarlas. Más claramente: por el poder que tenemos para desarrollarlas.

De nada vale la legitimación si no se acompaña del prestigio, respeto y poder para la función.

Por ejemplo, dentro del sistema sanitario, si yo ando con un problema de salud, el único modo de
acceder a un especialista es a través del médico de atención primaria, quien debe diagnosticar, evaluar la necesidad y derivarme. A pesar de todas las proclamas y normas, ello no ocurre en el sistema de servicios sociales. El acceso directo a los servicios especializados no sólo es posible, sino muy frecuente y, en otras muchas ocasiones, el paso por los servicios sociales de atención primaria es meramente protocolario o instrumental.

Y con estos conceptos que creo que habría que revisar, termino por ahora este paseo por la intervención social recordando otro de los proverbios chinos que utiliza Wang y que creo que es muy de aplicación en esto de la intervención social.

Dice así "En el agua demasiado pura, no nadan los peces".

Nos vemos en el camino.




domingo, 14 de abril de 2019

Paseos por la intervención social (II)

En la entrada anterior paseabamos por un aspecto de la intervención social que me parecía crucial: el liderazgo. Antes de encontrarnos con el resto de aspectos que os anticipé y que me parecen igual de importantes, tal vez sea necesario ponernos mínimamente de acuerdo en qué es esto de la intervención social.


Comenzaré planteando que, para mí, desde el Trabajo Social distinguir entre intervención social e intervención psicosocial tiene poca relevancia pragmática. Nuestra disciplina ha desarrollado suficientemente el objeto de la profesión en torno al sujeto, a su contexto y a la interacción entre ambos, por lo que los factores psicológicos, relacionales y sociales se encuentran tan fuertemente imbricados para nosotros que no podemos dejar de considerar a ninguno de ellos en nuestras intervenciones.

De modo que hablaré de intervención social o intervención psicosocial de modo indistinto. Dejo los debates sobre a "quién" le compete "qué", (que por otro lado me aburren soberanamente y en muchas ocasiones me parecen insoportablemente infantiles) para aquellos que sientan la necesidad (legítima por otra parte) de defender el "trozo de pastel" que sientan como suyo en esto de la intervención social. En el mundo complejo en el que nos movemos, la hiperespecialización de las disciplinas va en contra de la transdisciplinariedad que consideramos necesaria para comprenderlo y actuar para cambiarlo.

Dicho lo cual, para definir el concepto de intervención social utilizaremos el artículo "Repensando la intervención social", de Fernando Fantova en la Revista Documentación Social.

En el mismo, define la intervención social como una actividad que se realiza
  • de manera formal u organizada, 
  • intentando responder a necesidades sociales
  • y, específicamente, incidir significativamente en la interacción de las personas
  • aspirando a legitimación pública o social.
En el artículo se explican muy bien cada uno de los apartados, y os recomiendo que lo leaís completo, pues sugiere muchos aspectos que nos llevarían mucho tiempo desarrollar.

Por mi parte, voy a centrarme en el ámbito donde debe desarrollarse la intervención social definida de esta forma.

Aunque no de modo exclusivo, considero que el lugar privilegiado donde ha de desarrollarse la intervención social es el Sistema de Servicios Sociales.

El Sistema de Servicios Sociales debe garantizar la CONVIVENCIA entre las personas, proporcionando o reparando los entornos convivenciales y normalizando las relaciones familiares, sociales y comunitarias de manera que todas las personas puedan desenvolverse autónomamente.

Desde ahí, todas las problemáticas que afecten a la convivencia deben ser tratadas por el Sistema de Servicios Sociales. El resto de actores, basicamente otros sistemas públicos de protección social y entidades de iniciativa social, sólo deberían intervenir de forma complementaria y bajo la dirección y supervisión del primero.

Hago la salvedad del Sistema de Salud, pues son tantas las intersecciones y factores comunes entre la Salud y lo Social que probablemente la intervención social deba también ser desarrollada en éste. Lo cual requeriría de una coordinación entre ambos sistemas, que por razones que no vienen al caso ahora, no puede establecerse con la profundidad necesaria para garantizar de modo adecuado la intervención.

El problema es que, al margen de la salvedad citada,cualquiera se siente legitimado para realizar una intervención social. Lo social es un territorio tan vasto e indefinido que todo el mundo puede intervenir en él. Cualquier entidad (pública o privada) puede identificar una necesidad o problemática social (individual o colectiva) y poner su estructura al servicio de desarrollar un programa o proyecto de intervención.

Planificar y coordinar tan variadas actuaciones (tan dispares en cuanto a lógicas y a motivaciones como dispares son las instituciones que las sustentan) es una tarea, nunca mejor dicho, de chinos. Tarea que debería afrontar el fragmentado, confuso y débil Sistema de Servicios Sociales, pero que no puede hacer mientras no adquiera una legitimidad diferente (que no se espera) y mientras no se halle tan ocupado en otras tareas como la de paliar la pobreza y recoger la exclusión que otros expulsan.

El resultado son intervenciones sociales caóticas, cuya eficacia para resolver las problemáticas que pretenden depende más de la suerte que de la calidad de la intervención y que con frecuencia, en lugar de resolverlas las empeoran.

Y es que, como dice otro proverbio que Wang utiliza con frecuencia "para quien no sabe donde ir, todos los caminos sirven".

domingo, 7 de abril de 2019

Paseos por la intervención social (I)

El devenir de la intervención social en los últimos tiempos se ha caracterizado por una gran complejidad y el fracaso de muchos de los procesos a través de los cuales se pretendía dar solución a diversas problemáticas individuales, familiares, grupales o colectivas.


En las próximas entradas voy a hablar de eso que conocemos por intervención social, con el ánimo de reflexionar sobre algunos aspectos de la misma y que creo que se encuentran detrás de muchos de esos fracasos de los que hablo.

Comenzaremos por el principio y hablaremos del liderazgo en la intervención psicosocial. Daremos un paso atrás e intentaremos ver a qué nos referimos con el concepto de intervención social o psicosocial. Y terminaremos con algunos conceptos como diagnóstico social, profesional de referencia y prescripción social. Por el camino nos encontraremos con lo que considero dos amenazas: lo que he denominado hiperespecialización y lo que he dado en llamar hipercientifismo.

Así que si os apetece el menú, podéis seguir leyendo. Os aviso que voy a utilizar un lenguaje más divulgativo que académico. Creo que con la misma profundidad y seriedad, lo que perdamos en referencias lo ganaremos en ligereza.


DEL LIDERAZGO EN LA INTERVENCIÓN SOCIAL

Estoy convencido de que el Trabajo Social es la disciplina indicada para asumir el liderazgo de los procesos de intervención social, que si se realizan sin una dirección adecuada, lejos de solucionar las problemáticas que pretenden atender, las cronifican o empeoran.

Ante una problemática social de cierta complejidad (y es redundar en que todas lo son), es necesaria la intervención de toda una red de profesionales e instituciones formales de diferentes sistemas, en coordinación con una multiplicidad de actores en los ámbitos familiares y social.

Pero esta conjunción de fuerzas, por sí misma, no significa nada. La mera suma de las mismas no hace que la intervención social sea eficaz y que la problemática se solucione. Se requiere de una coordinación de las mismas, que se trabaje en la misma dirección y que se acuerden las estrategias más adecuadas.

Si no, la intervención social es una orquesta desafinada o un motor que chirría. Hace falta alguien que la dirija para que suene bien la melodía o alguien que le eche aceite para que todo ruede correctamente.

Esta función de liderazgo imprescindible para el correcto desarrollo de la intervención social corresponde al Trabajo Social y sin embargo, parece que hemos abdicado de la misma.

No profundizaremos ahora en las razones que han llevado a ello. Sin duda hay razones intrinsecas a nuestra profesión, enlazadas intimamente con multitud de factores ajenos a ella, sobre las que deberíamos hacer una reflexión seria. Tal vez en otro momento lo hagamos en este blog, aunque es un tema que ya hemos apuntado en otras ocasiones. Mientras, nos quedaremos con la constatación de que el Trabajo Social no realiza dicha función y que la mayoría de las intervenciones sociales están caracterizadas por una crónica descoordinación, la ausencia de diagnósticos compartidos y la multiplicidad de estrategias frecuentemente contradictorias.

A diferencia por ejemplo de los problemas médicos, donde, aún participando múltiples intervinientes, éstos suelen estar concentrados en unos contextos limitados con los que se relaciona el paciente, en lo social la diversidad de las fuerzas implicadas crece exponencialmente con el paso del tiempo, apareciendo progresivamente más y más actores, cada uno con su diagnóstico y estrategias.

Ante un problema social (el maltrato a unos niños, la violencia contra una mujer, las dificultades de alojamiento de una familia o de un dependiente...) la cantidad de personas e instituciones que se sienten legitimadas para opinar acerca de lo que está pasando y para realizar propuestas para solucionarlo, cuando no para intervenir directamente, es elevadísima.

Todo el mundo sabe qué hay que hacer, cuando hay que hacerlo y emite juicios sobre lo que han hecho o no otros profesionales o instituciones. La persona, familia, o grupos de éstas afectados por el problema comienzan a recibir múltiples opiniones, propuestas e indicaciones que en el mejor de los casos son bienintencionadas pero en muchos otros están supeditadas a diversos juegos de poder y agendas ocultas entre los intervinientes.

Wang me comenta que en su país tienen un proverbio que resume muy bien lo que queremos decir: "Cuando varios se ponen a caminar juntos, uno tiene decidir hacia donde van".

viernes, 29 de marzo de 2019

Satisfechos

Observo cierta complacencia con el actual desarrollo del sistema de servicios sociales en nuestro país y en el nivel de protección social que, a través de él, se propone para la ciudadanía.


No vendré yo de nuevo a "aguar la fiesta" a la gran cantidad de técnicos y políticos que, (me consta que trabajando de una manera honrada y muy seria), se encuentran satisfechos con la situación actual. 

Por ejemplo, en materia de pobreza se están intentando desarrollar programas de rentas mínimas, acompañadas de diversas prestaciones económicas que intentan paliar el problema y sus principales consecuencias, como la falta de vivienda o confortabilidad. Un sistema confuso y desordenado, con muchas grietas en permanente reparación y que, aunque deja fuera a muchas personas, supone para muchas otras la oportunidad de lograr unos mínimos de supervivencia y unas condiciones de vida con algo de dignidad.

Del mismo modo en materia de atención a la dependencia, donde desde diferentes administraciones se intenta dotar presupuestariamente una Ley que requeriría de muchos más recursos para conseguir los objetivos que pretendía, pero sin los cuales no se podrían mantener los múltiples servicios, desde centros residenciales hasta apoyos en el domicilio que, aunque de un modo parcial y muchas veces con retraso, permiten cuidar a muchas personas cuya situación, de otro modo, sería dramática.

En parecidos términos podríamos hablar de los sistemas de protección a la infancia, o de protección a la violencia contra la mujer. Aunque son muy insuficientes los recursos que se dedican a ello, hoy disponemos de cierta red de protección que aunque no consigue por ello errradicar el problema, sí permite atender y proteger muchas situaciones de sufrimiento.

Todo esto es cierto. El problema es que estamos dando por buena la situación. Detecto mucha complacencia con el sistema y, aunque todo el mundo reconoce sus insuficiencias, los matices son cuantitativos. 

Hay cierto consenso político-técnico en que la dirección es buena. Otra cuestión es la velocidad. Y aquí ya hay discrepancias. Unos piensan que es una velocidad suficiente, incluso que habría que reducirla. Otros sin embargo ven imprescindible pisar el acelerador a fondo. Son matices, como digo, de orden cuantitativo.

Por mi parte opino que la cuestion no es cuantitativa, sino cualitativa. El dilema no se encuentra en la cantidad de recursos que hay que dedicar al sistema sino el modelo en el que se ha construido. El modelo actual de encaje del sistema de servicios sociales en el marco de la política social es un fracaso. (Podéis leer más sobre ello en esta entrada.) Es un encaje residual y básicamente asistencialista, cuya función de amortiguador social prima sobre la resolución real de los problemas.

Ya he hablado en otras ocasiones de que el sistema, sus servicios y prestaciones, tal y como están diseñados en la actualidad no modifican de verdad la situación de ninguno de los destinatarios. Tan sólo consiguen aliviar un poco esas situaciones, pero manteniéndoles en el mismo nivel de sufrimiento, colaborando con su cronificación o ineficaces para que se consiga superar la misma. Lo hice por ejemplo en estas dos entradas: "Teoría de los estratos" y "Estratos y coordinación".

Sigo pensando que hasta que no produzcamos un verdadero debate conceptual sobre la protección social en nuestro país, entendiendo por ello qué queremos proteger, a qué nivel queremos hacerlo y quien debe encargarse de ello. Tres cuestiones a las que las respuestas actuales nos han llevado a construir un sistema tan confuso, contradictorio y fracasado como el actual.

Creo que hasta que no superemos las posturas de pensar que estamos en la dirección adecuada o en las de que es la única dirección en la que podemos ir, no podremos dar el primer paso. Que no es otro que reconocer el fracaso.

 Lo cual estamos muy lejos de poder soportar.

lunes, 25 de marzo de 2019

Sobre consensos y otros animales extraños

Ya he comentado en varias ocasiones que no me considero demasiado capacitado para el análisis político. Aun así, como el contexto político es fundamental para el desarrollo de la acción social, que es a lo que nos dedicamos, me veo obligado en ocasiones a comentarlo.


Y es que el contexto actual está presidido  por la unión de las fuerzas políticas conservadoras que, (salvando algunas diferencias digamos "cosméticas") mantienen un relato unificado y unas políticas con bastante grado de acuerdo común, en contraposición a la desunión de las fuerzas políticas de izquierdas o progresistas, proverbialmente incapaces de generar acuerdos duraderos y profundos, ni siquiera sobre los grandes problemas de este país.

Más que reflexionar sobre las razones de todo ello (doctores tiene la Iglesia, decían antes en mi pueblo) me interesan sus repercusiones en la política social.

Porque la hoja de ruta de la derecha en este tema está clara. Las recetas del neoliberalismo económico constituyen una guía bien reconocible, cuya aplicabilidad está demostrada, y en nuestro ámbito se caracterizan por la reducción de la esfera pública, la mercantilización de un menguado Estado del Bienestar y una protección social reservada a la filantropia y el asistencialismo.

El modelo de recortes instaurado por el anterior Gobierno popular, más que como consecuencia de las dificultades de gasto en un contexto de crisis económica fue un planteamiento ideológico que defiende que la protección social a los débiles no es responsabilidad del Estado.

Ahora bien. ¿Qué relato está siendo capaz de proponer la izquierda? ¿Qué modelo de protección social se está planteando desde las fuerzas progresistas? ¿Cuáles son los mínimos puntos de acuerdo que mantienen en política social?

Ninguno. No hay relato. No hay modelo. No hay acuerdo.

Hay un conjunto de propuestas que van desde el posibilismo (influenciado en muchos momentos de los mismos valores neoliberales de la derecha), hasta la utopía irrealizable, pasando por todo tipo de intermedios y grises donde es imposible averiguar la guía y el norte, más allá de las estrategias coyunturales (y generalmente expresadas en términos de rédito electoral), que se proponen.

¿Cómo es posible que la izquierda no haya sido capaz de consensuar un modelo de Rentas Mínimas, Rentas Sociales o Rentas Básicas (a estas alturas llámenlas como quieran) que proteja de verdad contra la pobreza y que se desarrolle por cada gobierno progresista en cada territorio cuanto haya oportunidad?

¿Cómo es posible que no haya un discurso y unas propuestas unificadas y claras, pongo por ejemplo, frente a los desahucios (o más ampliamente la falta de acceso a la vivienda). O en materia de inmigración, o de protección a la infancia...

Porque lo de consensuar un modelo entero para la política social o al menos, para los Servicios Sociales por parte de toda la izquierda es algo que ni me planteo proponer. Están ocupados en otros más altos menesteres que les impiden abordar esta tarea.

Tarea que la derecha ha hecho con toda tranquilidad y diligencia.

Y es que, a pesar de que ahora, durante la larga campaña electoral que nos espera, quieran aparentar que en las fuerzas conservadoras hay diferencias...

... ellos continúan con su plan.