miércoles, 25 de agosto de 2021

De lo individual y lo comunitario

 Llevo tiempo dándole vueltas a lo que creo que es una tendencia cada vez más consolidada: la preeminencia de la satisfacción de las necesidades individuales y particulares por encima de las colectivas o comunitarias.

Es una consecuencia de la lógica posmoderna y neoliberal en la que estamos inmersos. El individuo y su subjetividad es la medida de todas las cosas y se ha producido una intensa desestructuración de toda idea de comunidad, hasta el punto de que el individuo reniega de cualquier identidad sujeta a vinculaciones sociales.

El derecho individual se convierte en el indicador social privilegiado de las formas de sociabilidad produciéndose, en términos del filósofo Gilles Lipovetsky, un “narcisismo individualista” donde, como decía al principio, toda forma de vinculación social queda supeditada a la satisfacción de las necesidades individuales más que de las comunitarias.

Las consecuencias de todo ello para el Trabajo Social, que trabaja básicamente con los vínculos, son evidentes: unas profundas contradicciones entre lo que debe hacer y lo que puede (o le es requerido) hacer.

Y en los Servicios Sociales ocurre algo parecido. Servicios orientados a la comunidad y a las formas de convivencia que se dan en ella, a los que se exige que se ocupen únicamente de esas necesidades individuales y sobre todo, aceptando la definición que el individuo, en su subjetividad, haga de ellas. La deriva hacia agencias expendedoras de recursos es evidente.

Creo que estas dinámicas están en el sustrato de los grandes problemas que el Trabajo Social y los Servicios Sociales tienen hoy y oponerse a ellas, proponiendo otra manera de afrontar los problemas sociales, es el gran reto al que nos enfrentamos.

Y no es un reto menor. Porque no son dinámicas propias de nuestros sistemas. Están imbricadas en la cultura e ideología de la sociedad. Desde esa perspectiva, el Estado ya no debe garantizar el bien común, sino los intereses particulares de cada uno de los individuos.

El bien común no puede conseguirse sin la renuncia a algunos de esos intereses particulares, lo cual es una lógica contraria a la dominante, en la cual son las estructuras sociales y los servicios los que deben adaptarse a cada uno de los individuos, con independencia de lo que ello signifique para el resto o para la colectividad en su conjunto.

Recuperar la idea de comunidad es tan urgente como necesario y sólo unos Servicios Sociales orientados hacia lo convivencial y relacional podrán colaborar a conseguirlo.

Pero creo que cada vez estamos más lejos de ello.

miércoles, 21 de julio de 2021

Tipos de pobres

 En mis muchos años de trabajo en Servicios Sociales he tenido oportunidad de conocer a muchos tipos de personas: ricos, pobres, mediopensionistas, cantantes de ópera, contables, chatarreros, adivinadores de cartas…

Y de toda esta panoplia de personas, de la que más subtipos he conocido son los pobres. Debe ser por la gran cantidad de ellos que en los últimos años nuestra sociedad se ha empeñado en crear.

Un gran número que ha promovido su diversidad, a diferencia, pongo por caso, de los aficionados a coleccionar soldados de plomo, cuyo escaso número no favorece demasiado su diversificación y suelen ser bastante uniformes, como los que llevan las figuras que coleccionan.

Así que hoy quiero compartir con vosotros y vosotras los subtipos que, según mi experiencia, se dan entre los pobres.

Una de las caracterizaciones más comunes son los POBRES TONTOS. Estos son muy frecuentes, y los poderes públicos no se cansan de diseñar políticas y programas para ellos.

Los pobres tontos están en situación de pobreza porque no saben atender sus propias necesidades. Carecen de formación, conocimientos y habilidades para acceder a un empleo o para aprovechar adecuadamente los recursos que tienen o los que pueden ponerse a su disposición.

No saben hacer la compra de manera adecuada y dilapidan su presupuesto, nunca mejor dicho, “tontamente”.  Tampoco saben cómo ahorrar energía, ni por supuesto acceder a los numerosos y suficientes recursos que existen para ellos, pues su torpeza les impide realizar los trámites de manera adecuada.

Este tipo de pobres son tan tontos que, consecuentemente, esperan que se les trate como tales, así que la mejor manera de ayudarles es sustituir sus capacidades. El profesional que se disponga a ayudarles debe estar dispuesto a hacer todo lo que ellos no saben hacer, mientras intenta, habitualmente sin éxito, (para lo que debe estar preparado), que aprendan a hacer algo por sí mismos. Enseñar al que no sabe es sin duda una noble función, pero puede resultar ciertamente frustrante.

En mi experiencia, junto a los anteriores aparecen los POBRES LISTOS. Su principal objetivo es no trabajar y vivir de las ayudas públicas, para lo cual desarrollan unas habilidades importantes. Conocen todos los recursos, formas de ayuda, cómo, dónde y con quién tramitarlas.

Como habitualmente no se diseñan los programas de intervención por subtipos de pobres (un error que este artículo espero contribuya a enmendar), a estos pobres se les propone lo mismo que a los anteriores: formación. En los más variados y diversos temas: desde cómo buscar un empleo (que no desean) hasta cómo aprovechar mejor la compra semanal (como si no lo supieran).

Pero los pobres listos no pondrán pega alguna a estos programas. Saben que participando en ellos las probabilidades de acceder a ayudas y vivir regaladamente de las mismas es mayor.

Al igual que con los anteriores, el profesional que intervenga con ellos debe estar preparado para trabajar incansablemente en todo lo que le demanden, preparado para ver cómo las situaciones de pobreza de éstos se cronifican en el tiempo y se transmiten de generación en generación.

Con matices diferentes pero compartiendo algunas de las características con los pobres listos y con los tontos, encontramos a los POBRES VAGOS. Para estos el acceso al trabajo no responde a sus esquemas vitales, lo cual muestran permanentemente con un importante autoabandono e indolencia.

Su negligencia es tal que, con frecuencia, ni siquiera demandarán ayudas directamente, como hacen los pobres listos. Al contrario, dejarán que su situación personal y familiar se deteriore lo suficiente como para que los profesionales se activen e intervengan, lo cual tendrán que hacer como con los pobres tontos, dispuestos para asumir todo lo que, en este caso no es que no sepan, sino que no quieren hacer.

Paradójicamente, uno de los programas que suelen proponerse para este tipo de pobres vagos son lo que se llama programas de activación, desde posiciones en la que la única motivación está en el profesional y con el propósito, fracasado de antemano, de traspasársela.

Con estos tres subtipos que acabo de describir no suele ser difícil trabajar. Tan sólo hay que asumir el fracaso de cualquier intervención que pretenda que superen la situación de pobreza. Pero hay otro tipo de pobres, más complicado. Son los POBRES MALOS.

Estos, además de ser pobres, se dedican a delinquir, toman drogas o alcohol y suelen ser agresivos tanto para su entorno como para los profesionales que intervienen con ellos.

Para ellos suelen implementarse programas de exhaustivo control de las prestaciones que reciben, pues en el fondo sabemos que no son merecedores de las mismas. Este control será fuente de no pocas confrontaciones con los profesionales, pero es algo ineludible pues sin él la ayuda carecería de cualquier tipo de legitimación social.

Menos mal que, también con frecuencia, encontramos a los POBRES BUENOS. Estos son simpáticos y suelen mostrar agradecimiento, lo cual es una importante fuente de satisfacción profesional.

No suele generarse problemas en la relación con ellos, al contrario, es el subtipo más necesario para la sociedad, pues permiten canalizar de mejor manera la compasión y solidaridad de la misma. Y eso explica que este tipo de pobres buenos no desaparezca.

Y ya para finalizar, voy con el último de los subtipos que voy a nombrar. Hay algunos más, pero no es objeto de este artículo ser demasiado exhaustivo. Si alguien quiere hacer alguna tesis doctoral sobre el tema, me presto a darle más información, pero de momento señalaré los POBRES QUE NO SON POBRES.

Y es que hay pobres (pobres…) que no se encuentran en situación de pobreza por sus propias aptitudes o actitudes personales. No son vagos, indolentes, malos o ignorantes. Son simplemente personas en situación de pobreza, esto es, en un contexto estructural que les mantiene en la misma y que les niega cualquier oportunidad para salir de ella.

No son muchos, pues todos sabemos que cuando eres pobre es porque algo habrás hecho mal, como este artículo acaba de probar científicamente.

Lo cual coincide por otra parte con lo que queremos creer. No vaya a ser que nosotros mismos pudiéramos encontrarnos en alguna de estas situaciones. 

Eso no nos puede suceder, ¿verdad Wang?

jueves, 17 de junio de 2021

De la subsistencia y otras pequeñeces

La tendencia que se viene consolidando en materia de subsistencia material de las personas, esto es, que las personas tengan unos medios para vivir dignamente y atender sus necesidades más básicas en materia de alojamiento y alimentación es que sea una especie de política multinivel y transversal a todas las áreas de la política social o incluso de coordinación con otras áreas como la política fiscal.

Podía haberse consolidado otro modelo, como por ejemplo dedicar un área de la política social exclusivamente a este tema, un hipotético Sistema de Garantía de Rentas, pero el modelo que se ha implantado en la práctica, defendido por muchos sectores, es el que he descrito antes.

Ese modelo plantea que las sinergias entre las distintas políticas configuran un sistema de protección suficiente del que forman parte desde las prestaciones más institucionales, como las pensiones, prestaciones por desempleo o el reciente IMV, hasta los bancos de alimentos (con más o menos subvenciones públicas), pasando por las prestaciones de emergencia de los servicios sociales locales y otras ayudas y subvenciones más o menos finalistas de entidades locales o de otras áreas de la política social como las de vivienda o educación.

Y es un modelo que parece funcionar. Aunque los niveles de pobreza son muy altos, inexcusablemente altos, no nos encontramos en nuestro país con hambrunas generalizadas o grandes masas de población sin techo. Otra cuestión es el grado de sufrimiento que las personas padecen en las condiciones que soportan para tener comida y techo, pero salvo excepciones, son dos elementos accesibles.

Claro que un sistema tan complejo, con semejante multiplicidad de actores intervinientes, es algo difícil de coordinar y por ello tiene sus fallos. Digamos que aunque funcione, es alto el riesgo de que no proteja a alguien. Y en esas situaciones de falla, un sistema así puede tener dificultades para identificar la responsabilidad y por tanto de implementar medidas para corregirlas.

Por ello, en esa construcción histórica del sistema, hubo que buscar un actor que asumiera esa última responsabilidad. Y ahí aparecimos los Servicios Sociales locales, expertos en ocupar zonas de incertidumbre y siempre prestos a asumir lugares residuales.

Y con más o menos matices, las leyes y normativas fueron incorporando que el Sistema de Servicios Sociales debía garantizar las necesidades de subsistencia de la población. Explicitar este encargo social, seguramente en coherencia con el paradigma dominante (básicamente la garantía de derechos individuales), tuvo un gran impacto en el Sistema de Servicios Sociales y por ende, en el conjunto de la política social.

A mi juicio, una de sus repercusiones fue la disociación de la Atención Primaria de Servicios Sociales del resto de Sistema. Se relegó esta Atención Primaria a la función de atender la subsistencia. Y esta puerta de entrada quedó reducida a recibir la principal demanda que el Sistema recibe: dinero. Dinero para pagar las facturas, para alimentación o para pagar la vivienda.

Claro que el Sistema de Servicios Sociales tiene más cosas que hacer. Y ante el colapso de la Atención Primaria (ya hemos definido que el sistema de atención a la subsistencia tiene demasiados fallos que se decidió que ésta tenía que corregir) se fueron creando diferentes puertas de entrada y subsistemas (chiringuitos, los hemos denominado a veces, en una impropia caricatura) para atender esas otras cosas (violencia, problemáticas relacionales, prevención o inserción) obviando la función de la Atención Primaria como puerta de entrada general del Sistema.

Todo ello dificulta visibilizar qué función social realizan los Servicios Sociales, quedando reducida generalmente en el imaginario de muchos políticos y técnicos de otros sistemas (incluso del propio) como función de atención a la pobreza. Sobre las repercusiones de esta concepción ya hemos hablado profusamente en otras entradas.

Otra de las repercusiones importantes al asumir esa última responsabilidad (una de las definiciones frecuentes del Sistema de Servicios Sociales es denominarlo como la última red de protección social de las personas), fue el uso de las prestaciones económicas dentro del Sistema.

Prestaciones diseñadas para situaciones muy concretas, de carácter sobrevenido y no crónico, como las de urgencia o emergencia, tuvieron que generalizarse para atender situaciones permanentes y de forma periódica. Prestaciones diseñadas para favorecer la inserción tuvieron que rediseñarse para atender la subsistencia. Esta modificación conceptual fue, más que algo planificado, realizada de una manera reactiva a ese encargo social que se estaba asumiendo y ha supuesto numerosos problemas que aún no terminan de resolverse (por ejemplo la consideración como subvenciones de este tipo de ayudas, las limitaciones en cuantías o presupuestos de las mismas o la exigencia o no de contraprestaciones o condiciones de algún tipo).

Rediseñadas de esta forma, este tipo de prestaciones ha tenido efectos paradójicos, sobre todo al permitir que el resto de Sistemas puedan eludir sus responsabilidades y no tener que gestionar sus prestaciones de modo accesible, al mismo tiempo que han colaborado con la cronificación de muchas situaciones de pobreza, generando procesos de desresponsabilización y delegación con efectos bastante contrarios a los que se pudieran pretender.

Porque no siempre fue así. En el paradigma anterior la responsabilidad era de la propia persona, y los Servicios Sociales generábamos procesos, en primer lugar de diagnóstico, y posteriormente de acompañamiento en la búsqueda o reclamación de soluciones. En el nuevo paradigma la responsabilidad es exclusiva del profesional, que es quien debe proveer las soluciones tal y como la persona las plantee. Diagnóstico y prescripción han quedado anticuadas, sustituidas por certificación y acceso.

La epistemología que subyace en estos dos paradigmas es muy diferente y creo que la irrupción de la segunda ha hecho unos Servicios Sociales mucho más inefectivos.

Reflexiones al hilo de mi participación en el VIII Foro de Derechos Sociales de Zaragoza. Os dejo aquí el enlace en youtube con el debate completo . 

 

martes, 18 de mayo de 2021

Cuando rectificar no es suficiente

El Gobierno de Aragón ha rectificado y ha incluido a los profesionales del Sistema de Atención Primaria de Servicios Sociales en la lista de profesionales esenciales a vacunar.

Por lo que acabo con esta entrada mis reflexiones sobre este proceso de vacunación, a través del cual he tenido la oportunidad de analizar algunas de las más profundas deficiencias de nuestro Sistema.

En lo que a mí respecta, me he vacunado dentro de mi grupo de edad, (a los que sabemos quien son Los Chiripitifláuticos nos están admitiendo ahora) y no, como esperaba, por mi condición de profesional esencial. Creía, iluso de mí, que el Sistema de Servicios Sociales iba a ser considerado de otra manera.

Bueno, al menos, algunos compañeros y compañeras más jóvenes verán reconocida su condición de profesionales esenciales, aunque sea de la manera tan tardía y descreída como el Gobierno de Aragón lo está haciendo. A mí ni siquiera me ha llegado esa magra y simbólica reparación.

Porque si algo me ha quedado claro con la pandemia y en especial con este tema de la vacunación es la extrema debilidad de la posición que ocupamos en la sociedad en general y en la política social en particular el Sistema de Servicios Sociales.

Un Sistema desorganizado, sin liderazgo ni guía, muy desprestigiado, residual. En demasiadas ocasiones ninguneado e invisibilizado y en algunas, como en ésta, maltratado y agraviado.

Creo que ese es el principal reto del Sistema, pues desde estas posiciones poco se puede aportar a la política social más allá de mantenernos en los papeles que al resto de actores les interesa que ocupemos.

Tener un Sistema de Servicios Sociales respetado y prestigioso es el único camino para ser útiles. Y obtener ese prestigio no depende tanto de que se reconozca lo que hacemos (de sobras es conocido por cualquiera que se interese) o de cómo lo comuniquemos. Sin negar que hay cosas que podríamos hacer mejor y que sin duda las podríamos contar de mejor manera, creo que conseguir ese prestigio pasa por una actitud digamos más “combativa”.

Hasta ahora hemos sido demasiado condescendientes con las pérdidas de respeto que hemos sufrido. Traicionados en muchas ocasiones por la pragmática, hemos asumido encargos extemporáneos y posiciones residuales que no nos han hecho ningún bien.

Estoy persuadido de que hay que incorporar posiciones mucho más claras de denuncia y hay que decir con claridad que no a muchos encargos y propuestas. Sé que nuestra dispersión y debilidad hacen difícil este camino, pero me parece que es el único posible en estos momentos.

En este sentido, la rectificación del Gobierno de Aragón y la tardía incorporación como profesionales esenciales a los planes de vacunación no me parece suficiente. Incorporación que estoy convencido de que si no nos ponemos a protestar todavía estaríamos esperando.

Los hermanos Malasombra
El insulto sufrido con la exclusión de nuestro Sistema durante estos meses ha sido demasiado grave y ya estaba llegando a niveles insostenibles. Hay profesionales de los ámbitos privados con mucha menos intervención que nosotros que llevan meses vacunados. Se está comenzando a vacunar incluso a voluntarios de otros sectores. Seguir excluidos de los planes de vacunación era ya un agravio consciente y deliberado que no se podía consentir más. El siguiente paso era acudir a la Justicia.

Por ello no basta con la incorporación ahora. Hay que identificar quién se negaba a nuestra vacunación y qué argumentos utilizaba para ello. Del mismo modo que tenemos que saber que contraargumentos se han intentado y con qué intensidad.

Mi hipótesis es que se tomaron esas decisiones basadas en una mezcla de prejuicios, desconocimiento y prepotencia. Y que quien tuvo la oportunidad de influir en ellas se inhibió de una manera incalificable.

Poner en valor el sistema significa también pedir explicaciones al respecto. El silencio que hemos sufrido como respuesta a nuestras demandas hasta ahora (y la desconfirmación que significa) no puede continuar.

Incluirnos en los planes no repara el daño sufrido. Vernos relegados como profesionales ha sido sentir cómo lo que muchos hemos estado construyendo durante años (un sistema de atención social en Aragón) no era valorado y que la respuesta a los problemas que hemos dado durante la pandemia (en muchos lugares los únicos profesionales que hemos estado presencialmente atendiendo problemas hemos sido los de Servicios Sociales) no ha importado en absoluto. Eso es en verdad lo que hay que reparar.

La herida es profunda. Creo que una vacuna no va a curarla por completo, si no viene acompañada de otro tipo de tratamiento.

Que estaría bien que comenzara por algún tipo de disculpa…

* * * 

Aprovecho para agradecer los apoyos sentidos durante este proceso por parte de usuarios, profesionales y amigos y también de quien se ha comprometido con el tema para que al final se corrigiese.

sábado, 8 de mayo de 2021

El doble vínculo en Servicios Sociales (o de cómo volvernos locos)

“No cualquiera se vuelve loco; esas cosas hay que merecerlas.”

Julio Cortazar.

 

 La teoría del doble vínculo fue acuñada y desarrollada por el antropólogo Gregory Bateson y su equipo de investigación en Palo Alto, California (1956). Está enmarcada en la perspectiva sistémica y hace referencia a aquellas situaciones comunicativas en las que se reciben mensajes contradictorios.

Esta teoría se formuló para explicar el origen psicológico de la esquizofrenia, dejando a un lado las disfunciones cerebrales e hipótesis orgánicas.

Si la comunicación fundamental en una familia es habitualmente doblevincular sus miembros pueden verse gravemente afectados en su desempeño psicológico.

Os hablo de esta conocida teoría porque opino que en la familia de Servicios Sociales éste es un modo de comunicación excesivamente frecuente y que está a punto de hacerse hegemónico y por tanto con alto riesgo de “volvernos locos”.

En la comunicación doblevincular el receptor recibe dos mensajes contradictorios. Habitualmente uno es explícito y el otro permanece implícito en la relación. Por otro lado está prohibida o es imposible señalar dicha contradicción, estando el receptor envuelto en una relación muy significativa con el emisor del mensaje, quien ostenta una posición de poder.

 El Sistema de Servicios Sociales está plagado de comunicaciones de este tipo.

Pondré un ejemplo, con una de las últimas situaciones y que, por su gravedad, me parece especialmente representativa: la vacunación del personal de servicios sociales como personal esencial. Más bien su no vacunación.

Mensaje A.- “El personal de Servicios Sociales es personal esencial.” El 26 de marzo de 2020, a través de la Orden SND/295/2020 del Ministerio de Sanidad, los Servicios Sociales, todos sus centros y trabajadores, independientemente de su titularidad se declara como Servicios Esenciales. Declaración que se reitera en la Ley 3/2021, de 12 de abril, por la que se adoptan medidas complementarias, en el ámbito laboral, para paliar los efectos derivados del COVID-19.

Más explícito y claro no se puede hacer.

Mensaje B.- “El personal de Servicios Sociales no es personal esencial”. Esta vez no se hace explícito. Simplemente, no se incluye al personal de Servicios Sociales entre los profesionales a vacunar.

Contradicción: Somos esenciales y no somos esenciales. Es como la paradoja cuántica del gato de Schrödinger, que está al mismo tiempo vivo y muerto.

Imposibilidad de comunicar: A pesar de las múltiples quejas, requerimientos y argumentaciones desde múltiples foros los responsables del plan de vacunación no se dan por aludidos. Ni una respuesta, ni una explicación. Silencio.

El uso del poder: La desconfirmación. No contestar tiene un mensaje: no importáis nada. Sois esenciales pero no significáis nada para nosotros, que somos los que decidimos. Nos da igual el miedo o la protección con la que tengáis que trabajar.

Los efectos de la contradicción. ¿Nos comportamos como esenciales o no? ¿Seguimos atendiendo presencialmente las problemáticas que lo requieran o dejamos de hacerlo? ¿Cómo vamos a dejar de hacerlo? ¿Pero si no es esencial nuestro trabajo podríamos dejar de hacer muchas cosas, ¿no? ¿Somos esenciales y prescindibles a la vez?¿O somos irrelevantes y muy necesarios? Qué lío...

Podría poner múltiples ejemplos más de este tipo de comunicación dentro del Sistema.  A todos los niveles y relaciones. Entre administraciones, entre profesionales y usuarios, entre los mismos profesionales, en relación con otras entidades…

Pero no lo haré. Os invito a buscarlas a vosotros. Seguro que las encontráis con facilidad pues, como digo, están por todas partes.

Por mi parte, me quedo con el ejemplo que os he puesto y que, como digo, me parece suficientemente representativo.

Hasta otra. Si no nos hemos vuelto locos antes.