miércoles, 28 de junio de 2017

Pagar las facturas



La Asociación Estatal de Directores y Gerentes de Servicios Sociales (a la que felicito por su impagable labor en defensa de este maltratado sistema) ha denunciado recientemente el Real Decreto con el que el Gobierno de la nación pretende regular el bono social para el consumo de energía eléctrica.


Y a pesar de que tenía un pacto con Wang sobre los temas de los que iba a escribir este verano (le había prometido hablar de cosas ligeras), el tema de este Decreto tiene un trasfondo que no podemos dejar pasar.

Os dejo los principales enlaces y noticias en prensa con los que la Asociación de Directores analizan y denuncian de manera brillante esta nueva felonía del Gobierno:

Resumidamente el Plan que el Gobierno diseña con este Decreto para luchar contra la Pobreza Energética (¡joder con la palabrita!) es hacer recaer en los Servicios Sociales, gestionados mayoritariamente por las entidades locales, el pago de las facturas de los ciudadanos considerados vulnerables.

Ello producirá una serie de lagunas y efectos perversos que de modo exhaustivo y acertado señalan en la Asociación. Resumo los principales.
  •   El impacto presupuestario y la sobrecarga de gestión para los servicios sociales locales. 
  •  El ninguneo de los órganos establecidos en el sistema para el diseño de la norma y de los técnicos de servicios sociales en la definición de las situaciones de “vulnerabilidad” o “riesgo de exclusión”.
  •  El carácter antipedagógico (desresponsabilización, incrementos del consumo…) y paternalista de la medida.
  • Traslado de la “culpa” por los cortes del suministro a los servicios sociales locales

En resumen, una medida que lava la cara del Gobierno (eximiéndole de responsabilidades), beneficia a las compañías eléctricas, no soluciona el problema de la pobreza (del cual la mal llamada “pobreza energética” no es sino una parcial manifestación) y dañará un poco más el maltrecho sistema de servicios sociales.

El asunto es de tanta gravedad que sorprende que no haya recibido una contestación contundente de las entidades locales y sus órganos de representación, así como del resto de partidos políticos. Y no puedo por menos que preguntarme a qué puede ser debido.

Puede ser porque en el fondo este tipo de actuaciones tienen un gran refrendo a nivel político y ciudadano. Algunas comunidades autónomas y entidades locales han aprobado normas que responden a un modelo parecido.

La fragmentación, deterioro y dispersión del sistema, así como la cultura individualista y neoliberal en el que está inscrito ha impedido que se desarrollasen verdaderas políticas integrales de lucha contra la pobreza, donde el sistema de servicios sociales no debería ser sino un más de los múltiples agentes que deberían intervenir. En su lugar se ha interiorizado que de la pobreza se debe ocupar exclusivamente el sistema de servicios sociales (convertido en el sistema para atender a los pobres). Y qué mejor manera para ocuparse de ello que pagar sus facturas.

El otro día, la compañera bloguera Belén compartía en las redes una demanda que le había llegado por parte de un abogado presentando un escrito en servicios sociales para que estos paguen el agua de una vivienda vacía "porque la inquilina fue desahuciada". Parece una anécdota, pero no lo es. Se trata de algo más generalizado. Pagar las facturas es lo que hacemos en servicios sociales ¿no? En mi Centro, con cierta frecuencia recibimos alguna consulta de algún propietario de vivienda alquilada, que se dirige a nosotros solicitando que paguemos los alquileres que la familia inquilina (a la cual ni conocemos) le adeuda.

Y es que el principal problema es que, salvo excepciones, la sociedad en general atribuye que la principal función del sistema de servicios sociales es pagar las facturas de los pobres. Eso sí, asegurándonos bien de que son pobres, que ya se sabe la picaresca que hay en este país desde los tiempos del Lazarillo de Tormes.

Los que aún pensamos (no sé cuanto tiempo más podremos resistir) que los servicios sociales son otra cosa haremos bien en intentar señalar y denunciar lo que hay detrás de este tipo de iniciativas y hemos de agradecer que la Asociación de Directores de Servicios Sociales esté tirando del carro en este sentido.

lunes, 12 de junio de 2017

Amancio I "El benefactor"

Bienvenidos al nuevo régimen. Si alguna duda teníamos respecto a qué clase de Estado teníamos, viene el aclamado Rey Amancio I, sentando sus reales, a proclamar su forma:  Monarquía filantrópico-caritativa. 


Y es que eso de que España haya sido durante varios años un Estado Social y Democrático de Derecho es algo que podemos ir olvidando. Se trata de un concepto anticuado, consagrado en nuestra vieja Constitución de 1978, cuyos principios han sido superados en la actualidad con los cambios derivados de la tecnología, la globalización y el nuevo orden económico mundial instaurado por los dogmas neoliberales.

Uno de estos dogmas se podría resumir así: hay que desregularizar la economía y quitar todas las trabas e impuestos a los empresarios; de este modo sus empresas serán cada vez más fuertes y tendrán más beneficios, lo que sin duda generará más empleo y bienestar para el conjunto de la sociedad.

Esta suerte de "ósmosis social" en la cual el incremento de beneficios concentrado en las clases adineradas se filtra hacia las clases trabajadoras y menos pudientes ha sido puesto en cuestión por los datos sobre la evolución de la desigualdad. Por ejemplo, en los últimos ocho años el porcentaje de millonarios en relación a la población española casi se ha duplicado. Han pasado de representar el 0,28% de la población al 0,41%. Al mismo tiempo, los hogares con las rentas más bajas han pasado del 31,2% al 38,5 %. Es decir, el incremento de la riqueza en los ricos se traduce en más pobreza para los pobres. 

Pero sin duda esos datos (y otros tantos que podríamos argüir) deben estar equivocados. Así lo demuestra la donación que el empresario Amancio Ortega, (dueño de Inditex y considerado la cuarta fortuna a nivel mundial), acaba de hacer a la sanidad pública. Nada menos que 320 millones de euros para equipos oncológicos a repartir entre todas las comunidades españolas. ¿Qué mejor prueba puede haber de que la existencia de un rico como el que nombramos sólo puede traer beneficios a la sociedad?

La donación no ha estado exenta de polémica. Muchos sectores han expresado su agradecimiento ante semejante gesto en un tema tan sensible como doloroso, la atención al cáncer. Al mismo tiempo han aparecido críticas sobre el carácter finalista de la donación (tal vez las necesidades de la sanidad pública fueran otras), sobre que el dinero donado proceda del ahorro de impuestos que este empresario realiza mediante la deslocalización de sus empresas (y/o de la ingeniería fiscal de sus cuentas), e incluso sobre la agenda oculta que tiene la donación (desgravar más impuestos, réditos publicitarios, lavado de imagen y hasta favorecer sus propias empresas o contactos de mantenimiento).


Más allá de toda esta polémica sobre las razones de la misma, la donación no puede rechazarse. Sería insensato ( y dificilmente defendible para ningún gestor en la sanidad pública) no adquirir unos equipos que pueden favorecer la detección o tratamiento de una enfermedad tan grave y dolorosa a muchas personas. Pero ahí precisamente está su problema. 

Y es que junto con el necesario dinero que permitirá la compra de equipos va un mensaje y se impone un modelo. Solucionar las carencias del sistema sanitario pasa de ser responsabilidad pública a responsabilidad privada. Es perfectamente compatible recortar servicios y presupuestos en la sanidad y aceptar esas donaciones privadas que en parte los palíen. Por tanto, la sanidad deja de ser un derecho. Un enfermo de cáncer será mejor o peor tratado en función de la graciabilidad de algún filántropo que, como el que nos ocupa, decida dedicar unas migajas de su ingente fortuna al tratamiento de esa enfermedad. Si hubiera decidido dedicar esas migajas a otro noble fin, pongo por caso, el tratamiento de enfermedades raras en los niños, el tratamiento de su cáncer sería más precario.

Es una limosna institucionalizada. El filántropo elevado a la categoría de héroe. La beneficencia llevada a su máxima expresión. La compasión exhibida. La recepción obligada.

Como sociedad empobrecida, no nos queda otra que aceptar esa limosna y mirar con ojos agradecidos a aquel que nos da ese plato de sopa, al que, humillados, sabemos que no tenemos derecho.

Vencidos y arrodillados, demos la bienvenida al Rey Amancio I "El benefactor". Tus siervos te desean larga vida. A tí, y a la era que representas.



domingo, 4 de junio de 2017

¿Caballos de Troya?

Tras un mes de mayo bastante ajetreado con este blog y tras unos días sin escribir, retomo las reflexiones impactado y dolorido por los atentados ocurridos en Londres.


En este mundo globalizado, las muertes de personas inocentes a manos de unos radicales sanguinarios son dolorosas ocurran donde ocurran. Puede ser en Londres o en Yemen,  pueden estar impulsadas por motivos económicos, por cuestiones de fe religiosa, misoginia, racismo o por cualquier otra razón... Da igual. Pero también es cierto que, cuanto más cerca ocurren de nosotros, más parecen golpearnos.

Naturalmente, son abominables y repudiables estos actos de violencia, pero hoy quiero detenerme a analizar algunos aspectos colaterales que estos hechos iluminan y que me preocupan sobremanera. 

Porque si me golpean las muertes y agresiones a inocentes, también me quedo impactado y preocupado cuando leo y oigo algunas reacciones a las mismas. Y es que son demasiado frecuentes las arengas a expulsiones y deportaciones, las generalizaciones respecto a lo peligrosas que son otras culturas, o las llamadas a aplicar "mano dura" en asuntos de inmigración o ayudas sociales a extranjeros.

Puedo entender que muchas de estas manifestaciones están movidas por el dolor y por el miedo, pero muestran que está calando un mensaje: los "moros" son peligrosos y su inmigración es una estrategia, para, a modo de caballo de Troya, introducirse en nuestras sociedades occidentales y agredirnos en cuanto nos descuidemos.

En mi trabajo tengo contacto con bastantes familias de otras culturas y todas tienen algo en común. Han emigrado buscando únicamente una vida mejor para ellos y para sus hijos que la que, habitualmente por motivos de violencia o económicos, tenían en sus países de origen.

Y esto que tienen en común las familias de Senegal, Marruecos, Argelia, China o Rumanía es lo único que las diferencia de las familias españolas. Lo diré más claro: no son personas más violentas que nosotros, ni más vagos, ni más aprovechados, ni más radicales, ni más machistas, ni más incultos... Son exactamente como nosotros. Podéis preguntarle a Wang.

Claro que hay alimañas entre las familias de origen extranjero. Como las hay en las familias nacionales. Y haremos bien en controlarlas e impedir que causen daño en nuestras comunidades. Pero creo que estas generalizaciones tipo "musulmán = islamista radical" no son el camino.

Personalmente me parecen generalizaciones tan interesadas e injustas como otras con las que venimos lidiando en acción social. Por ejemplo la de "gitanos = vagos aprovechados", o "enfermo mental = violento peligroso", o tantas otras que en esta cultura neoliberal de mensajes simplones sólo pretenden sembrar las condiciones para que los privilegiados sigan enriqueciéndose.

Y no soy experto ni en geopolítica ni en historia, pero creo que responder a la violencia con violencia es siempre una mala opción.

miércoles, 17 de mayo de 2017

¿Viva el Trabajo Social?

Aún ando sorprendido por la repercusión de la entrada que he escrito sobre la muerte del Trabajo Social. A las pocas horas de publicarla ya tenía miles de lecturas y yo ya había perdido el hilo de los comentarios y ramificaciones que se iban generando en las redes.


¿Nuevo Trabajo Social?
Así que ahora, con las aguas un poco más quietas, considero preciso hacer algunas aclaraciones. Por un lado, (y mucho más allá de las licencias con las que a veces, aconsejado por Wang, adorno mis escritos para impactar y llamar la atención), la sensación de haber dado en la diana. Algo del problema que he señalado está conectado a la actualidad de la profesión, pues ha generado importantes debates con posiciones bastantes polarizadas.

La pérdida de espacios propios de nuestra profesión es alarmante y se encuentra en progresión constante. Es un hecho y un problema sentido y reconocido que no estamos abordando con eficacia.

No me sirven los argumentos de que el retroceso de nuestra profesión se refleja sólo en los servicios sociales públicos. La iniciativa privada no es la quintaesencia donde se conservan los principios de nuestra disciplina, ni el ejercicio libre de la profesión el lugar donde se reinventará... de la misma manera que tampoco son los servicios sociales públicos los creadores ni conservadores del verdadero Trabajo Social.

El deterioro y retroceso del Trabajo Social en el sistema de servicios sociales es evidente. Aún se conservan espacios donde profesionales desarrollan funciones e iniciativas dignas de nuestra profesión, pero cada vez más esos espacios comienzan a parecerse a la aldea gala de los tebeos de Asterix.

Y también es cierto que en ONG's y en el ejercicio privado hay compañeros que desarrollan actividades de gran valía, pero no es menos cierto que en muchas ocasiones desarrollan funciones y tareas que se parecen al Trabajo Social tanto como los huevos a las castañas.

Y es que el debate no es público o privado. Respeto profundamente el Trabajo Social que se realiza en la iniciativa social o privada. De la misma manera que pienso que, en nuestra historia reciente, el Trabajo Social ha estado indisolublemente unido al desarrollo de los servicios sociales públicos y a éstos tenemos unido nuestro destino.

Más allá del contexto en que desarrollemos nuestro trabajo, como profesión no podemos permitir el deterioro del sistema público de servicios sociales, y dentro de él, del papel fundamental y protagonista de nuestra disciplina. Del mismo modo que los médicos lo ejercen dentro del sistema de salud o los maestros en el educativo. 

Lo diré sin ambages, por poner un ejemplo. En Servicios Sociales y en todas las agencias o instituciones dedicadas a la acción social todos los puestos de coordinación y dirección deberían estar ocupados por trabajadores sociales. No podríamos ni pensar en cualquier otra posibilidad. Lo mismo podríamos hablar de la Universidad, donde el profesorado y los puestos de dirección en las Facultades de Trabajo Social deberían ser ocupados mayoritariamente por trabajadores sociales.

Y si no me vale el argumentario público-privado, tampoco me sirven las posturas idealistas, entusiastas o románticas con las que se defiende la profesión. Lo de "somos agentes de cambio, creámoslo", o lo de que "mientras haya una persona que necesite ayuda, ahí estará el Trabajo Social", están muy bien como slogans o alharacas, pero no sirven de nada al desarrollo de nuestra disciplina y en ocasiones son utilizados tan inapropiada como infantilmente.

La última cuestión que quería aclarar es la crítica a la iniciativa solidaria propiciada por una asignatura en los estudios de Trabajo Social de la Universidad de Zaragoza. El evento consiste en recoger ropa durante una semana destinada a personas sin techo de la localidad, y ha sido publicitado como una magnífica forma de ayuda a un colectivo tan desfavorecido como el de estas personas con el que se ha implicado toda la Universidad.

Con lo que hemos peleado Wang y yo en este blog y en otros sitios contra iniciativas de este estilo, denunciando la perversidad de estas formas de acción social benéfico-asistenciales (y recibiendo montones de críticas por insolidarios), presenciar cómo son alentadas desde la Universidad es (paradoja) desalentador cuando menos. 

Lamento que estos alumnos (y sobre todo los profesores que los deberían orientar) se hayan dejado seducir por el mensaje navideño de nuestra flamante Ministra de Servicios Sociales más que por las entradas de este blog.

Y dado que las razones de mi tristeza, verguenza y desaliento están contenidas en muchas de esas entradas, me atrevo a recomendar, a quien le interese, algunas de ellas:


Y una, especialmente dedicada a quien me lea desde la Universidad: De la ciencia a la caridad

Con la esperanza de que algún día podamos gritar, como en la sucesión de las monarquías medievales "El Rey ha muerto, viva el Rey" "El Trabajo Social ha muerto, viva el Trabajo Social", me despido del debate agradeciéndoos los múltiples comentarios y críticas recibidos y esperando no haber herido a ninguno de los magníficos profesionales que a lo largo del Estado desarrollan su labor.

domingo, 14 de mayo de 2017

El Trabajo Social ha muerto

No somos pocos los profesionales que estamos preocupados por la deriva que los Servicios Sociales han tenido en estos últimos años, con un fuerte retroceso hacia formas de acción social que creíamos superadas y un protagonismo inusitado del más rancio asistencialismo y de la más retrógada beneficencia.


Pero siendo importante, siento que ese no es verdadero problema. Lo que de verdad me importa es la posición que el Trabajo Social está tomando al respecto. Y es para hacérnoslo mirar.

El retroceso del Trabajo Social en el Sistema de Servicios Sociales y en el resto de Sistemas Públicos de Protección Social es alarmante. Y no por la presencia, que también, sino por sus prácticas.

Salvo excepciones (que lamentablemente son sólo eso, excepciones), los Servicios Sociales se han convertido en una gestoría de prestaciones (la mayoría económicas). Se nos llena la boca de frases como "garantizar derechos" cuando en el fondo a lo que nos referimos es que el ciudadano reciba la mayor prestación o servicio posible de entre aquellos que regulan las dispares y complicadas normativas. Y entre las dos cosas hay una gran diferencia en la que nos vemos atrapados y confundidos.

Y en esa confusión, hemos reducido la  función del Trabajo Social a navegar por ese inextricable mundo de órdenes, normas y reglamentos contradictorios realizando principalmente unas tareas burocráticas en las que lo más cercano a funciones técnicas como por ejemplo, la valoración, es certificar la pobreza (o insuficiencia de medios económicos) de los solicitantes de las prestaciones correspondientes. Lamentable, pero cierto.

Anclados en esas tareas, hemos abandonado progresivamente otros territorios que siempre han estado ligados a nuestro ADN como profesión. Como el Trabajo Social de casos (Belén dixit), o todo lo que podamos definir como terapéutico (que cada vez más abandonamos en manos de médicos o psicólogos). O las funciones educativas y/o de acompañamiento (cuyo protagonismo está siendo asumido por educadores sociales, enfermeros...). Y  podríamos seguir.

Hemos permitido que el resto de profesiones asuman estos territorios y hemos dejado que sean ellas quienes definan el nuestro, relegándonos a esas funciones burocráticas en las que cada vez somos más prescindibles. No hemos sido capaces de defenderr la transdisciplinariedad y en este mundo neoliberal e individualista, hemos renunciado a nuestro trozo de tarta. Noble sacrificio si no fuera porque la intervención social se ha empobrecido hasta niveles insostenibles.

Progresivamente, he ido perdiendo toda esperanza de que consiguiéramos revertir la situación. E iluso de mí, confiaba que uno de los últimos bastiones era la Universidad. Quería creer que en ella, las nuevas hornadas de profesionales se estaban formando científica y críticamente, y que saldrían al dificil mundo laboral pertrechados con algunas armas para hacer frente al desafío de evitar que desaparezcamos. 

Pero escribo todo esto profundamente entristecido por darme de bruces con la realidad al saber la noticia de que alumnos del Grado de Trabajo Social en Zaragoza se han lanzado a organizar una iniciativa asistencialista confundiendo solidaridad con beneficencia. Os cuelgo la noticia, avergonzado por la imagen que transmite de nuestra profesión.

Creo que como profesión, estamos muertos. Y tal vez, como en la película de Amenabar, estemos en una realidad paralela en la que no nos hemos dado cuenta todavía.




lunes, 8 de mayo de 2017

Pequeñeces



Desde la pequeña ventana con la que analizo el mundo sé de sobras que mis reflexiones son a menudo erradas y no pueden generalizarse. Hablo siempre desde las sensaciones que me proporciona mi experiencia y mi práctica profesional, y aunque sé que en ellas hay cuestiones que son generalizables, no es menos cierto que se trata de una limitada y pobre (por escasa) porción de la realidad.


Saturno, de Rubens.
Naturalmente, procuro estar al tanto de las teorías y estudios que se publican o aparecen sobre los diferentes aspectos de la realidad social que contemplo, así como de las experiencias y prácticas que otros profesionales deciden compartir. Todo ello me da alguna clave de lectura para discernir y discriminar las tendencias que me parecen importantes, aunque sé que mis diagnósticos en estos terrenos no pasan de ser opiniones tan fundamentadas como discutibles.

Así pues, con todas las reservas y cautelas que mi pequeña condición me proporciona, paso a señalar una de esas tendencias.

Se trata de la situación actual de la infancia y de la adolescencia en nuestro país. Y más concretamente, de la situación de violencia que esta infancia está sufriendo. Y no me refiero al insoportable y escandaloso índice de pobreza infantil, una agresión de proporciones indignas para cualquier país que quiera denominarse como desarrollado. Hablo de una violencia mucho más cercana, tan dañina o más que la anterior y que, aunque influida por ésta, no deja de ser una realidad diferente y separada de la misma.

Hay demasiados niños, niñas y adolescentes que no están siendo bien tratados en sus familias. Y es una apreciación independiente del espectro socioeconómico en que se encuentre dicha familia. En todos los niveles encuentro niños absolutamente cosificados por los adultos, que no son mirados como individuos diferentes, sino como instrumentos al servicio de las necesidades emocionales de esos adultos.

A estos niños se les alimenta y se les proporciona cobijo. Cualquier observador externo diría que se les cuida. Se les proporciona actividades de ocio, se les da educación… Se les atiende, pero sólo en apariencia.

Creo que el mundo adulto está demasiado atribulado y va demasiado rápido, atropellando a la infancia a su paso. Las verdaderas necesidades emocionales de estos niños y niñas no son cubiertas, pero intentan ser compensadas con otras, habitualmente materiales y en ocasiones de una forma tan despreocupada como desorganizada y exagerada.

En otras ocasiones, este mundo adulto tiene graves carencias cuya satisfacción se exige y se espera que proporcionen esos niños y niñas, en una tarea tan injusta como imposible.

Desde ambas posiciones estos niños verán cómo sus necesidades reales no son cubiertas, pero de una manera tan confusa y negada que difícilmente identificarán. Pero sí sufrirán.

Sufrimiento que expresarán mediante diversos problemas, habitualmente de comportamiento, que los introducirán en unos círculos cada vez más perversos de desatención y maltrato. En ocasiones serán acallados mediante medicación. En otras serán tildados de niños tiranos o desagradecidos, en una curiosa forma de revictimización e invirtiendo el papel de víctimas (lo que son) por el de verdugos (de lo que se les acusa). En demasiadas veces el comportamiento será controlado con violencia, de mayor o menor nivel de intensidad, pero siempre violenta.

A mi juicio, se trata de una auténtica epidemia. Niños no mirados, no reconocidos, no guiados. Confusos, sufrientes, culpados, dolientes, anestesiados. Y es una epidemia no reconocida, pues siempre es negada esta realidad. ¡Cómo puedes siquiera insinuar que no trato bien a mis hijos!

Todo el mundo, todas las familias, todos los padres dirán lo mucho que quieren a sus hijos. Pero para amar, no basta querer hacerlo. Hace falta saber. Y hace falta poder.

Hay padres que no quieren a sus hijos. De éstos, la gran mayoría quieren o quisieran quererlos, pero no saben, o no pueden hacerlo.

Las funciones que conlleva el amor a los hijos son algo complejo. Por un lado todas las funciones nutricias, como el reconocimiento, la filiación y el afecto, necesarias para crecer. Por otro, todas  las funciones que tienen que ver con la socialización, los límites y las habilidades relacionales, imprescindibles para encontrarnos con otros y convivir en sociedad. Y todas ellas en un entorno de seguridad, protección y cuidado.

Desarrollar todas estas funciones sobrepasa la capacidad de muchos padres y, en diversos grados y matices, encontramos en ellos posturas dentro del contínuo del maltrato: desde el más sutil (pongo por caso, la sobreprotección) hasta la más cruda de las agresiones físicas. Y en este contínuo un común denominador: el niño o la niña no importa en sí, sino en función de las necesidades del adulto. Y otro: la negación.

No quiero decir con esto que toda la infancia esté siendo maltratada. Pero sí un alto porcentaje de la misma. Mucho más de lo que pensamos. Mucho más de lo que nos atrevemos a reconocer. Mucho más.

Pero, como en tantas otras cuestiones… preferimos mirar a otro lado. Lo contrario sería afrontar nuestras miserias y quedar al desnudo con nuestra ignominia.

lunes, 1 de mayo de 2017

Cinco años de Blog

Mañana, dos de mayo de 2017, este Blog cumple cinco años.


Cinco años de Blog, 222 entradas publicadas, más de 170.000 visitas (espero que muchas lecturas entre ellas), innumerables comentarios en el blog y en las redes sociales, muchos amigos y amigas, contactos, algunas críticas, muchos agradecimientos...

De todas estas cosas, y de muchas más, ha estado hecho el viaje que Wang y yo hemos hecho durante estos cinco años, con alguna parada técnica incluida, casi de modo ininterrumpido.

En él, nos hemos dedicado a analizar durante estos años el inextricable mundo del Trabajo Social y los Servicios Sociales, dentro del marco de una Política Social tan predecible como incomprensible.

Hemos tocado también algunos aspectos colaterales, las ideologías, la convivencia y relaciones humanas. Incluso de vez en cuando nos hemos permitido compartir alguna cuestión personal.

Atribulados como corresponde a nuestro tiempo y al tener que navegar muchas veces en aguas revueltas, nos hemos removido ante muchas situaciones de dolor, nos hemos esperanzado ante algunas decisiones o noticias y nos hemos desesperado ante muchas más de ellas.

La guía de nuestro viaje ha sido siempre el construir. Hemos intentado aportar algo: nuestra experiencia, alguna idea, una llamada de atención o una caricia...  No siempre lo hemos conseguido (a veces Wang es más ácido de la cuenta y yo más pesimista e irascible de lo necesario...) pero a fe que hemos intentado aportar nuestro granito de arena para consolidar y desarrollar ese Sistema de Servicios Sociales que consideramos imprescindible para el Bienestar Social.

Hemos tenido que lidiar con algunos miedos y salvar algún obstáculo, pero ahí hemos estado luchando para que nuestra pequeña voz se oiga junto a otras muchas en ese apasionante reto de construir una sociedad un poco más justa y donde todos podamos vivir con más dignidad.

Y para celebrar estos cinco años y agradeceros vuestra paciente y estimulante compañia, Wang y yo hemos creído conveniente tener un detalle con vosotros.

Se trata de los artículos de este blog, editados en formato pdf y divididos por años. Hemos pensado que a lo mejor os apetece tenerlos y poder leerlos en este formato o consultar alguno concreto de ellos. En cualquier caso, si alguna idea o reflexión de las muchas que hay en estos artículos os sirve para algo y podéis utilizarla para el desarrollo del sistema de servicios sociales o del trabajo social, es vuestra. No hace falta ni que citéis la procedencia.

Así que aquí os dejo los enlaces para que podáis descargaros los documentos.


Tribulaciones Año I (2012)
Tribulaciones Año II (2013) 
Tribulaciones Año III (2014)
Tribulaciones Año IV (2015)
Tribulaciones Año V (2016) 
Tribulaciones Año VI (2017)

Tribulaciones Completo (2012-2017)

Cada documento contiene los artículos escritos ese año. Si pincháis en los títulos del índice, os llevará directamente a cada uno de ellos. En cada artículo también tenéis el enlace a la entrada original del blog, donde podréis ver también las ideas y reflexiones de quienes han comentado las entradas.             


Wang y yo nos sentimos muy afortunados de que hayáis viajado con nosotros durante estos años... ¡Sigamos el viaje! Y como dicen los de Seguridad Social en esta canción:

vamos a hacer el camino
con decisión y coraje
sin pensar que el viaje
llegue a su destino