domingo, 24 de diciembre de 2017

Otro año más...

Acaba el 2017 y como todos los años, dedico una entrada a recapitular y evaluar brevemente el año tanto a nivel personal como profesional y, por supuesto, desde el punto de vista del blog.


A nivel personal, este año he cumplido 50 años y lo he celebrado con amigos y familia como la cifra merece. Con menos energía que hace unos años, pero con más experiencia, me pasa en general como en las carreras: un poco menos de velocidad, pero mantengo un buen fondo. En cuanto a mis aficiones, los objetivos los hemos ido cumpliendo, superando incluso alguna inoportuna lesión. Tan sólo se resistió un poco la montaña, queda pendiente algún pico para otra ocasión.

A nivel profesional, los que seguís el blog ya sabéis que pienso que atravesamos una profunda crisis tanto en el Trabajo Social como en los Servicios Sociales. Los paradigmas que hemos utilizado durante años ya no nos sirven y no acertamos a ponernos de acuerdo ni desarrollar unos nuevos. Por lo demás, hemos intentado no quedar sepultados por esta crisis y en lo laboral hemos conseguido desarrollar algunos proyectos interesantes. Lo seguiremos intentando aunque cada vez hay más viento en contra.

Y en cuanto al blog, pues también hemos conseguido mantenerlo a flote este año. Bajando un poco el ritmo frente a años anteriores, pero al final han sido 35 las entradas publicadas. Algunas de ellas se han situado (con cierta sorpresa para mí, lo confieso), entre las más leídas de todo el blog.

Las entradas más leídas este año han sido:
  • "El Trabajo Social ha muerto" Una entrada que tuvo miles de lecturas e innumerables comentarios en las redes sociales y tras la cual tuve que escribir otra "Viva el Trabajo Social", para aclarar algún concepto y/o malentendido de la primera. En ellas ponía el dedo en la llaga sobre la deriva del Trabajo Social y los Servicios Sociales en los últimos tiempos.
  • "La desaparición del Trabajo Social", también con una gran repercusión y en la que compartí el contenido de la comunicación que realicé al III Congreso de Trabajo Social de Aragón, jugando entre bromas y veras con el cuento de Alicia en el País de las Maravillas.
  • "El secuestro de la relación de ayuda", en la que reflexionaba sobre la dialéctica entre la profesión y la sociedad a la hora de delimitar estas relaciones de ayuda y "Amancio I El benefactor", donde alertaba sobre los peligros de la filantropía, fueron también entradas con una gran difusión y no exentas de algunas polémicas.
Si les queréis echar un ojo, ahí las tenéis. O si preferís leerlas en pdf, os adjunto un documento que podéis descargaros con todas las entradas del blog este año: (os recuerdo que en esta entrada: "Cinco años de Blog" tenéis las de todos los años anteriores).


Y ya sib más, Wang y yo aprovechamos para desearos una Feliz Navidad y lo mejor para el año que viene, en el que seguiremos confiando, conversando y construyendo juntos.

Un abrazo a tod@s.

jueves, 7 de diciembre de 2017

No se preocupe...

Vísperas de Navidad, y el ambiente se llena del aroma que desprenden las campañas de solidaridad que nos alientan a colaborar con los desfavorecidos. El ciclo se repite año tras año, una y otra vez, y el éxito de estas campañas es la prueba irrefutable del modelo de sociedad y de política social que tenemos asumido.


Como ya he hablado en este blog lo suficiente acerca de estas campañas y los que me seguís sabéis las razones por las que me opongo a ellas, no me reiteraré en la crítica a las mismas.

Si ya de por sí es bastante difícil hacerlo, pues la cultura dominante y el aval de la clase política actual las legitiman de modo rotundo (recordad la arenga de la Ministra de Servicios Sociales el año pasado), hacerlo en estas fechas tan "entrañables" que se acercan sólo puede hacerse si estás dispuesto a granjearte unos cuantos enemigos más..

Que probablemente merezca dado la falta de compasión y sensibilidad que demuestro al criticar iniciativas tan loables.

Por ejemplo, el año pasado ya hablé de este tipo de campañas en mi entrada Bancos de Alimentos y estaba firmemente decidido a no comentar nada sobre el tema este año. Uno va aprendiendo a asumir sus derrotas. 

En eso estaba cuando la compañera Belén en su blog Trabajo Social y Tal se pone a analizar el lamentable proyecto de Renta Básica (¿alguna vez llamaremos a las cosas por su nombre?) de su querida comunidad andaluza. Y en su artículo nos da cuenta de una nueva iniciativa solidaria, apoyada por la clase política, que con el nombre de chupete solidario pretende recaudar fondos para no sé muy bien qué fundaciones con fines sociales.

Las fotos con los políticos apoyando la iniciativa son, (...cómo decirlo sin meterme en problemas...), de vergüenza ajena... No sé si es peor el fondo o la forma. Si la ética o la estética que hay detrás de la campaña.

Mientras este tipo de iniciativas permanecen en el ámbito privado, me parecerán mejor o peor, de buen o mal gusto, pero no me meto a juzgarlas. Pero como es en este caso, cuando se trasciende este ámbito de lo privado y pasa a la esfera pública mediante el apoyo del gobierno de turno, es menester analizar la política social que representa.

Porque el irresponsable apoyo de nuestros prebostes conlleva un mensaje.

Que no es sino que el problema de la pobreza no es para tanto. No pasa nada. La normalización de la pobreza.

Si no tiene alimentos... ¡No se preocupe! La maravillosa solidaridad de nuestra sociedad se los proporciona a través de los bancos de alimentos.

Que no puede pagar la luz...  ¡No se preocupe! Las comprometidas empresa eléctricas le van a hacer un maravilloso descuento en su factura, factura que ya le pagará su ayuntamiento con los ilimitados fondos para ayudas de urgencia de los que dispone.

Que le han denegado la Renta de Inserción... ¡No se preocupe! Su ayuntamiento le proporcionará una de esas ayudas de urgencia para que pueda hacer frente a los gastos más básicos.

No se preocupe... ¿Dónde está el problema? ¿Para qué quiere una Renta Básica cuando todas sus necesidades están cubiertas con nuestra combinación beneficencia + ayuda de urgencia?

Wang me propone que si faltan fondos, él puede sacar otra campaña solidaria. El pañal solidario. Lleno de mierda, como la política social en este país.


viernes, 1 de diciembre de 2017

Pobreza Pérez



Se ha instaurado en el imaginario colectivo conceptos relacionados con la pobreza que me tienen especialmente preocupado, pues han sido asumidos sin paliativos por la sociedad, la clase política e incluso gran cantidad de técnicos y profesionales de esto de “lo social”.


Uno de ellos es que la pobreza tiene apellidos. Se ha puesto de moda de manera generalizada referirnos a la pobreza energética. Incluso tenemos leyes con esa denominación. A mí reconozco que me da urticaria el término, pues siempre he entendido que las dificultades de una familia para hacer frente a los gastos derivados del consumo energético no es sino una más de las consecuencias de la pobreza en que esa familia se encuentra.


Esa misma familia también tendrá problemas para alimentarse de modo adecuado (pobreza alimentaria, podríamos llamarla). O para hacer frente a los gastos escolares de sus hijos (¿pobreza escolar, tal vez…?). O para desplazarse por el municipio o ciudad asumiendo los gastos de transporte (¿pobreza de movilidad?). O para adquirir los productos necesarios de higiene personal (¿pobreza higiénica?) o doméstica (¿pobreza domiciliaria?).

Por supuesto, esa misma situación de pobreza les llevará a tener dificultades para el acceso a la medicación necesaria para sus enfermedades (¿pobreza farmacéutica?) o el acceso a otros tratamientos o terapias (¿pobreza rehabilitadora?, ¿pobreza terapéutica?).

Y así hasta el infinito, pues las consecuencias de la pobreza son terribles y atañen a todas las áreas de necesidades materiales básicas de las personas. Me limito a este ámbito material para no hacer muy largo mi análisis, dejamos para otra ocasión las repercusiones en otras áreas relacionales, psicológicas y sociales que son igualmente dramáticas.

¿Acaso todas estas “pobrezas” no se merecen también sus leyes y normas? Sería algo coherente con lo que estamos haciendo pues en lugar de plantearnos cómo lograr que las personas y familias superen la situación de pobreza en la que se encuentran, nos limitamos a trocear dichas situaciones y parcelarlas mediante esos calificativos o “apellidos”, de manera que la política social se dirige a paliar o trabajar con las consecuencias de la pobreza, y no con sus causas.

Pareciera que hemos asumido que la pobreza es algo estructural, consecuencia de la política económica global, y que por tanto hemos de dedicar la política social a esas medidas paliativas de los efectos de la misma. Es lo que llamo una especie de “neobeneficencia institucionalizada”, que impide y sirve de argumento para no tener que diseñar políticas sociales globales en las que pueda apoyarse la verdadera eliminación de la pobreza.

Entre ellas, y sólo a modo de apunte, un sistema de garantía de rentas y un acceso universal, gratuito y real a la vivienda (con los suministros básicos incluidos), educación y sanidad.

domingo, 26 de noviembre de 2017

No estamos haciendo lo suficiente

Con este lema la Federación de Asociaciones para la Prevención del Maltrato Infantil (FAPMI) emitía un comunicado de prensa para alertar sobre la Violencia contra niños, niñas y adolescentes con motivo del Día Internacional de los Derechos de la Infancia.


Suscribo casi en su totalidad dicho comunicado (os pongo aquí el enlace), pues en él alertan principalmente de dos fenómenos que muchos profesionales estamos constatando desde hace tiempo: la elevada prevalencia del maltrato infantil (bajo diversas formas y escasamente visibilizada) y la incapacidad de la sociedad y de los sistemas de protección social para detectarla y ponerle freno.

Un par de días antes de la celebración de ese día tuve la oportunidad de presentar un Taller sobre Violencia FilioParental en las V Jornadas Aragonesas de Terapia Familiar. En dicho espacio reflexionábamos sobre algunos aspectos y nos hacíamos algunas preguntas que pueden explicar los fenómenos a los que estamos haciendo referencia:

  • ¿Cuáles son nuestras dificultades a la hora de descubrir y desvelar el maltrato infantil? ¿Influyen nuestros prejuicios socioculturales? ¿Cuáles son las claves para entender la actitud de la población en general en relación al maltrato infantil? 
  • ¿Por qué nuestra moral se sitúa habitualmente más cerca del lado de los adultos y no tanto del lado de los niños?
     
  • ¿Por qué nos cuesta entender como maltrato todos los juegos de alianzas, manipulaciones y triangulaciones de las que los niños son objeto?
  • ¿Por qué en nuestra sociedad “avanzada”, donde los niños parecen estar más protegidos que nunca, encontramos cada vez más niños “cosificados” e instrumentalizados, al servicio de las necesidades emocionales de los adultos que les deberían cuidar y que deberían hacerse cargo de las de estos niños?
     
  • ¿Por qué legitimamos los castigos físicos a los menores considerándolos, a lo sumo, una falta no intencionada cometida por los padres que abrigan las mejores intenciones, pero a los que tener que educar les desbordó?
     
  • ¿Por qué seguimos empeñados en adormecer el dolor infantil y nos ponemos tan rápidamente de acuerdo pensando que el fallo está en el niño, dentro de su cerebro o mente, o encapsulado en sus genes? ¿Por qué nos cuesta tanto pensar que, si en algún sitio están esos problemas es dentro del mundo en el que viven los niños - no dentro de su cabeza -, en relación con los adultos y sus propios problemas, circunstancias y formas de vida?

Pero si estoy muy de acuerdo con el comunicado, el título me parece de lo más acertado. Y lamentablemente, generalizable a otros tipos de violencia. Porque TAMPOCO ESTAMOS HACIENDO LO SUFICIENTE en otro tema al que en esta semana hemos dedicado otro día. Me refiero a la Violencia contra la Mujer.

Esta semana pasada hemos tenido que atender en el trabajo otro caso más de violencia en este tema. Una mujer, acompañada de una niña de tres años, que venía sufriendo un maltrato físico y psicológico brutal, del que os ahorro los detalles pero que sin duda podéis imaginar.

No sé de donde sacó fuerzas esta mujer para decidir intentar salir de la situación y pedirnos ayuda, pero en el proceso que hemos llevado con ella para protegerla hemos podido constatar una vez más la absoluta desprotección con el que el sistema trata a estas mujeres. Son puestas en cuestión, revictimizadas, juzgadas y presionadas bajo diversas formas.

El sistema en general no tiene interiorizado un sistema de protección de acogida y cuidado para estas mujeres. Afortunadamente en el sistema trabajan profesionales concretos que sí tienen esa sensibilidad y actitud.

Lo lamentable es que una mujer sea protegida o no en función de que el azar le haga encontrarse con estos profesionales (y de la suerte de que estos profesionales puedan tomar las decisiones correctas) y no con otros que, por acción u omisión, la van a dejar en la misma situación de maltrato de la que intenta salir. Consentidores sin los cuales la violencia no se produciría.

En este caso tuvimos suerte. Dentro de todas las dificultades topamos con profesionales comprensivos y protectores. Pero fue fruto del azar, y a lo largo del proceso la protección que estábamos construyendo estuvo en varias ocasiones a punto de irse al garete.

Y eso es algo que no podemos permitir. Ni los niños ni las mujeres que sufren violencia se merecen que su protección dependa de la suerte.

Rescato de nuevo (ya lo he hecho en alguna ocasión) estas palabras de Barudy en su libro "El dolor invisible de la infancia". Creo que define muy bien las dinámicas violentas:

     "En lo que se refiere a las dinámicas relacionales, pude confirmar que se requieren por lo menos tres grupos de personajes para producir estos fenómenos. (...) encontramos los mismos tres grupos de personas, presentes en las dinámicas humanas en donde la vida está amenazada y los derechos humanos pisoteados. En los dos casos existe un primer grupo compuesto por los represores, torturadores, acusadores, maltratadores, etc...; un segundo grupo, conformado por las víctimas: hombres, mujeres y niños perseguidos, encarcelados, torturados y exiliados; y un tercer grupo, constituido por los terceros, los otros, los instigadores, los ideólogos, los cómplices, pero también los pasivos, los indiferentes, los que no quieren saber o los que sabiendo no hacen nada para oponerse a estas situaciones y/o tratar de contribuir a crear las condiciones para un cambio."

Creo que es urgente que reflexionemos como profesionales y como sociedad que no basta trabajar con víctimas y agresores.

Mientras no lo hagamos también con esos "terceros" que de diversas formas consienten la violencia NO ESTAREMOS HACIENDO LO SUFICIENTE.

lunes, 20 de noviembre de 2017

La coleta de los Servicios Sociales

Hace unas semanas que no escribo. Por una parte, diversos asuntos han requerido de mi atención y no me ha quedado demasiado tiempo para reflexionar sobre los temas que toco en este blog. Por otra, en estos tiempos tan convulsos, atravieso una fase en la que me falta claridad en el diagnóstico.


Claridad no tanto en la situación ni en las causas del deterioro del sistema, sino sobre las estrategias a implementar para superarlo. Con respecto a las primeras, el mes pasado ya certifiqué la muerte del Sistema de Servicios Sociales y la desaparición del Trabajo Social dentro de él, así que tengo poco más que añadir.

En cuanto a lo que hay que hacer para revertir la situación y "resucitar" el Sistema (si vale el simil), estoy bastante confundido. Tengo la sensación de que la política social está dando respuestas a los grandes problemas sociales mediante estrategias y soluciones totalmente erradas e ineficaces, pero que en el Sistema de Servicios Sociales estamos dando por buenas.

Son soluciones como la que utilizó el Barón de Münchhausen en esa célebre aventura en la que se sacó a sí mismo y a su caballo de la ciénaga en la que habían caído, tirando de su propia coleta. Capacidad extraordinaria, sin duda, la del Barón. Pero yo no tengo tan claro que en Servicios Sociales podamos hacer lo mismo.

Porque de momento, tirar de nuestra coleta es lo único que se nos ocurre. Y cuando hablamos de innovación o de soluciones alternativas, nos dedicamos a intentar hacer más fuerte nuestro brazo o las piernas con las que sujetamos al caballo.

Creo que cruzar la ciénaga en la que los Servicios Sociales han caído va a requerir de algo más que una sólida cabellera, un brazo y piernas musculosas o los mensajes de ánimo con los que podamos alentarnos...


miércoles, 11 de octubre de 2017

Coplas a la muerte de un sistema

Hace unos meses declaré la muerte del Trabajo Social, en una entrada que generó alguna polémica, pero con la que sólo pretendía reflexionar sobre algunas de nuestras prácticas...  Hoy escribo para certificar la defunción del Sistema Público de Servicios Sociales. Descanse en paz.


"La muerte de Santa Inés" Julio Romero de Torres (Wikimedia Commons)


Han sido años de recortes en el Plan Concertado, de ninguneo e invisibilización calculadas, de políticas para convertirnos en  un sistema residual encargado de parchear las deficiencias del resto de sistemas, de sobrecarga y reducción de funciones para dedicarnos sólo a pagar las facturas de los pobres mediante unas prácticas benefico-asistenciales que solo sirven para realizar una exigua, indigna e ineficaz transferencia de renta...

Y ya no ha podido resistir más.  Su debilidad intrínseca (asentado en una desvencijada, descoordinada y maltratada administración local) le ha impedido sobreponerse a tantos ataques. Murió. Fin. Sin vuelta atrás.

No voy ahora a desgranar responsabilidades. Lo dejo tal vez para otra ocasión. Tan sólo pretendo con esta entrada desvelar esta muerte y aportar pruebas de la misma, porque cuando muere alguien tan pequeño y deteriorado como era ese sistema, suele pasar desapercibido y hay gente que todavía puede pensar que sigue vivo cuando no es así.

Si lo estuviera, hubiera reaccionado contra la última cuchillada que el Gobierno de la Nación le ha asestado con la aprobación definitiva del Decreto que ha perpetrado  para regular el llamado Bono Social Eléctrico.
 
La Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales (AEDGSS) (una de las pocas entidades, sino la única, que ha intentado hasta el final defender el sistema para que no muriese) lleva tiempo alertándonos sobre las consecuencias que esta aprobación iba a tener.

Ya hablamos de ello hace unos meses, así que no me reiteraré. Os remito a la entrada en la que lo hice o a la última de la compañera Belén, en la que también habla de ello.

Ni los políticos que gestionan  el sistema ni los técnicos que trabajamos en él han levantado su voz contra este ataque sin precedentes, probablemente porque a muchos de ellos este tipo de política social les parezca la más adecuada. Otros muchos, tal vez porque ya no tengan fuerzas para oponerse.

En cualquier caso, la consecuencia es la misma: tanto unos como otros estamos gestionando y trabajando en un cadáver putrefacto. Abono de políticas sociales tan putrefactas como él mismo.

Y que esta Copla II, de Jorge Manrique, le sirva de homenaje:

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.


viernes, 6 de octubre de 2017

La desaparición del Trabajo Social

El Trabajo Social está despareciendo del Sistema de Servicios Sociales. Esta fue la idea-fuerza que defendí en la comunicación que presenté hace unos días en el III Congreso de Trabajo Social en Aragón.

 

Tal vez sea una argumentación demasiado contundente, pero con ella señalo la tendencia que vengo observando en la evolución del Trabajo Social en el Sistema en las últimas décadas.

Apoyándome en la paradójica narración de Lewis Carroll en "Alicia en el Pais de las Maravillas" y equiparando el Sistema de Servicios Sociales a ese maravilloso país donde una Trabajadora Social-Alicia intenta sobrevivir, reflexiono sobre las causas, consecuencias y posibles soluciones de esa desaparición, con la esperanza de revertirla y que no se extienda a otros sectores que empiezan a dar síntomas en la misma dirección.

Como de todo ello hablo más extensa y ordenadamente en la comunicación, y algun@s de vosotr@s me habéis pedido que os la haga llegar, os la cuelgo en el siguiente enlace por si queréis leerla completa.

Y, como siempre, estaré encantado y agradecido de recibir vuestras críticas, aportaciones y reflexiones.


domingo, 1 de octubre de 2017

Wang en el III Congreso de Trabajo Social de Aragón

Como ya sabréis, pues tuvo la oportunidad de saludar a algunos de vosotros, Wang acudió conmigo al III Congreso de Trabajo Social en Aragón que se ha celebrado estos días pasados. Y como probablemente sea más objetivo que yo, le he pedido que me dé su opinión sobre el congreso.


Me dice que le sorprendió que lleváramos más de 20 años sin celebrar ningún congreso y le doy toda la razón. ¿Cómo puede avanzar la profesión olvidando durante tanto tiempo este tipo de encuentros globales? La gente tenía ganas de encontrarse, tanto en lo personal como en lo técnico, pero no se pueden mantener debates profesionales una vez cada 20 o 25 años.

Así que felicidades a la actual Junta de Gobierno del Colegio Profesional de Aragón por haber desbloqueado el tema. Y lanzo un reto: a ver cómo le damos hondura y continuidad a algunos de los debates y reflexiones que salieron durante esos días, pues tendríamos que hacer el esfuerzo de intentar concretarlos en la práctica.

Porque es otra cosa que le llamó la atención a Wang. Se percibió cierto grado de consenso sobre puntos fundamentales y estratégicos para nuestra profesión, pero a pesar de ello no terminamos de conseguir plasmarlos en el desempeño real. Deberíamos reflexionar por qué.

Por ejemplo, en la conferencia de clausura, con las dos magníficas intervenciones de Koldobike Velasco y Marco Marchioni, éste último nos llamaba la atención sobre cómo habíamos echado a perder las conquistas sociales conseguidas en las últimas décadas, diluyendo el estado social en un conglomerado de prestaciones sin sentido. En ese sentido coincidía también con la aportación de Gustavo García, que había reflexionado el día anterior sobre esa equivocada política de prestaciones económicas parciales ejecutadas sobre unas necesidades troceadas y sobre cómo el Trabajo Social debe dejar de ser el gestor de las consecuencias de la pobreza.

Son ideas y reflexiones que gozan del acuerdo prácticamente unánime de la profesión y a pesar de ello... Tal vez nos pase como a Alicia en la presentación de la comunicación que hice para el Congreso, y de la que hablaré en próximas entradas. "Nos damos a nosotros mismos muy buenos consejos, pero raramente los seguimos".

A Wang le gustaron mucho las conferencias de Mª José Aguilar y Josefa Fombuena, hablando de la calidad y la calidez en Trabajo Social. Mª José nos exhortaba a poner en valor lo relacional y situarlo en el centro de la actuación y nos decía que no basta con no hacer las cosas mal; eso no es un buen Trabajo Social. Por su parte Josefa definía la calidad en Trabajo Social de una sencilla y contundente manera: mejorar la vida de las personas.

También le pareció un acierto a mi amigo el comenzar el congreso reflexionando sobre la ética y la práctica en el Trabajo Social, con las intervenciones de Victoria Camps y Natividad de la Red. Esta última nos cuestionaba cómo hacer que las personas sean su propio agente de cambio y nos alertaba sobre el paradójico riesgo de no ser la profesión de referencia para el trabajo social.

Más allá de los aciertos y fallos organizativos, o de la hondura o simpleza de los debates, o de la participación mayor o menor de la gente, (cuestiones que imagino que habrán de ser evaluadas por el Colegio profesional) le he pedido a Wang que realice una valoración general del Congreso. Me dice que para él será un Congreso excelente si es el inicio de un cambio en nuestra profesión. Si dentro de unos años la profesión sigue debatiendo sobre lo mismo sin haber encontrado ninguna salida ante las contradicciones en las que nos encontramos, habrá sido un fracaso.

Por mi parte, no soy tan taxativo como Wang. Sólo por el hecho de pararnos a pensar y reflexionar juntos me parece que ya ha valido la pena para la profesión. Y particularmente ha sido muy enriquecedor.

Por un lado, he tenido la oportunidad de participar en el Congreso con la comunicación "¿Cómo se perdió Alicia en el País de las Maravillas? Sobre la desaparición del Trabajo Social en el Sistema de Servicios Sociales." Proximamente os hablaré más de ella. Por ahora os dejo la presentación que realicé para exponerla. Podéis verla en el siguiente vídeo o si lo preferís, en este enlace al Prezi


También pude realizar un Taller sobre Intervención Social Familiar Sistémica, donde intenté reivindicar el Trabajo Social clínico y terapeútico y transmitir cómo la óptica sistémica relacional es imprescindible hoy para dar respuesta desde el Trabajo Social y los Servicios Sociales a muchas de las problemáticas con las que nos encontramos (y para resolver algunas de nuestras contradicciones).

Pero sobre todo me quedo del Congreso con los encuentros personales que mantuve. Pude compartir momentos con muchísima gente, reencontrarme con viejos y nuevos compañeros/as, poner cara a colegas que sólo conocía por las redes y descubrir a otros nuevos. Sería imposible nombrar a todos, pero voy a hacer una excepción: lo gratificante del encuentro con Mª José Aguilar, maestra y compañera a la que agradezco su intensidad y generosidad.

Por lo demás, y como suele decir Wang... ¡Ahora empieza lo bueno!


jueves, 14 de septiembre de 2017

Trabajo Social confortable

Hace tiempo que tenía pensado escribir sobre ésto, pero lo he ido posponiendo hasta que ya no me queda otro remedio. Y es que ya resulta insoportable la presión y los mensajes que respecto a eso que llaman "zona de confort" se están difundiendo.




¿Cómo salir de tu zona de confort? ¡Sal de tu zona de confort! ¡Arriésgate más allá de tu zona de confort! ¿Te encuentras estancado en tu zona de confort?

Estos y muchos mensajes parecidos nos los encontramos a diario en nuestro quehacer profesional y en lo personal. Parece que se ha vuelto imperativo salir de nuestras zonas de confort, para poder crecer y evolucionar como personas o como profesionales. Es algo que se ha puesto de moda y que todos parece que abrazamos como si fuera una verdad absoluta.

En nuestra profesión, son mensajes que calan y se difunden profusamente. Si es por las arengas que se hacen a que los trabajadores sociales salgamos de nuestra zona de confort, podríamos deducir que somos un colectivo que vive confortablemente instalado en cómodos trabajos sin importarnos un pito la realidad para la que se supone que trabajamos.

Y nada más lejos de la realidad. Nuestra profesión nos sitúa permanentemente ante situaciones de sufrimiento humano para las que con frecuencia carecemos de respuesta y sobre las que asumimos responsabilidades sin los necesarios instrumentos. Y eso es todo, menos cómodo.

Por otro lado, no me imagino yo diciéndoles a nuestros usuarios o familias con las que trabajamos que para salir de su situacion de malestar o sufrimiento, deben comenzar por abandonar sus zonas de confort. Si no se parten de risa, lo más seguro es que nos partieran la cara. 

Así que cuando yo oigo eso de que tengo que salir de la zona de confort, lo primero que pienso es que antes la tendré que encontrar. Que como decía aquel, si hay que salir, se sale, pero salir sin más... es tontería.

A lo mejor es que mi falta de formación en todas estas corrientes tan en boga ahora como la psicología postiva o el coaching hace que yo no entienda este tipo de mensajes, pero no puedo evitar que me desprendan un tufillo bastante desagradable a rancia autoayuda, individualismo y competitividad. Creo que deberíamos reflexionar por qué hemos demonizado el confort, y empezamos a ver como algo negativo el sentirnos cómodos con lo que hacemos o somos.

Llamadme inútil, acomodado o lo que queraís, pero no veo que abandonar tus zonas de confort te lleve a ningún sitio mejor. Como mucho, a estar más incómodo. Y yo no le veo ninguna ventaja a estar permanentemente incómodo, que parece ser de lo que se trata.

Mi mensaje es más bien al contrario. Sólo desde la comodidad se puede ser eficiente. Si algo te resulta incómodo, busca otra manera de hacerlo, pues estoy convencido de que sólo si te gusta lo que haces podrás hacerlo bien.

Y no, no estoy defendiendo el hedonismo ni mantengo posturas de "bon vivant". Creo en el esfuerzo, en el afán de superación, en el crecimiento en todos los órdenes de la vida, pero mantengo que puede y debe hacerse todo esto desde la comodidad.

La búsqueda de la felicidad tiene que ver con ésto. Si estás cómodo con lo que haces, no pasa nada por que lo sigas estando. Al contrario, no te sientas mal por no estar incómodo. Para..., relájate..., contempla..., disfrúta... Tómate la vida como un paseo, no como una carrera de obstáculos a superar para llegar más lejos, más alto, más...

Y no busques la incomodidad, busca zonas de confort. La vida por sí misma ya te traerá suficientes problemas e incomodidades, no hace falta que colabores tú más. Al contrario, intenta sortearlas y superarlas como mejor puedas.

En el fondo, se trata de estar a gusto con lo que somos y con lo que hacemos y si no lo estamos, tal vez sea hora de cambiar. Que tal vez sea a lo que se refieren todos estos gurus anti-confort.

Pero eso se llama cambio. No te confundas.

***

Y para relajar un poco, hoy os dejo este vídeo de Les Luthiers "La vida es hermosa", que también habla de cosas parecidas...



jueves, 7 de septiembre de 2017

Los "buenos pobres"

Los pobres, como todo en este mundo tan polarizado y ausente de matices, se dividen en dos: los buenos y los malos. Y parece ser que es necesario distinguirlos para no equivocarse a la hora de ejecutar las políticas sociales.


Los "buenos pobres" son aquellos que se encuentran en situación de pobreza debido a circunstancias externas, en nada atribuibles a sus actitudes o forma de vida. Atraviesan por una situación de dificultad como consecuencia de una especie de accidente (se han quedado sin trabajo, les hicieron una hipoteca abusiva, les agredieron sin razón alguna, contrajeron alguna enfermedad física o mental...). 

Se les distingue fácilmente porque su situación suele ser coyuntural. En cuanto acceden a un trabajo y su situación económica mejora, salen sin dificultad de la misma, aunque también es cierto que la gravedad del incidente que atravesaron y las condiciones económico-sociales actuales (contratos precarios, salarios bajos...) pueden hacer que la situación se perpetúe y se haga crónica. En cualquier caso, no es su responsabilidad.

En cualquier momento, nosotros podríamos ser uno de ellos. No nos preocupan demasiado. Son buena gente que no suele portarse mal. No son violentos, respetan la propiedad privada... Tal vez en alguna situación desesperada pueden cometer un error, pero no es lo habitual. No generan miedo o rechazo, más bien lástima y conmiseración.

Nuestro estupendo sistema de bienestar social les protege suficientemente. Unos cuantos subsidios de desempleo, alternados con alguna renta mínima y por supuesto, con el colchón de las múltiples ayudas puntuales que pueden recibir para pagar la luz, la comida o el comedor de los niños... les permite sobrevivir mientras esperan que los hados se tornen favorables y la adversidad cese.

En cuanto a los "malos pobres", su situación es diferente. Se encuentran instalados en unas condiciones de pobreza en la que sobreviven con una combinación de ayudas sociales y el dinero que obtienen delinquiendo en mayor o menor medida. Suelen rechazar el trabajo y, en las pocas ocasiones que acceden a él, no suelen mantenerlo. 

Su situación suele estar acompañada de situaciones de violencia, maltratos, drogadicción, delincuencia, enfermedad mental... A diferencia de los anteriores, la convivencia con ellos suele ser difícil, y suelen generar rechazo social durante la misma.

En estos casos la responsabilidad es claramente de ellos. Se encuentran en esta situación por su culpa y suelen desaprovechar una tras otra las oportunidades que se presentan a su alcance para mejorar su situación.

En este caso, nuestro sistema de servicios sociales no está preparado para atenderles. Para acceder a sus prestaciones, deben adquirir unos compromisos que dificilmente cumplirán. A pesar de ello, en muchas ocasiones esas prestaciones se mantienen (presionan con cierta violencia, exhiben el sufrimiento de otros miembros familiares o, simplemente, es más cómodo hacerlo...).

Pero más allá de saber distinguirlos (como digo es muy sencillo, aunque a veces la gente en general e incluso profesionales poco experimentados, pueden confundirlos...) es importante analizar las dinámicas que producen en el sistema de atención.

Para el sistema de servicios sociales, atender al primer grupo de ellos implica limitarse a implementar casi exclusivamente prestaciones asistenciales. Hay que garantizar la supervivencia de los mismos a la espera de que las circunstancias mejoren y asumir que si atraviesan dificultades en esta supervivencia es debido a las deficiencias de nuestro sistema (con prestaciones insuficientes) o de sus profesionales (poco hábiles en la tramitación de las mismas). Como estas dificultades en la supervivencia surgen con frecuencia, con la misma frecuencia el sistema o sus profesionales son acusados de ineficientes.

Para atender al segundo grupo, el sistema debe forzar unas prestaciones diseñadas (con muchas deficiencias) para la inserción y convertirlas en garantía para la supervivencia. Con frecuencia son situaciones paradójicas en la que no se pueden o deben conceder pero tampoco denegar o retirar. Optar por una cosa u otra depende exclusivamente de variables aleatorias cuya valoración compete al profesional. Si opta por la primera, seguramente solo servirá para colaborar al desprestigio del sistema "que mantiene a esos vagos y delincuentes". Si por lo segundo, será probablemente acusado de juzgar más que de ayudar.

Mientras tengamos un sistema construido en la dicotomía "buenos" y "malos" pobres y tengamos encomendada como función de servicios sociales garantizar la supervivencia material de las personas nos veremos abocados a un creciente desprestigio de nuestro sistema y de sus profesionales y a una progresiva re-implantación de los más rancios modelos benéfico-asistenciales. 

Ya lleva un tiempo, quizá demasiado, sucediendo. El riesgo de que el daño sea irreparable es demasiado alto y al sistema parece preocuparle menos este daño que distinguir adecuadamente los "buenos" de los "malos".

Por cierto, ¿tú sabes distinguirlos?





domingo, 27 de agosto de 2017

Bolardos

Os tengo que confesar que no conocía esta palabra. Bolardo. Al parecer se llaman así a esos postes de pequeña altura, de piedra o metal, que sirven para impedir el acceso de los vehículos a determinadas zonas. Pero antes de que los desgraciados atentados que hemos sufrido en Barcelona pusieran sobre la mesa el debate sobre su utilización como elementos de seguridad, los bolardos para mí eran unos auténticos desconocidos.


Es más, si alguien me dice que la palabrita de marras era un insulto, hubiera dicho que como tal era contundente e ingenioso. Llamar a alguien "bolardo" no me negaréis que suena bien; como insulto, digo.

Y no debo andar muy desencaminado, cuando el debate sobre estos elementos está siendo utilizado políticamente para insultar y atacar a la alcaldesa de Barcelona, tachándola de negligente al no haberlos puesto en las Ramblas y responsabilizándola por tanto de los atentados. Así lo han hecho el Ministro del interior o el párroco del barrio madrileño de Cuatro Caminos, en una actitud tan despreciable y falta de ética como la que supone la utilización de un episodio tan doloroso, del cual los únicos culpables son los terroristas, para intentar desacreditar un gobierno municipal y sacar rédito político. Si fuese un insulto, estos dos personajes lo describirían a la perfección. Dos bolardos.

Pero no lo es. A estas alturas ya tenemos todos claro que los bolardos son esos elementos de distintos tamaños y formas que vemos por las calles de nuestros pueblos y ciudades y por extensión se están llamando así a todos los parapetos, maceteros y obstáculos que se utilizan para proteger determinadas zonas del acceso de vehículos.

Cuando el terrorismo ha decidido utilizar los vehículos como arma contra la población, los bolardos han pasado a ser un elemento muy importante para la seguridad en el que, hasta entonces, no habíamos reparado demasiado. 

Pero como sabéis, los asuntos de seguridad no son la especialidad de este blog. Nos dedicamos más bien al Trabajo Social y los Servicios Sociales, y todo este asunto de los bolardos me ha hecho preguntarme si en nuestro sistema no serían necesarios también unos cuantos de estos elementos. 

Porque tengo la sensación de que el Sistema de Servicios Sociales (y de esto hemos escrito mucho) se encuentra invadido y atacado permanentemente. Si de protección hablásemos, no tendríamos ninguna. Permitimos que las definiciones sobre qué, cuando y cómo tenemos que hacer se nos hagan desde fuera y terminamos acometiendo funciones que ni nos son propias ni responden a nuestro objeto. Cualquiera, desde el más cercano ciudadano hasta el cargo político de turno, pasando por toda la pléyade de profesionales de otros sistemas, asociaciones y entidades de cualquier nivel, se permiten indicarnos qué tenemos que hacer ante tal o cual problemática social (me da igual individual o colectiva), con requerimientos faltos de cualquier análisis y fundamento, muchas veces contradictorios y que, en demasiadas ocasiones nos vemos empujados a implementar.

Tengo claro por tanto que necesitamos bolardos. Señalaré tres, de los muchos que hemos ido planteando a lo largo de muchas entradas en este blog.

Un bolardo fundamental sería la aprobación de una Ley General de Servicios Sociales, tal y como la tienen los Sistemas Públicos de Educación o Sanidad. Una Ley que regulara unos mínimos homogéneos para todo el territorio y que definiera con claridad nuestro objeto y competencias, delimitándolos y compleméntandolos con los del resto de sistemas. En esta Ley además habría que incluir algunos bolardos fundamentales, como es la regulación del Sistema de Atención Primaria, a mi juicio el elemento fundamental del Sistema de Servicios Sociales.

Otro bolardo que venimos reclamando hace tiempo es la Renta Básica Universal. Sólo cuando los ciudadanos tengan garantizados los mínimos de supervivencia material, podremos en Servicios Sociales desarrollar con claridad nuestras competencias. Como sé que este bolardo tal vez sea demasiado grande para la mente de nuestros políticos, propongo otro un poco más pequeño. Unificar las prestaciones económicas de inserción, desempleo y garantía de rentas en un único sistema y separarlo del de servicios sociales. Sé que es un bolardo con defectos, pero menos es nada.

Y el tercero de ellos tiene que ver con la mal llamada Ley de Dependencia. Se impone una revisión en profundidad no tanto de la Ley, como de su desarrollo. Unificarla a lo largo del territorio, simplificar y agilizar la tramitación administrativa y, por supuesto, dotarla presupuestariamente con suficiencia es algo imprescindible para que los ciudadanos vean de verdad reconocidos sus derechos y satisfechas sus necesidades.

Creo que estos son los bolardos más importantes, con los cuales el Sistema de Servicios Sociales quedaría protegido y podríamos desarrollar nuestras funciones colaborando decisivamente en el bienestar social de la población. Habría otros bolardos más pequeños, aunque también importantes: la prescripción profesional, los profesionales de referencia, las puertas de entrada... pero no nos vamos hoy a referir a ellas, que tampoco se trata de llenar todo de bolardos a la primera de cambio.

Lo dicho. Necesitamos bolardos. No botarates, que de éstos ya vamos sobrados...

martes, 22 de agosto de 2017

Pesadillas de verano

En este verano, cuando las amables temperaturas y el relajo propio de las vacaciones nos invitaba a la tranquilidad, nos hemos sobresaltado con varios sucesos que nos están dejando con el corazón encogido y una honda preocupación social.


Desde este blog no hemos comentado estos sucesos, pues la complejidad de los mismos requería de profundas reflexiones que ni Wang ni yo estábamos dispuestos a acometer en este periodo de estío. Pero ello no significa que no los hayamos presenciado, en ocasiones tristes, en otras perplejos, a veces enfadados y siempre preocupados.

De todas las pesadillas que hemos sufrido nos referiremos especialmente a tres, que creo que han marcado todo este periodo. Son, como digo, temas complejos sobre los que Wang y yo tenemos más dudas e incertidumbres que certezas y claridades. Al escribirlas y exponerlas en este blog sólo pretendemos, como siempre, intentar aclararnos un poco.

La primera noticia no puede ser otra que los atentados en Cataluña. Poco tenemos que añadir a lo que ya reflexionábamos hace poco sobre los atentados de Londres ocurridos el pasado mes de junio. Esta vez el terrorismo yihadista nos ha golpeado muy de cerca y, como decíamos entonces, esperamos ser capaces como sociedad de responder a la violencia sin violencia. Más allá del necesario incremento de las políticas de seguridad, hemos de apostar con más claridad por las políticas sociales de integración, igualdad y multiculturalidad. Sólo una sociedad donde los niveles de pobreza y desigualdad sean mínimos y la convivencia y comunicación entre culturas sea fluída y abundante será capaz, pongo por caso, de prevenir y detectar la radicalización de jóvenes como los que han cometido esos abominables atentados. Y para la correcta ejecución de estas políticas sociales el sistema de servicios sociales debe asumir y realizar unas funciones que en muchas ocasiones se encuentran muy limitadas.

El otro caso que ha marcado nuestros sueños de verano ha sido el de Juana Rivas, una madre que ha decidido desafiar a la justicia para no entregar a sus hijos al padre, condenado por maltrato en 2009 y que al parecer tiene la custodia provisional de los menores. Por mi experiencia laboral, sé lo difícil que lo tiene una mujer para salir de una situación de maltrato y probar que ha sido víctima del mismo. Por eso, y a pesar de las versiones que parecen defender al padre, tiendo a creer a esta mujer y entiendo su desesperación a la hora de tomar las decisiones con las que ella estima que defiende a sus hijos.

Dicho esto, y respetando su opción por la desobediencia legal, yo nunca se la hubiese recomendado. Optar por semejante desafío debe ser algo muy personal, que creo que nunca hay que aconsejar a nadie más allá de uno mismo. Las repercusiones pueden ser importantes y el riesgo de que esta mujer consiga lo contrario de lo que pretende (convivir con sus hijos y protegerlos) me parecen demasiado elevados. Por ello entiendo el movimiento social que se ha generado con el lema "Juana está en mi casa", legitimando y apoyando su desobediencia a las resoluciones judiciales, pero no lo apoyo, pues discrepo de esa estrategia. 

De todas formas, se trata de un caso, como muchos otros, lleno de complejidades y claroscuros, con unas decisiones judiciales cuestionadas y que, en cualquier caso, considero que deberían estar orientadas de forma fundamental y protagonista por el diagnóstico y orientaciones del sistema de servicios sociales, garante a mi juicio del bienestar de los menores en su convivencia familiar.

Y la tercera noticia tiene que ver con dos casos extremos de maltrato y violencia hacia los menores, situaciones que hemos conocido en estos días y cuya repercusión social ha quedado en cierto segundo plano por los acontecimientos que he relatado antes.

En uno de ellos una niña de ocho años fue asesinada en Sabiñánigo, Huesca,  tras sufrir una brutal paliza a manos de su tío, quien la torturaba de modo habitual. El otro, el de una niña de cuatro años fallecida presuntamente tras sufrir maltrato y abusos sexuales que justo en ese momento se estaban investigando al haber detectado los servicios sanitarios indicios de maltrato.

En ambos casos las mismas preguntas: ¿Se podían haber evitado ambas muertes? ¿Se trata de accidentes, o por el contrario son sucesos previsibles? En especial en el segundo caso, pero con mucha probabilidad también en el primero, los indicios de que un maltrato de gravedad se estaba produciendo eran bastante altos. ¿Qué falló para que no se detectaran a tiempo?

La violencia hacia los menores es una epidemia que creo que no dimensionamos de manera adecuada y de la que los casos que hemos nombrado no son sino la punta del iceberg. Para erradicarla (no puede ser otro el objetivo) es necesario revisar los protocolos de notificación, denuncia e investigación, en muchos casos lentos y confusos. También se hace imprescindible formar a los profesionales del ámbito educativo, sanitario y social en la detección y intervención en maltrato infantil. Y es necesaria una adecuada coordinación de todos los anteriores con el sistema policial-judicial.

Creo que la clave para que todo ella sea posible está en el sistema de servicios sociales, y más concretamente en su atención primaria. Sólo si construimos este sistema de atención primaria de una manera sólida y a lo largo de todo el territorio seremos capaces de afrontar los retos a los que todas estas situaciones nos desafían.

Estoy convencido de que es la mejor manera de acabar con nuestras pesadillas.